
Siempre me ha fascinado la imagen de un telar. Quizá porque, cuando uno mira un tapiz terminado, resulta casi imposible imaginar todos los hilos independientes que hicieron falta para construirlo. Algunos recorren la pieza completa. Otros aparecen apenas unos centímetros. Hay colores que dominan durante un tiempo y después desaparecen, hilos que se cruzan, se anudan, cambian de dirección o quedan ocultos detrás de otros. Desde muy cerca solo vemos fragmentos. Hay que tomar cierta distancia para empezar a descubrir el dibujo.
Los griegos imaginaron la vida de una manera parecida. En su mitología, las Moiras eran las encargadas del destino. Cloto hilaba el hilo de la vida; Láquesis determinaba su longitud y Átropos, la inexorable, decidía cuándo cortarlo. La imagen es brutal y hermosa al mismo tiempo: nuestra existencia convertida en un hilo que comienza antes de que tengamos conciencia de él y cuyo final desconocemos.
Siempre me ha intrigado esa idea. ¿Cuánto de nuestra vida está escrito y cuánto vamos escribiendo mientras avanzamos? ¿Existe realmente un destino o simplemente miramos hacia atrás y encontramos patrones que solo pueden verse cuando conocemos el resultado? No tengo la respuesta y, honestamente, tampoco estoy segura de querer tenerla. Me gusta pensar que algunas preguntas pueden permanecer abiertas sin que eso las haga menos valiosas.
Hay algo particularmente fascinante en los hilos de otras personas. A lo largo de nuestra vida nos cruzamos con cientos, quizá miles. Algunas permanecen apenas unos minutos: alguien que se sienta junto a nosotros en un avión, una conversación inesperada, una persona que dice exactamente la frase que necesitábamos escuchar y después desaparece para siempre. Otras permanecen años. Se entrelazan tanto con nuestra historia que llega un momento en que resulta difícil recordar quiénes éramos antes de conocerlas.
Pero hay encuentros todavía más curiosos. Personas que, cuando finalmente aparecen en nuestra vida, descubrimos que llevaban mucho tiempo pasando cerca.
Quizá estuvieron en los mismos lugares. Conocieron a las mismas personas. Caminaron por una calle que nosotros recorríamos todos los días. Estuvieron en una ciudad pocos días antes o después. Sus amigos conocían a nuestros amigos. Sus decisiones fueron acercándose a las nuestras sin que ninguno supiera todavía que el otro existía. Cuando reconstruimos la historia hacia atrás descubrimos que aquellos dos hilos aparentemente independientes se habían cruzado una y otra vez mucho antes de que sus dueños finalmente se encontraran.
Me fascinan esas historias.
No sé si llamarlas destino, casualidad o simplemente la consecuencia matemática de vivir en un mundo mucho más pequeño y conectado de lo que imaginamos. Tampoco estoy segura de querer explicarlas. Hay cosas que pierden un poco de belleza cuando nos empeñamos demasiado en encontrarles una explicación. Prefiero imaginar esos encuentros como dos hilos que el telar fue acercando lentamente. A veces durante años. Rozándose sin saberlo, entrando y saliendo del mismo dibujo hasta que, finalmente, coinciden en el mismo punto y en el mismo momento.
Y entonces sucede el encuentro.
Encontrarse, por supuesto, tampoco significa permanecer. Hay personas cuyo hilo atraviesa el nuestro durante unos centímetros y cambia para siempre el color del tapiz. Otras permanecen entretejidas durante décadas. Algunas llegan para enseñarnos. Algunas para acompañarnos. Algunas nos rompen y otras nos ayudan a reconstruirnos. Hay incluso personas cuya importancia solo comprendemos mucho tiempo después de que dejaron de formar parte de nuestra vida.
Quizá nunca sepamos si esos encuentros estaban escritos o si nosotros, con cada pequeña decisión, fuimos acercando los hilos hasta hacerlos coincidir. Pero tal vez tampoco importe demasiado. Porque incluso si alguien estaba destinado a cruzarse con nosotros, lo que hacemos después de encontrarnos sigue siendo una elección.
Quizá algunos encuentros pertenezcan al destino. Lo que construimos con ellos pertenece a nosotros.
Y mientras pensaba en todo esto me di cuenta de que, curiosamente, llevamos mucho tiempo utilizando una idea bastante parecida para hablar de genética.
Durante años escuchamos frases como “lo llevas en los genes”, “viene de familia” o “seguramente te va a pasar”. Hablamos de nuestra herencia genética casi como si las Moiras hubieran escrito allí nuestro destino antes de nacer. Recibimos determinados genes de nuestros padres y ellos de los suyos, una cadena de información que atraviesa generaciones mucho antes de que nosotros aparezcamos.
