
Hay momentos del año que esperamos con una ilusión particular. Fechas que marcamos en el calendario con meses de anticipación, no porque representen una obligación, sino porque sabemos que, cuando finalmente lleguen, estaremos exactamente dónde queremos estar. Para mí, uno de esos momentos es el Congreso de la Asociación Mexicana de Medicina de Estilo de Vida, AMMEV.
Este año celebramos su sexta edición. Seis congresos, seis oportunidades de reunirnos alrededor de una manera de entender la medicina en la que creo profundamente. He estado ahí desde el primero, desde cuando muchas de las cosas que hoy parecen naturales eran apenas conversaciones, ideas y sueños compartidos entre personas convencidas de que la medicina podía, y debía, mirar mucho más allá de una enfermedad. Hay algo extraordinariamente satisfactorio en ver cómo una idea comienza a tomar forma, en descubrir que aquello que alguna vez imaginamos empieza a existir independientemente de nosotros, que crece, convoca personas, genera conversaciones y construye comunidad.
Para mí, AMMEV es precisamente eso. La materialización de un sueño y de una convicción que atraviesa tanto mi vida profesional como mi manera de entender la salud. El congreso es, probablemente, uno de mis momentos felices del año. Me entusiasma reencontrarme con colegas y amigos, escuchar perspectivas diferentes, descubrir nuevas investigaciones y compartir conversaciones que pueden comenzar hablando de medicina y terminar hablando de la vida. Me gusta la energía de esos días, las ideas que surgen espontáneamente, los abrazos de quienes no hemos visto en meses y esa sensación tan particular de pertenecer a algo que nos trasciende.
Este año llegué con la misma ilusión de siempre. Había trabajo por hacer, responsabilidades, personas a quienes saludar y muchas cosas que esperaba disfrutar. Todo parecía estar donde tenía que estar, hasta que dejó de estarlo.
Después de aplicar el examen de certificación, durante la inauguración del congreso, recibí una noticia que cambió por completo el significado de aquellos días. Mi tío y padrino se nos había adelantado.
Escribo esa frase y todavía me cuesta encontrar una manera de hacerlo. Es mi tío. Es mi padrino. Es una persona muy importante en mi vida. Y digo es porque todavía no estoy lista para hablar de él en pasado.
Es mi único padrino, tanto de bautismo como de primera comunión. Hay cuarenta y tres años de historias que podría contar, recuerdos que atraviesan prácticamente toda mi vida y que no cabrían en una sola entrada de este blog. Cuando pienso en él, pienso en mesas largas, llenas de gente, de conversaciones que se cruzan, de festejos y de esa manera tan particular que tienen algunas familias de reunirse alrededor de cualquier motivo que merezca celebrarse. Pienso en la gente, en el ruido, en la alegría de estar juntos. Pienso en Puerto Arista, en aquellos “vamos a hacer paella”, en el Caldo de Gallina. Y pienso en su olor.
Hay olores que reconocemos incluso antes de identificar conscientemente a la persona a la que pertenecen. Que se quedan guardados en algún lugar de nuestra memoria y que tienen la capacidad de devolvernos, en un instante, a una escena que creíamos olvidada. No sé cómo explicar el suyo. Tampoco necesito hacerlo. Sé que no voy a olvidarlo y que, si alguna vez vuelvo a encontrarlo, probablemente me transporte de inmediato a alguno de esos cuarenta y tres años de historias compartidas.
Hay personas cuya presencia está tan profundamente integrada a nuestra vida que resulta difícil imaginar el mundo sin ellas. Y de pronto, ahí estaba yo, rodeada de personas que quiero, en un lugar al que deseaba llegar, viviendo uno de los acontecimientos más importantes de mi año, mientras una parte fundamental de mi historia familiar acababa de cambiar para siempre.
Estaba a trescientos kilómetros de distancia y se sentían como treinta mil.
No sé si existe una manera correcta de recibir una noticia así. Recuerdo esa extraña sensación de que el mundo seguía funcionando con absoluta normalidad mientras algo dentro de mí intentaba comprender lo que acababa de suceder. Las conversaciones continuaban, el programa avanzaba, las personas se saludaban y había conferencias por escuchar. La vida no se había detenido, aunque una parte de la mía pareciera haberse quedado suspendida.
Y entonces apareció una necesidad mucho más fuerte que cualquier otra cosa que hubiera planeado para esos días. Necesitaba estar con mi familia. Abrazar a las personas que quiero, acompañarlas, compartir el dolor, estar físicamente presente en uno de esos momentos que nos cambian para siempre.
Así que salí corriendo.
Porque hay momentos en los que trescientos kilómetros dejan de ser una distancia y se convierten simplemente en el camino que tenemos que recorrer para llegar a donde necesitamos estar. Sean tres, trescientos o tres mil kilómetros, cuando la gente que amas esta al otro lado del camino, cada metro recorrido adquiere un significado diferente.
