A seis personas… ¿De distancia o cercanía?

Todos somos protagonistas de una historia que los demás apenas conocen

Siempre me ha parecido fascinante descubrir que dos personas que aparentemente no tienen nada en común terminan conociendo a alguien que ambas conocen. Sucede en las circunstancias más inesperadas. Estamos en una cena, en un congreso, de viaje o conversando con alguien a quien acabamos de conocer y, de pronto, aparece un nombre familiar. Comenzamos a hacer preguntas, encontramos coincidencias y terminamos pronunciando alguna versión de esa frase que probablemente todos hemos dicho alguna vez. ¡Qué pequeño es el mundo!

Y lo curioso es que realmente lo es. O, por lo menos, nuestras conexiones lo hacen parecer mucho más pequeño de lo que imaginamos.

Hace años conocí la teoría de los seis grados de separación, esa idea de que cualquier persona podría estar conectada con otra mediante una cadena de apenas seis conocidos. El concepto se popularizó a partir de investigaciones sobre redes sociales y de los experimentos de Stanley Milgram durante la década de 1960. Aunque no significa que absolutamente todas las personas estemos separadas por exactamente seis vínculos, los estudios posteriores han mostrado algo extraordinario. Las redes humanas pueden conectar a personas aparentemente lejanas mediante cadenas sorprendentemente cortas. Me encanta esa idea.

Pensar que alguien que vive al otro lado del planeta podría conocer a alguien que conoce a alguien que conoce a una persona importante para mí. Que nuestras historias están relacionadas de maneras que probablemente nunca descubriremos. Que, mientras caminamos por la vida convencidos de que nuestros pequeños universos son independientes, existen millones de conexiones invisibles que los mantienen entrelazados.

Marshall McLuhan hablaba de la aldea global para describir cómo los medios de comunicación estaban transformando nuestra experiencia del mundo. Hoy podemos conversar en tiempo real con alguien que se encuentra a miles de kilómetros, conocer acontecimientos que suceden en otros continentes y mantener relaciones con personas que quizá nunca hemos tenido físicamente enfrente. Pero hay algo que me resulta todavía más fascinante que la tecnología, nuestra capacidad de reconocernos en los demás. Basta con conversar un poco más allá de lo superficial para descubrir que no somos tan diferentes.

Todos tenemos historias que contar. Personas que extrañamos, recuerdos que nos hacen sonreír, decisiones que todavía nos preguntamos si fueron correctas y momentos que quisiéramos volver a vivir. Todos hemos sentido miedo, ilusión, vergüenza, orgullo o esa alegría difícil de explicar cuando algo que deseábamos finalmente sucede. Todos hemos necesitado que alguien nos escuche, que nos abrace o que simplemente nos permita tener un mal día sin exigirnos demasiadas explicaciones. Y, sin embargo, a veces actuamos como si fuéramos los únicos a quienes les pasan cosas.

Nos desesperamos porque alguien conduce demasiado despacio, porque la persona que nos atiende parece distraída o porque alguien no responde un mensaje con la rapidez que esperábamos. Nos molesta que los demás no comprendan nuestras urgencias, aunque rara vez nos detenemos a imaginar cuáles podrían ser las suyas.

Quizá quien conduce despacio está aprendiendo a manejar. Quizá la persona distraída acaba de recibir una noticia difícil. Quizá quien no responde está intentando resolver algo que no sabemos. O quizá no sucede nada extraordinario y simplemente tiene un ritmo diferente al nuestro.

No necesitamos inventar una tragedia detrás de cada comportamiento para ser considerados. Esa es una distinción que me parece importante. A veces hablamos de empatía como si necesitáramos conocer toda la historia de alguien antes de tratarlo con amabilidad. Como si la consideración fuera una recompensa que concedemos después de comprender las circunstancias ajenas.

Pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si comenzáramos por reconocer que todos tenemos circunstancias que los demás desconocen?

Me gusta observar a las personas en los aeropuertos, en los restaurantes, en las calles y en las salas de espera. Imaginar cuántas historias diferentes pueden estar ocurriendo simultáneamente en un mismo espacio. Alguien está comenzando unas vacaciones que llevaba meses esperando. Otra persona viaja para despedirse de alguien. Una pareja se reencuentra después de mucho tiempo, mientras otra intenta encontrar las palabras para terminar una relación. Alguien acaba de conseguir el trabajo de sus sueños y otra persona está preocupada porque no sabe cómo llegará a fin de mes.

Todos comparten el mismo lugar durante unos minutos, pero cada uno está viviendo un momento completamente distinto. Y ninguno puede ver todo lo que sucede dentro de los demás.

Hay una palabra en inglés, sonder, que se ha popularizado para describir esa repentina conciencia de que cada persona que encontramos tiene una vida tan compleja y significativa como la nuestra. No es un término científico ni un concepto clínico, sino una palabra creada para nombrar una experiencia que me parece profundamente hermosa.

Esa sensación de mirar a un desconocido y recordar que también tiene una infancia, una familia, recuerdos, preocupaciones, sueños y una historia que continúa desarrollándose incluso cuando desaparece de nuestro campo de visión.

Me parece una de las formas más bonitas de curiosidad.

Porque la empatía también puede comenzar con la curiosidad. Con preguntarnos quién es la persona que tenemos enfrente, qué le interesa, qué le preocupa, qué historias guarda y qué cosas podrían hacernos reír juntos.

Y creo que nos sorprenderíamos de la cantidad de similitudes que encontraríamos si dedicáramos un poco menos de tiempo a identificar nuestras diferencias. Nos hemos acostumbrado a clasificarnos. Por profesiones, nacionalidades, creencias, generaciones, preferencias, estilos de vida y prácticamente cualquier característica que permita construir una categoría. Las categorías pueden ayudarnos a comprender el mundo, pero también pueden hacernos olvidar que ninguna persona cabe completamente dentro de una etiqueta.