No elegimos esos hilos.
Pero heredar un hilo no significa recibir el tapiz terminado.
La genética contemporánea nos ha enseñado que, especialmente cuando hablamos de muchas enfermedades crónicas y rasgos complejos, una predisposición genética no equivale necesariamente a un destino. Nuestros genes interactúan constantemente con el ambiente, la alimentación, el sueño, el movimiento, el estrés, las exposiciones y muchos otros elementos de nuestra historia biológica. La epigenética estudia precisamente algunos de los mecanismos mediante los cuales se regula la actividad de los genes sin modificar la secuencia del ADN.
Esto no significa que podamos controlar nuestra biología a voluntad ni que los hábitos sean capaces de neutralizar cualquier condición genética. Hay variantes con efectos enormes y enfermedades en las que la genética tiene un peso determinante. Sería ingenuo —y científicamente incorrecto— decir lo contrario. Pero entre creer que podemos controlarlo todo y asumir que nada está en nuestras manos existe un territorio enorme. Y es precisamente ahí donde ocurre gran parte de nuestra vida.
Podemos no haber elegido determinados genes, pero sí podemos modificar muchas de las condiciones en las que esos genes se expresan. Podemos movernos. Podemos cuidar el sueño. Podemos decidir qué ponemos la mayor parte del tiempo sobre nuestra mesa. Podemos construir músculo, reducir ciertas exposiciones, aprender a regular mejor el estrés, cultivar vínculos y pedir ayuda. Son decisiones pequeñas, repetidas durante años, capaces de modificar de manera importante nuestra trayectoria de salud.
Quizá por eso me gusta tanto la imagen del telar.
Porque no promete control.
No dice que todo depende de nosotros. No convierte cada enfermedad, cada pérdida o cada circunstancia difícil en consecuencia de una mala decisión. Hay hilos que simplemente recibimos. Hay nudos que no hicimos. Hay colores que jamás habríamos elegido y partes del dibujo que solo podemos aceptar.
Pero también hay espacio para participar.
Y creo que ahí se encuentra una de las ideas que más me interesan de la Medicina de Estilo de Vida: no se trata de perseguir una existencia perfecta ni de creer que podemos escapar de todo aquello para lo que tenemos predisposición. Se trata de crear, todos los días, las mejores condiciones posibles para la vida que todavía estamos construyendo.
Lo mismo sucede fuera del cuerpo.
No elegimos dónde nacemos. No elegimos nuestra genética ni muchas de las historias familiares que recibimos. Tampoco elegimos todas las personas que aparecen en nuestro camino ni podemos decidir cuánto tiempo permanecerán. Hay pérdidas, encuentros y circunstancias que parecen llegar sin pedir permiso.
Pero seguimos eligiendo qué hacemos con ellos.
Elegimos qué relaciones cultivamos. Qué conversaciones sostenemos. Qué patrones heredados continuamos y cuáles intentamos terminar. Elegimos si una herida se convierte en una muralla o, con suficiente tiempo, en una puerta. Elegimos qué hacemos con lo aprendido y qué dejamos para quienes vienen detrás.
Tal vez ahí convivan el destino y el libre albedrío mucho mejor de lo que pensamos.
Quizá las Moiras tenían razón en algo. Todos llegamos a este mundo con hilos que no elegimos. La genética es uno de ellos. También nuestra familia, nuestro lugar de nacimiento, ciertas circunstancias y quizá algunos de esos encuentros inexplicables que parecen haber comenzado mucho antes de que dos personas supieran siquiera que algún día iban a conocerse.
Pero cada mañana volvemos a sentarnos frente al telar.
No sabemos exactamente cuál será el dibujo final. Tampoco sabemos cuándo Átropos decidirá cortar el hilo. Quizá precisamente por eso importa tanto lo que hacemos mientras todavía corre entre nuestros dedos.
Podemos cuidar el cuerpo que heredamos. Podemos cambiar hábitos. Podemos romper patrones. Podemos elegir qué personas seguimos entretejiendo en nuestra historia y qué hacemos con los encuentros que la vida coloca delante de nosotros. Podemos aceptar algunos hilos, soltar otros y, de vez en cuando, detenernos a mirar el tapiz desde cierta distancia para descubrir que muchas cosas que parecían aisladas estaban formando parte del mismo dibujo.
No controlamos el telar entero.
Nunca lo hicimos.
Pero mientras el hilo siga corriendo entre nuestros dedos, todavía podemos participar en el dibujo.

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