He pensado mucho en lo que significa acompañar. Utilizamos esa palabra con enorme facilidad, pero acompañar no siempre consiste en encontrar las palabras correctas, ofrecer soluciones o intentar que alguien se sienta mejor. A veces es mucho más sencillo y mucho más difícil. Es estar. Sentarnos junto a alguien sin saber qué decir. Abrazar. Escuchar. Compartir el silencio. Hacer espacio para el dolor de otra persona sin intentar apresurarlo.
Y creo profundamente que eso es el amor.
No solamente lo que decimos sentir, sino también la manera en que elegimos hacerlo presente. A veces significa recorrer kilómetros, reorganizar nuestros planes o reconocer que hay encuentros y conversaciones que no pueden esperar. Otras veces significa acompañar desde lejos, escuchar o permanecer disponibles cuando alguien nos necesita. No se trata de medir el amor por la cantidad de sacrificios que hacemos, sino de comprender que nuestros vínculos también se construyen a través de nuestras decisiones.
Por supuesto que no siempre podemos estar físicamente donde quisiéramos. La vida tiene responsabilidades, distancias y circunstancias que a veces lo hacen imposible. Y eso no significa que amemos menos. Pero cuando podemos elegir, hay algo profundamente significativo en hacerlo. En decir, sin necesidad de palabras, que entre todas las cosas que podrían ocupar nuestro tiempo, en ese momento hemos elegido estar ahí.
Quizá porque al final no recordamos solamente lo que las personas nos dijeron. Recordamos quién estuvo cuando lo necesitábamos.
Y, sin embargo, mi historia de esta semana no termina con ese viaje.
Porque también estaba AMMEV.
También estaba ese sueño que he acompañado desde su nacimiento, las personas que habían trabajado durante meses para hacerlo posible, los compromisos que había asumido y una comunidad que ocupa un lugar profundamente importante en mi vida. Y aunque por un momento todo aquello quedó inevitablemente en segundo plano, no dejó de tener valor.
Así que hubo que encontrar un equilibrio. Ir y volver. Recorrer kilómetros en una dirección y después recorrerlos nuevamente en la otra. Estar con mi familia y regresar al congreso, intentando hacer espacio para dos realidades que parecían incompatibles y que, sin embargo, eran igualmente parte de mi vida.
Fue entonces cuando comprendí que no se puede estar físicamente en dos lugares al mismo tiempo, pero quizá sí podemos encontrar diferentes maneras de estar presentes.
Hay una presencia que se construye con el cuerpo, con los abrazos, con las manos que se encuentran y con las sillas que acercamos para sentarnos junto a alguien. Hay otra que se construye con la atención, con el compromiso, con los vínculos que permanecen incluso cuando no estamos físicamente cerca. Y hay una tercera, quizá más difícil de explicar, que tiene que ver con aquello que llevamos dentro de nosotros. Las personas que nos acompañan en la memoria, en las decisiones, en los recuerdos y en la forma en que hemos aprendido a mirar el mundo.
No todas esas presencias son iguales ni pueden sustituirse unas a otras. Pero todas pueden ser formas de amor.
Durante aquellos días descubrí también que era posible sentir emociones aparentemente contradictorias sin que ninguna invalidara a la otra. Podía estar profundamente triste y seguir sintiendo alegría al reencontrarme con personas que admiro. Podía escuchar una conferencia interesante y, segundos después, sentir que mi atención se desplazaba hacia mi familia. Podía estar agradecida por lo que habíamos construido en AMMEV y desear con toda el alma encontrarme a trescientos kilómetros de distancia.
Estaba en dos lugares, aunque mi cuerpo solamente pudiera ocupar uno a la vez.
Quizá uno de los grandes errores que cometemos al intentar comprender nuestras emociones es pensar que funcionan por sustitución. Que estamos felices o estamos tristes, que celebramos o guardamos duelo, que disfrutamos o sufrimos. Como si nuestra vida emocional tuviera la cortesía de organizarse en compartimentos perfectamente separados.
Pero la vida no funciona así. No espera a que terminemos de celebrar para traernos una pérdida. No organiza nuestras alegrías y nuestras tristezas en semanas diferentes. No nos concede necesariamente la posibilidad de cerrar una historia antes de comenzar otra.
Todo sucede al mismo tiempo. Y tal vez lo más importante sea aprender a no sentir culpa por ello.
La alegría no es una traición al dolor. Disfrutar un momento no significa que una pérdida nos importe menos, de la misma manera que estar tristes no cancela aquello que amamos. No necesitamos permanecer permanentemente devastados para demostrar la profundidad de un vínculo. Tampoco tenemos que fingir que estamos bien para cumplir con las expectativas de quienes nos rodean.
El duelo no tiene una forma única ni un calendario obligatorio. Hay noticias que escuchamos con claridad, pero que tardan días o semanas en encontrar un lugar dentro de nosotros. Hay personas de las que podemos hablar con naturalidad y otras cuyo nombre todavía nos desarma. Hay pérdidas que modifican nuestra vida cotidiana y otras que parecen cambiar incluso la manera en que entendemos nuestra propia historia.
