
Ayer celebramos la Independencia de México. Banderas, pozole, tequila, música, fuegos artificiales y una campana que cada año vuelve a sonar para recordarnos una madrugada ocurrida hace más de doscientos años. Siempre me ha gustado la imagen de la campana. Quizá porque las campanas tienen algo profundamente simbólico. No explican demasiado ni resuelven nada. Simplemente suenan y, cuando lo hacen, ya no pueden ser ignoradas.
La madrugada del 16 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo hizo sonar la campana de la parroquia de Dolores para convocar a la población. Ese momento quedó instalado en nuestra memoria colectiva como el comienzo de la Independencia de México. Pero México no se volvió independiente aquella madrugada. Faltaban once años. Once años de guerra, pérdidas, avances y retrocesos, de personas que murieron sin alcanzar a ver aquello que habían comenzado y de otras que tuvieron que continuar una lucha cuyo final seguramente, en muchos momentos, parecía imposible. La consumación llegaría hasta 1821.
Nunca había pensado demasiado en la distancia entre esas dos fechas. Una cosa es tocar la campana y otra muy distinta es construir la independencia.
Quizá con nosotros sucede algo parecido. Nos gusta pensar en la independencia como libertad, como la posibilidad de elegir, decidir, movernos, construir nuestra propia vida y no necesitar permiso para convertirnos en quienes queremos ser. Pero la autonomía también tiene una parte bastante menos bonita. Elegir significa renunciar a otras posibilidades. Poner un límite implica aceptar que alguien puede molestarse. Decidir por nosotros mismos significa asumir las consecuencias cuando nos equivocamos. Irnos supone dejar algo atrás y crecer, inevitablemente, requiere romper algunas de las estructuras que alguna vez nos hicieron sentir seguros.
No todas las rupturas son malas. Hay semillas que tienen que romperse para germinar, relaciones que necesitan modificar sus reglas para poder sobrevivir y versiones de nosotros mismos que en algún momento dejan de servirnos. Pero que una ruptura sea necesaria no significa que sea bonita. Tampoco significa que no duela.
La semana pasada tuve un ataque de pánico.
Es una frase que todavía me resulta extraña escribir. Se necesita bastante para llevarme hasta ahí y el único episodio parecido que puedo recordar ocurrió hace aproximadamente veinticinco años. Y, sin embargo, sucedió. Lo particularmente desconcertante fue que yo sabía perfectamente lo que estaba pasando. Tenía herramientas, conocía la fisiología, sabía que mi sistema nervioso había activado una respuesta de alarma y podía reconocer muchas de las sensaciones que estaba experimentando prácticamente mientras ocurrían. Mi cabeza entendía perfectamente lo que estaba sucediendo. Mi cuerpo, en cambio, parecía no haberse enterado.
Descubrí una vez más algo que resulta extraordinariamente obvio hasta que necesitamos experimentarlo. Saber no siempre es suficiente.
En ese momento necesitaba seguridad. No una explicación ni una interpretación. Tampoco necesitaba que alguien me dijera que todo estaba bien porque racionalmente yo ya lo sabía. Necesitaba sentirme segura. Y no, no necesariamente tuve esa seguridad de la manera en que la necesitaba. Así que tuve que encontrar la forma de construirla con lo que tenía disponible en ese momento.
Me tomó aproximadamente treinta minutos. Treinta minutos pueden parecer muy poco cuando los vemos escritos, pero dentro de un cuerpo convencido de que existe una amenaza se experimentan de una manera completamente distinta. Respiré, esperé, intenté reconocer nuevamente el espacio en el que estaba y poco a poco mi cuerpo comenzó a comprender algo que mi mente sabía desde el principio. Estaba ahí. Estaba a salvo. Podía atravesarlo.
Y lo atravesé.