A veces basta con descubrir una afición compartida, un lugar conocido o una experiencia semejante para que alguien que parecía completamente diferente se vuelva inesperadamente cercano.

Y entonces ocurre esa pequeña magia de la humanidad. Dejamos de ver una categoría y comenzamos a ver a una persona.

En psicología social sabemos que los seres humanos tendemos a distinguir entre quienes percibimos como parte de nuestro grupo y quienes consideramos ajenos a él. Estas distinciones pueden influir en nuestras expectativas, nuestros juicios y nuestra disposición a ayudar. Pero también sabemos que las identidades son múltiples y que aquello que nos separa en un contexto puede dejar de importar cuando descubrimos algo que compartimos.

Podemos ser desconocidos hasta que descubrimos que nuestros hijos tienen la misma edad. Podemos tener opiniones completamente diferentes y compartir el amor por el arte. Podemos haber nacido en países distintos y reconocer exactamente la misma emoción al hablar de nuestras familias.

No se trata de negar nuestras diferencias. Son parte de lo que hace interesante conocer a otras personas. Se trata de recordar que las diferencias no eliminan todo aquello que tenemos en común. Y quizá también de reconocer que nuestra propia experiencia, por intensa que sea, no es la única que está ocurriendo.

Esto último me parece especialmente importante.

Cuando estamos atravesando un momento difícil, es natural que nuestra atención se concentre en aquello que nos preocupa. Nuestro dolor ocupa espacio, nuestras urgencias parecen enormes y nuestras necesidades se vuelven particularmente visibles. No hay nada extraño en ello. Somos los protagonistas de nuestra propia experiencia y conocemos nuestra historia desde un lugar al que nadie más tiene acceso. Pero los demás también son protagonistas de la suya.

La persona que tenemos enfrente no es un personaje secundario de nuestra vida. Tiene una historia completa que continúa incluso cuando nosotros no estamos presentes. Tiene problemas que no conocemos, alegrías que no hemos compartido y personas a quienes ama con la misma intensidad con la que nosotros amamos a las nuestras.

Me pregunto cuántas discusiones innecesarias evitaríamos si recordáramos esto un poco más seguido. Cuántas veces podríamos responder con curiosidad en lugar de hacerlo desde la irritación. Cuántas conversaciones serían diferentes si, antes de asumir que alguien está actuando contra nosotros, consideráramos la posibilidad de que simplemente está intentando resolver algo dentro de su propio mundo.

Por supuesto, la empatía no significa justificar cualquier comportamiento ni renunciar a nuestros límites. Podemos reconocer la humanidad de alguien y seguir considerando que sus decisiones fueron equivocadas. Podemos comprender que una persona está atravesando dificultades sin permitir que nos lastime. Ser considerados no exige dejar de considerarnos a nosotros mismos.

Pero tampoco necesitamos convertir cada interacción en una batalla para determinar quién tiene más razón, quién ha sufrido más o quién merece mayor comprensión.

El dolor no es una competencia.

La alegría tampoco.

Y quizá una de las cosas más bonitas de compartir la vida con otros sea precisamente descubrir que podemos acompañarnos en ambas. Pero más allá de los estudios y de las explicaciones fisiológicas, hay algo profundamente humano en sentir que pertenecemos. En reconocer un rostro familiar entre muchas personas. En descubrir que alguien se acordó de nosotros. En recibir un mensaje inesperado, encontrar una coincidencia o compartir una conversación que nos deja sonriendo mucho después de que termina. Y también en esos pequeños gestos cotidianos que parecen insignificantes. Ceder el paso. Tener paciencia. Preguntar cómo está alguien y escuchar realmente la respuesta. Recordar un nombre. Dar las gracias. Ofrecer una sonrisa sin esperar nada a cambio.

No sabemos qué está viviendo la persona que tenemos enfrente. Quizá nuestro gesto no cambie absolutamente nada. Pero también es posible que llegue en un momento en el que una pequeña muestra de consideración signifique mucho más de lo que imaginamos.

Lo extraordinario es que no necesitamos saberlo para hacerlo.

A veces pienso que hemos confundido estar conectados con conocernos. Tenemos cientos de contactos, seguimos las vidas de personas que jamás hemos visto y recibimos constantemente información sobre lo que otros hacen, piensan o sienten. Sin embargo, conocer fragmentos de la vida de alguien no significa comprenderla.

Y quizá la verdadera magia de la conexión humana no esté en reducir la distancia entre dos personas, sino en nuestra disposición a reconocer lo que compartimos incluso cuando esa distancia existe.

Me gusta imaginar el mundo como una enorme red de historias que se cruzan. Algunas conexiones duran toda la vida. Otras apenas unos minutos. Hay personas que llegan para quedarse, otras que nos enseñan algo y algunas que probablemente nunca volveremos a encontrar.

Pero todas tienen una historia.

Y nosotros, de alguna manera, podemos convertirnos en una pequeña parte de ella.

Quizá nunca sepamos cuántas personas nos separan de alguien que vive al otro lado del mundo. Tal vez sean seis, cuatro o muchas más. Tampoco sabremos todas las coincidencias que compartimos con quienes encontramos diariamente.

Pero me gusta pensar que no necesitamos descubrirlas para sentirnos un poco más cerca.

Porque detrás de las diferencias, de las etiquetas, de las opiniones y de las historias que nos contamos sobre los demás, hay algo que compartimos sin excepción. Todos estamos viviendo una vida que los demás apenas alcanzan a imaginar. 

Quizá estemos a seis personas de distancia de cualquier desconocido. Pero estamos a un solo gesto de hacerlo sentir un poco menos extraño.