
Esta semana hablé con muchas personas.
Conversaciones distintas, problemas distintos, vidas que aparentemente no tienen demasiado que ver entre sí y, sin embargo, después de varios días empecé a reconocer un cierto denominador común. Hay cansancio en el ambiente. Quizá incluso hartazgo. Personas atravesando problemas familiares, económicos, de salud, relaciones que se están reacomodando, proyectos que no salen como esperaban, decisiones que llevan demasiado tiempo esperando una respuesta. Cada quien carga lo suyo y, por supuesto, cada historia tiene dimensiones diferentes, pero varias conversaciones terminaron llegando al mismo lugar.
¿Cuándo va a acabar esto?
Es una pregunta que conozco bien.
Especialmente porque cuando estamos adentro de una situación difícil tenemos una extraordinaria incapacidad para imaginar que algún día estaremos afuera. El presente ocupa tanto espacio que empieza a parecer permanente. Una mala semana parece una mala vida. Un diagnóstico parece tragarse todo lo que somos. Una pérdida modifica el paisaje entero. Una preocupación económica se despierta con nosotros y se mete a la cama por la noche. Esperamos una llamada, un resultado, una resolución, una fecha, una respuesta, y sentimos que nuestra vida quedó suspendida hasta que algo suceda.
Pero sucede.
Eventualmente, algo sucede.
No siempre lo que queríamos. No necesariamente en el momento en que lo necesitábamos. A veces la respuesta llega cuando ya estábamos cansados de esperarla y otras descubrimos que aquello que tanto deseábamos no era exactamente lo que necesitábamos. Pero el escenario cambia. La vida se mueve. Lo que parecía inmóvil termina desplazándose y un día, casi sin darnos cuenta, estamos preocupándonos por otra cosa.
Supongo que esa es una definición bastante poco romántica de resiliencia. No convertirnos en seres invencibles, sino descubrir una y otra vez que seguimos aquí.
Me gustan mucho las estaciones de tren. Siempre me han gustado. Puedo pasar largos ratos mirando los tableros, los trenes que llegan y los que salen, las personas caminando deprisa arrastrando una maleta y esa coreografía perfectamente desordenada que ocurre en los andenes. Pero lo que más me gusta es mirar a la gente.
Las estaciones están llenas de historias que uno nunca conocerá.
Hay quien espera mirando constantemente el reloj. Quien busca entre las caras hasta reconocer una. Hay abrazos que duran demasiado y otros que terminan demasiado pronto. Hay personas que corren para alcanzar un tren y otras que permanecen inmóviles viendo cómo se aleja. Alguien llega a casa. Alguien se marcha. Alguien comienza un viaje. Alguien acaba de terminarlo.
Y todo sucede en el mismo andén.
Quizá por eso también me gustan los aeropuertos, aunque bastante menos. Tal vez porque en ellos he vivido muchas más despedidas que reencuentros. Los aeropuertos tienen para mí algo distinto. Una distancia más definitiva. Una puerta que se cierra, un control de seguridad después del cual ya no puedes seguir acompañando a alguien, una pantalla que anuncia que un avión despegó y esa extraña sensación de saber que una persona que hace apenas unos minutos estaba frente a ti ahora se encuentra en algún punto del cielo.
El tren, en cambio, permanece un poco más humano. Todavía puedes verlo alejarse.
Y últimamente he pensado que la vida se parece bastante a un andén. Hay personas, situaciones y etapas que llegan. Algunas se quedan mucho tiempo. Otras apenas hacen una parada. Hay cosas que esperamos durante años y otras que aparecen sin que supiéramos siquiera que venían hacia nosotros. Y también hay momentos en los que quisiéramos detener un tren que ya comenzó a moverse.
Pero no podemos. La vida tiene esa costumbre incómoda de continuar.
