
Cuando estaba en secundaria, en una clase de español nos encargaron escribir un ensayo. El maestro nos dio la primera línea y cada uno debía construir una historia a partir de ella. No sé por qué la recuerdo tan vívidamente después de más de treinta años.
“Es posible que no me creáis, pero mi amigo Fulgencio Pimentel y yo…”
No recuerdo exactamente qué escribí después. Si la memoria no me falla, Fulgencio y yo tuvimos una serie de aventuras extraordinarias que al final resultaron no haber sucedido nunca. Todo había sido un sueño.
Supongo que la vida se parece bastante a aquel ejercicio. Nos entregan una primera línea, algunas circunstancias que no elegimos, un puñado de personajes que van apareciendo y después nos toca escribir el resto. El problema es que no escribimos únicamente a partir de lo que sucede. Escribimos también con lo que esperamos, lo que tememos, lo que deseamos y lo que necesitamos creer.
Yo tengo una extraordinaria capacidad para hacer eso.
Puedo tomar algunos hechos, llenar los espacios vacíos y construir una historia perfectamente coherente. Puedo idealizar personas, imaginar posibilidades, atribuir intenciones, justificar contradicciones y construir futuros completos con información que, vista con suficiente distancia, quizá nunca fue suficiente para sostenerlos.
Durante mucho tiempo pensé que eso era optimismo. O esperanza. O quizá una enorme capacidad para ver el potencial de las personas y las situaciones.
Ahora no estoy tan segura.
Tengo una expresión para esas historias. Las llamo narrativa personal. Son las explicaciones que construimos para darle sentido a lo que vivimos. Algunas son ciertas. Otras son parcialmente ciertas. Y algunas son ficciones tan bien escritas que terminamos olvidando que nosotros mismos somos sus autores.
Curiosamente, el cerebro hace algo parecido, aunque de una manera bastante más sofisticada. La neurociencia contemporánea describe la percepción como un proceso activo. Nuestro cerebro utiliza información previa, contexto y expectativas para interpretar lo que está ocurriendo. No recibimos cada experiencia como si fuéramos una hoja en blanco. Constantemente hacemos predicciones sobre el mundo y las contrastamos con la información que llega.
Eso es extraordinariamente útil. Sería imposible funcionar si tuviéramos que reconstruir la realidad desde cero cada segundo. Pero también significa que nuestras expectativas importan. Vemos lo que sucede, pero también lo interpretamos desde lo que creemos que debería estar sucediendo. Y a veces somos muy buenos defendiendo nuestra propia historia.
Quizá por eso me interesa tanto The Work, el método de autoindagación desarrollado por Byron Katie. Su propuesta comienza con algo aparentemente sencillo. Tomar un pensamiento que nos produce sufrimiento y preguntarnos si es verdad. Después viene una pregunta mucho más incómoda. ¿Podemos saber con absoluta certeza que es verdad? El proceso continúa observando qué sucede cuando creemos ese pensamiento y quiénes seríamos sin él, para finalmente explorar otras maneras de mirar la misma afirmación.
The Work me gusta porque obliga a hacer algo que hacemos con mucha menos frecuencia de la que pensamos. Separar el hecho de la historia.
Y últimamente me pregunto cuántas veces he confundido ambos.
Quizá una persona hizo algo concreto y yo construí alrededor una explicación de por qué lo hizo. Quizá alguien dijo una frase y yo escribí los siguientes cuatro capítulos. Quizá interpreté silencio como protección, distancia como circunstancia, inconsistencia como miedo o potencial como realidad.
La empatía ayuda muchísimo a escribir esas historias.
Soy una persona profundamente empática y durante gran parte de mi vida he considerado eso una virtud. Lo sigo haciendo. La capacidad de mirar a otra persona e intentar comprender su historia, sus heridas, sus miedos y las razones detrás de su comportamiento me parece una de las características más humanas que tenemos.
Pero estoy descubriendo que la empatía también puede convertirse en un gran defecto. No porque comprender al otro esté mal, sino porque comprender no es lo mismo que justificar.