Quizá por eso todavía no quiero hablar de mi tío en pasado. No porque no comprenda lo que sucedió. Lo comprendo perfectamente. Pero cuarenta y tres años de amor, de mesas largas, de celebraciones, de conversaciones y de recuerdos no se convierten de pronto en algo que pertenece exclusivamente al pasado. Hay personas que siguen habitando nuestra manera de mirar el mundo, nuestras costumbres y hasta las cosas que nos hacen reír. Y hay olores que, de alguna manera, siguen siendo una forma de presencia.
Hace unas semanas escribí sobre las estaciones de tren, sobre los encuentros y las despedidas, y sobre esa extraña coreografía de personas que llegan mientras otras se marchan. Hoy vuelvo a pensar en los andenes, pero también en los viajes que hacemos para llegar a tiempo a aquello que verdaderamente importa.
Porque a veces la vida nos pide despedirnos cuando no estamos preparados. Otras veces nos obliga a movernos entre lugares que amamos por razones completamente diferentes. Y en ocasiones nos recuerda, de una manera especialmente dolorosa, que no podemos controlar cuándo suceden las cosas, pero sí podemos decidir cómo queremos estar presentes mientras suceden.
Este sexto congreso de AMMEV será diferente en mi memoria. Seguirá siendo parte de uno de los proyectos que más quiero, de una comunidad a la que pertenezco y de un sueño que he tenido el privilegio de ver crecer. Pero también será el congreso durante el cual recibí una noticia muy difícil. El congreso de los kilómetros recorridos, de los abrazos que necesitaba dar y de la vez que tuve que encontrar la manera de estar aquí sin dejar de estar emocionalmente allá. Ambas cosas serán verdad. Y quizá con el tiempo comprenda que no necesito elegir cuál de las dos define aquellos días.
Cada congreso de AMMEV ha tenido una energía distinta. Siempre hay alegría, comunidad, encuentros y esa sensación maravillosa de estar construyendo algo en lo que creemos. Pero, por alguna razón, cada uno también ha representado una despedida. A veces de personas, otras de historias y, en ocasiones, de partes de mí misma. Es curioso cómo algunos acontecimientos se convierten, sin que lo planeemos, en una especie de calendario emocional. Regresamos al mismo lugar, encontramos rostros conocidos, repetimos rituales y descubrimos que, aunque muchas cosas parecen permanecer intactas, nosotros ya no somos exactamente quienes éramos la última vez. Quizá por eso cada congreso significa tanto para mí. No solamente me permite mirar cuánto ha crecido AMMEV, sino también reconocer cuánto ha cambiado mi propia vida entre una edición y la siguiente.
He dedicado buena parte de mi vida profesional a hablar de la importancia de nuestras relaciones para la salud. La conexión social es uno de los pilares de la medicina de estilo de vida y siempre he creído que es uno de los más importantes. Pero esta semana esa convicción dejó de ser una idea que comparto en consultas, clases o congresos para convertirse en algo mucho más sencillo.
Estar.
Estar cuando alguien nos necesita. Estar cuando la vida se vuelve difícil. Estar para celebrar y también para despedirnos. Estar de la manera que podamos, con los recursos que tengamos, sin olvidar que la presencia no siempre requiere proximidad física, pero que hay momentos en los que una acción concreta como un abrazo, vale más que cualquier palabra.
Quizá por eso, cuando recuerdo las mesas largas y pienso en los salones llenos de personas del congreso, encuentro algo que une ambos lugares. En los dos hay comunidad, pertenencia y vínculos que se construyen a lo largo del tiempo. En los dos hay personas que han formado parte de mi historia y que, de maneras distintas, me recuerdan quién soy.
Esta semana estuve en un lugar en el que quería estar y necesité salir corriendo hacia otro en el que también quería, y sobre todo necesitaba, estar. Recorrí kilómetros, abracé, regresé, escuché, compartí, lloré y celebré. No siempre en ese orden y, a veces, casi al mismo tiempo.
Todavía no sé cómo empezar a extrañar a alguien que sigue estando presente. Tampoco estoy lista para contar todas las historias que guardo de él. Por ahora me quedo con las fiestas improvisadas, con su olor y con la certeza de que el amor también se construye a través de las veces que elegimos estar.
Esta semana recorrí kilómetros en ambas direcciones. Fui a abrazar a las personas que necesitaba abrazar y regresé a compartir un sueño que también forma parte de quien soy. No pude estar en dos lugares al mismo tiempo. Tuve que ir y volver, reorganizar mis días y aceptar que algunas cosas no sucederían como las había imaginado.
Pero encontré la manera.
Y quizá eso sea lo que más quiero recordar de estos días. Que la vida rara vez nos ofrece el momento perfecto para estar presentes. Que siempre habrá responsabilidades, compromisos, distancias y razones por las que algo parece complicado. Y que, aunque no siempre depende de nosotros conseguirlo, hay una diferencia enorme entre no poder estar y no intentar encontrar la manera.
Porque cuando algo verdaderamente nos importa, no esperamos a que aparezca un espacio en nuestra vida. Hacemos espacio para ello.


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