Lo hace incluso cuando nosotros sentimos que no estamos preparados. Amanece el día después de una pérdida. Llega el lunes después de una mala noticia. Hay que preparar desayunos mientras el corazón está roto, contestar mensajes cuando no sabemos qué decir, pagar cuentas, ir al supermercado, recoger a los niños, trabajar, dormir y volver a despertar.
Al principio puede parecer cruel.
Después uno entiende que quizá también ahí existe cierta misericordia. Porque el mismo movimiento que se lleva las cosas también trae otras.
No hay mal que dure cien años, decía mi abuela-o quizá lo decía la abuela de todos, porque hay refranes que parecen pertenecer a una memoria colectiva-. Cuando era más joven me parecía una de esas frases que los adultos utilizan cuando no saben qué más decir. Ahora la entiendo diferente. No significa que todo vaya a resolverse mágicamente ni que todos los finales sean felices. Hay pérdidas que permanecen con nosotros toda la vida y acontecimientos que nos cambian para siempre. Lo que no permanece igual es nuestra relación con ellos.
Eso quizá sea la resiliencia. No regresar a ser quien éramos antes. No salir intactos. No demostrar que nada nos afecta. Sino desarrollar la capacidad de seguir moviéndonos mientras incorporamos a nuestra historia aquello que sucedió.
La naturaleza lo hace constantemente. Hay estaciones para crecer y estaciones para perder las hojas. Hay ciclos que parecen exuberantes y otros en los que aparentemente no sucede nada, aunque debajo de la tierra esté ocurriendo muchísimo. Pretender florecer permanentemente sería absurdo. Ningún organismo vivo funciona así.
Nosotros tampoco.
Y, sin embargo, vivimos exigiéndonos una primavera eterna.
Quizá por eso me incomoda un poco la manera en que algunas veces hablamos de resiliencia. La hemos convertido en otra exigencia. Hay que ser fuertes, encontrar el aprendizaje, agradecer la experiencia, reinventarse y salir transformados. Preferentemente rápido.
Yo no creo que funcione así.
A veces la resiliencia es mucho menos espectacular.
Es levantarte.
Es bañarte.
Es hacer la comida.
Es pedir ayuda.
Es cancelar algo.
Es llorar.
Es reconocer que hoy no puedes.
Es sentarte un rato en el andén sin saber cuál será el siguiente tren.
Después de escribir la semana pasada que estaba cansada, varias personas me escribieron para contarme que ellas también lo estaban. Historias completamente diferentes llegaron al mismo lugar. Y eso me hizo pensar que quizá no necesitamos apresurarnos tanto a salir de las temporadas difíciles. Tal vez primero necesitamos reconocer que estamos atravesándolas. Pero atravesar contiene una promesa escondida. Significa entrar por un lado y, eventualmente, salir por otro.
No sabemos exactamente cómo seremos cuando eso suceda. Tampoco sabemos cuánto tardará. Hay estaciones en las que permanecemos más tiempo del que quisiéramos y trenes que parecen retrasarse indefinidamente.
Pero ningún andén es un destino final.
Creo que eso es lo que quisiera recordar esta semana. No que todo estará bien, porque hay momentos en los que esa frase resulta casi ofensiva. Tampoco que todo sucede por algo. Hay cosas para las que quizá nunca encontremos una explicación satisfactoria.
Solo esto.
Todo se mueve.
Los ciclos se abren y se cierran. Las personas llegan y se van. Algunas puertas parecen cerrarse justo cuando otras empiezan a girar. Hay despedidas que creíamos finales y encuentros que jamás imaginamos. Hay inviernos que parecen demasiado largos y mañanas en las que, sin ningún anuncio especial, descubrimos el primer brote verde. La vida sigue. Y nosotros, de alguna manera, también.
Quizá la resiliencia no sea tener siempre la fuerza para subir al siguiente tren. Quizá algunas veces sea simplemente confiar en que, mientras descansamos un rato en el andén, otro terminará llegando.

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