He pensado mucho en eso durante estos días porque quizá también hemos entendido mal la independencia. Ser independiente no significa no necesitar a nadie. No significa poder con todo ni convertirnos en una fortaleza impenetrable en la que nunca necesitamos seguridad, consuelo, compañía o ayuda. Somos organismos profundamente sociales. Necesitamos vínculos y también nos regulamos a través de otras personas. Hay momentos en los que una voz conocida, una mano, un abrazo o simplemente la presencia de alguien pueden ayudarnos a regresar a nosotros mismos. Necesitarlo no nos hace menos autónomos.
La autonomía quizá tenga mucho más que ver con reconocer que, incluso cuando aquello que necesitamos no aparece exactamente de la manera en que esperábamos, seguimos teniendo capacidad de decisión. Podemos pedir ayuda o buscarla en otro lugar. Podemos alejarnos, quedarnos, cambiar de opinión, poner un límite o reconocer que una situación ya no nos hace bien. Podemos aprender a construir seguridad dentro de nosotros sin fingir que no necesitamos encontrarla también afuera.
Creo que ahí comienza una independencia mucho más difícil que la que solemos imaginar. Independizarnos de nuestras propias expectativas, de las versiones de nosotros mismos que construimos para sobrevivir, de decisiones que alguna vez tomamos y creemos que estamos obligados a sostener para siempre, de relaciones que confundimos con identidad y de la necesidad de que alguien más confirme que tenemos derecho a sentir lo que sentimos. Incluso independizarnos de aquello que ya sabemos que necesita cambiar aunque todavía no tengamos la menor idea de qué existirá después.
Porque tocar la campana no resuelve nada. La campana solamente anuncia que algo cambió.
Después viene la parte difícil. Hay que construir.
Tal vez por eso me gusta tanto que nuestra Independencia tenga dos momentos tan claramente diferenciados. Está el inicio de la lucha en septiembre de 1810 y está su consumación once años después. Entre ambos existe algo que normalmente desaparece de las celebraciones, pero que probablemente sea la parte más importante de cualquier transformación. El proceso.
Nosotros también tenemos esas fechas, aunque no aparezcan en ningún calendario. Existe el día en que dijimos basta, el día en que entendimos algo que llevábamos años evitando, el día en que nos fuimos o decidimos regresar, el día en que pedimos ayuda, el día en que nuestro cuerpo dijo aquello que nuestra cabeza llevaba demasiado tiempo intentando administrar. Existe el momento en que algo dentro de nosotros finalmente se rompe.
Y después están todos los otros días. Los menos cinematográficos. Aquellos en los que hay que consolidar lo que comenzó con aquella ruptura. Porque después del grito viene la construcción. Después de poner un límite hay que aprender a sostenerlo. Después de tomar una decisión hay que vivir con ella. Después de salir de un lugar hay que descubrir quiénes somos afuera. Después de que el cuerpo activa todas sus alarmas hay que ayudarlo a encontrar nuevamente seguridad.
Quizá incluso después de independizarnos de algo tengamos que aprender a vivir en libertad.
Y eso puede tomar mucho más de treinta minutos. Puede tomar meses, años o una cantidad de tiempo que no somos capaces de anticipar cuando escuchamos por primera vez nuestra propia campana. Porque la independencia no es un instante. Es un proceso. Tampoco la resiliencia, la autonomía o la recuperación suceden el día en que decidimos que algo tiene que cambiar. Ese día únicamente reconocemos que algo ya cambió. Después hay que aprender a vivir desde ahí.
Esta semana la mía sonó bastante fuerte. No sé todavía todo lo que estaba intentando decirme y no quiero apresurarme a encontrar una moraleja ni convertir una experiencia difícil en una revelación extraordinaria. Quizá tampoco sea necesario. Por ahora me basta con saber que la escuché.
Y tal vez toda independencia comience exactamente así, con algo dentro de nosotros que finalmente hace suficiente ruido como para que ya no podamos seguir fingiendo que no lo oímos.


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