Podemos entender perfectamente por qué alguien se comporta de determinada manera y decidir que no queremos ese comportamiento en nuestra vida. Podemos reconocer las heridas de alguien sin ofrecernos como lugar donde pueda seguir reproduciéndolas. Podemos comprender su miedo sin permitir que ese miedo determine nuestras decisiones. Podemos querer profundamente a una persona y, al mismo tiempo, aceptar que quererla no convierte automáticamente en saludable aquello que sucede entre nosotros.
Quizá la pregunta más incómoda sea por qué algunas veces somos capaces de ofrecer a otros exactamente aquello que nos negamos a nosotros mismos.
Por alguien más encontramos tiempo. Por alguien más cambiamos planes. Por alguien más conseguimos dinero, hacemos llamadas, buscamos soluciones, recorremos kilómetros, perdemos horas de sueño y reorganizamos nuestra agenda. Somos extraordinariamente creativos cuando se trata de resolver las necesidades de quienes amamos.
Cuando se trata de nosotros, en cambio, esperamos.
Postergamos el médico, el descanso, el proyecto, el viaje, la conversación, el límite. Decimos que después. Que ahora no es el momento. Que hay cosas más importantes.
¿Más importantes para quién?
Hay una línea delicada entre autocuidado y egoísmo, por supuesto. Vivir pensando exclusivamente en nosotros mismos tampoco constituye una vida particularmente rica. Amar implica ceder algunas veces, acompañar, cuidar y hacer sacrificios. Las relaciones humanas requieren reciprocidad y hay temporadas en las que uno de los dos inevitablemente necesita más.
El problema aparece cuando una temporada se convierte en estructura.
Cuando nuestra capacidad de comprender siempre funciona hacia afuera y rara vez hacia adentro. Cuando somos capaces de explicar perfectamente por qué todos los demás necesitan lo que necesitan, pero juzgamos nuestras propias necesidades como excesivas, inoportunas o egoístas.
Entonces quizá la traición ya comenzó mucho antes de que alguien nos traicionara.
Nos traicionamos cuando sabemos algo y elegimos no escucharnos. Cuando modificamos nuestros límites para evitar incomodar. Cuando dejamos de hacer preguntas porque sospechamos que no nos gustarán las respuestas. Cuando ponemos nuestros proyectos indefinidamente en pausa mientras ayudamos a construir los de alguien más. Cuando aceptamos migajas mientras encontramos explicaciones extraordinariamente sofisticadas de por qué la otra persona todavía no puede ofrecernos pan.
Y lo difícil es que muchas veces todo eso se parece muchísimo al amor. Hasta que deja de parecerse.
La traición interpersonal duele precisamente porque ocurre dentro de un territorio en el que habíamos depositado confianza. La investigación sobre rechazo, pérdida y vínculos afectivos muestra que estas experiencias involucran sistemas relacionados con dolor y distrés, memoria, recompensa y regulación emocional. La literatura sobre apego y trauma también encuentra asociaciones entre inseguridad en los vínculos y síntomas postraumáticos, aunque las respuestas individuales varían enormemente y “trauma por traición” no debe utilizarse como explicación universal de cualquier decepción afectiva.
Tiene sentido. Una traición no solamente modifica lo que pensamos de otra persona. Puede alterar algo mucho más básico. Nuestra sensación de seguridad.
Si alguien en quien confiábamos deja de ser predecible, no perdemos únicamente una historia. Perdemos temporalmente un marco de referencia. Empezamos a revisar conversaciones, fechas, silencios y recuerdos buscando el momento exacto en que la realidad dejó de coincidir con lo que creíamos que estaba ocurriendo. Tal vez por eso duele tanto descubrir que una narrativa era falsa. No lloramos únicamente lo que pasó. También lloramos lo que creíamos que estaba pasando.
Y ahí aparece otra vez Fulgencio Pimentel.
Quizá algunas historias de nuestra vida terminan exactamente como aquel ensayo de secundaria. Llegamos al último párrafo y descubrimos que parte de aquello que habíamos construido existía fundamentalmente dentro de nosotros. Eso no significa que nuestros sentimientos hayan sido falsos. Uno puede sentir algo completamente verdadero dentro de una historia que no lo era.
Pero entonces toca despertar.
Y despertar no necesariamente significa dejar de querer. Algunas veces significa empezar a mirar los hechos sin escribir inmediatamente alrededor de ellos. Preguntarnos qué sabemos realmente, qué estamos suponiendo y qué parte de la historia estamos sosteniendo porque necesitamos que sea cierta.
Sobre todo, significa volver a colocarnos dentro de nuestra propia vida. No necesariamente en el centro de todas las vidas. En el centro de la nuestra.
Esto último me parece particularmente importante desde la medicina. La conexión social no es un lujo emocional ni una nota al pie de la salud. La medicina de estilo de vida la reconoce como uno de sus seis pilares, junto con alimentación, actividad física, sueño restaurador, manejo del estrés y evitar sustancias de riesgo. La evidencia relaciona la conexión social con salud física y mental, mientras que el aislamiento y la mala calidad del soporte social se asocian con peores resultados de salud.
Para mí, quizá sea uno de los pilares más importantes.
Necesitamos conexión. Necesitamos tribu. Necesitamos lugares en los que nuestro sistema nervioso pueda bajar la guardia y personas frente a las cuales no tengamos que estar permanentemente interpretando señales para averiguar si estamos seguros. Eso no significa depender de otros para existir. Significa reconocer que los seres humanos no florecemos en aislamiento. La calidad de nuestras relaciones forma parte del terreno sobre el que construimos nuestra salud.
Pero conexión tampoco significa permanencia a cualquier precio. Una red de soporte que exige que dejemos de escucharnos deja de ser soporte. Un vínculo para cuya conservación necesitamos reducirnos constantemente merece, como mínimo, ser observado. Y una relación en la que toda nuestra empatía está destinada a comprender al otro mientras ninguna queda disponible para nosotros termina produciendo una paradoja bastante cruel. Nos quedamos para no traicionar a alguien y terminamos traicionándonos a nosotros.
Quizá esa sea la narrativa que quiero empezar a cuestionar.
No sé si mi amigo Fulgencio y yo llegamos alguna vez a algún lugar en aquel ensayo. Tampoco sé por qué, después de más de treinta años, sigo recordando su nombre y aquella primera frase. Tal vez porque hay historias que se quedan con nosotros mucho después de haber olvidado lo que sucedía dentro de ellas.
Hoy escribiría aquel ejercicio de otra manera. Conservaría la primera línea. Seguiría inventando aventuras. Probablemente volvería a construir una historia enorme a partir de muy poca información, porque sospecho que esa parte de mí no va a desaparecer y tampoco estoy segura de querer que lo haga. Pero cambiaría el final.
Esta vez no quiero despertarme para descubrir que todo fue un sueño. Quiero aprender a estar despierta mientras escribo.
Y quizá eso implique algo tan sencillo y tan difícil como dejar de preguntarme constantemente qué necesitan los demás para empezar a preguntarme, con la misma empatía que tantas veces les he ofrecido a ellos, qué necesito yo.
Referencias
Teufel C, Fletcher PC. Forms of prediction in the nervous system. Nature Reviews Neuroscience. 2020;21:231–242.
Eisenberger NI. The neural bases of social pain: Evidence for shared representations with physical pain. Psychosomatic Medicine. 2012;74(2):126–135.
Eisenberger NI. Social pain and the brain: Controversies, questions, and where to go from here. Annual Review of Psychology. 2015;66:601–629.
MacDonald G, Leary MR. Why does social exclusion hurt? The relationship between social and physical pain. Psychological Bulletin. 2005;131(2):202–223.
American College of Lifestyle Medicine. Six Pillars of Lifestyle Medicine / Positive Social Connection.
Byron Katie International. The Work of Byron Katie.


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