
Siempre me ha gustado la expresión “disparar con pólvora ajena”. Tiene algo maravillosamente gráfico. Alguien hace ruido, levanta humo, quizá hasta acierta en el blanco, pero la pólvora nunca fue suya. La frase suele utilizarse para hablar de quien gasta o arriesga recursos que pertenecen a otro, pero últimamente pienso que también describe perfectamente una costumbre bastante humana: colgarnos medallas que no ganamos.
Sucede más de lo que queremos reconocer. Alguien cuenta una historia y, con cada nueva versión, su participación se vuelve un poco más importante. Una idea colectiva termina teniendo un solo autor. Un jefe presenta el trabajo de su equipo como propio. Alguien se acerca a una persona brillante y empieza a apropiarse de sus logros, sus contactos o sus historias. A veces ni siquiera hace falta mentir; basta con omitir convenientemente algunos nombres para que parezca que estuvimos mucho más cerca del centro de la hazaña de lo que realmente estuvimos.
Siempre me ha intrigado esa necesidad. Porque una cosa es sentir orgullo por haber participado en algo y otra muy distinta necesitar apropiarse de aquello que hicieron los demás. Una cosa es decir “fuimos parte de esto” y otra contar la historia como si nada hubiera ocurrido sin nosotros.
Quizá detrás haya algo profundamente humano: todos necesitamos sentir que importamos. Queremos ser vistos, reconocidos, valorados. Desde hace décadas, la psicología social estudia cómo construimos parte de nuestra percepción de nosotros mismos comparándonos con los demás. El problema aparece cuando esa comparación deja de inspirarnos y empieza a amenazarnos. Cuando el éxito de otra persona, en lugar de parecernos una prueba de lo que es posible, comienza a sentirse como evidencia de todo aquello que nosotros no hemos conseguido.
Entonces el brillo ajeno incomoda.
Y hacemos cosas curiosas para soportarlo. Lo minimizamos. “Tampoco fue para tanto”. Lo atribuimos a la suerte. “Tuvo las conexiones correctas”. Buscamos una explicación que reduzca el mérito. “Cualquiera lo habría podido hacer”. O, en el extremo contrario, intentamos incorporarnos a la historia para sentir que una parte de ese logro también nos pertenece.
Hay personas que quieren brillar. Y hay personas que necesitan que los demás dejen de brillar para poder notar su propia luz. No es lo mismo.
Lo curioso es que el éxito no funciona como una cantidad limitada que debemos repartir. Que alguien escriba un libro no hace menos valioso el libro de otra persona. Que alguien construya una empresa no disminuye las posibilidades de que alguien más construya la suya. Que una persona sea hermosa, inteligente, talentosa o exitosa no nos arrebata ninguna de esas posibilidades. La luz del otro no consume la nuestra.
Pero emocionalmente no siempre lo entendemos así.
Quizá por eso también existen personas capaces de celebrar genuinamente los logros ajenos, y siempre me han parecido particularmente luminosas. Son aquellas que mencionan quién tuvo la idea, presentan a quien abrió la puerta, reconocen a quien trabajó detrás, recomiendan a alguien sin necesitar obtener nada a cambio y pueden decir “esto lo hizo ella” sin sentir que esa frase les resta importancia. Hay una seguridad muy especial en quien puede reconocer el brillo de otro sin sentirse oscurecido.
Y mientras pensaba en todo esto me di cuenta de que existe otro extremo del mismo problema, uno que conozco bastante mejor: regalar nuestras propias medallas.
Nunca he sido particularmente buena para cacarear el huevo. De hecho, mi tendencia natural es hacer exactamente lo contrario. Termino algo y rápidamente pienso en lo siguiente. Si alguien reconoce un logro, encuentro la manera de explicar por qué tampoco fue tan extraordinario. Comparto el mérito, agradezco a todos y, algunas veces, termino desapareciendo yo de mi propia historia.
Durante mucho tiempo confundí eso con humildad.
Hoy ya no estoy tan segura.
Reconocer el trabajo de los demás es humildad. Borrar el propio no lo es. Y quizá aprender a recibir también implique aceptar que podemos reconocer nuestros logros sin convertirnos en arrogantes.
Decir “esto lo hice yo” no significa decir “lo hice sola”.
Podemos reconocer a quien nos enseñó, agradecer a quien nos abrió una puerta, nombrar a quienes caminaron junto a nosotros y aceptar que hubo circunstancias favorables. Casi ningún logro verdaderamente importante ocurre en absoluta soledad. Pero reconocer todo eso tampoco debería obligarnos a desaparecer.
Hay una diferencia enorme entre compartir una medalla y entregarla.
Y quizá ahí está la parte que más me incomoda de disparar con pólvora ajena: para que alguien pueda apropiarse durante mucho tiempo de aquello que construimos, a veces nosotros también hemos colaborado haciendo pequeño nuestro propio trabajo. No porque seamos responsables de lo que otros decidan adjudicarse, sino porque algunas personas hemos aprendido a sentir tanta incomodidad ante el reconocimiento que dejamos un espacio vacío que otros no tienen ningún problema en ocupar.
Tal vez por eso necesitamos aprender dos cosas al mismo tiempo: no tomar las medallas que no nos corresponden y dejar de entregar las que sí.
Parece sencillo, pero requiere una relación bastante sana con nuestro propio valor. Poder mirar el éxito de alguien y decir “qué increíble” sin añadir inmediatamente una explicación que lo disminuya. Poder escuchar un reconocimiento y responder “gracias” sin enumerar cinco razones por las que no lo merecemos. Poder decir “esta idea fue suya”, “esto lo construimos juntos”, “aquí me ayudaron muchísimo” y también “esto sí lo hice yo”.
Sin hacernos enormes.
Sin hacernos pequeños.
Simplemente ocupando nuestro lugar.
Con los años he aprendido que me gustan mucho las personas que hacen espacio para que otros brillen. Las que recomiendan. Las que conectan. Las que reconocen. Las que aplauden sin calcular qué reciben a cambio. Quizá porque han entendido algo fundamental: encender la luz de alguien más no apaga la propia. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario. Hay personas cuya luz se vuelve todavía más evidente por la manera en que iluminan a quienes tienen alrededor.
Y también he aprendido a observar con cierta distancia a quienes necesitan apropiarse permanentemente del brillo ajeno. Ya no creo que tenga demasiado que ver con la persona a la que intentan disminuir. Probablemente tenga mucho más que ver con un vacío propio que ninguna medalla prestada conseguirá llenar.
Porque puedes contar durante años una historia donde siempre eres protagonista. Puedes adornar tu participación, borrar algunos nombres, apropiarte de ideas y disparar todos los cartuchos que encuentres por el camino.
Pero hay algo que no puedes pedir prestado: la certeza interna de haberlo construido.
Quizá crecer también consista en aprender a distinguir qué pólvora es nuestra y cuál no. Reconocer a quien estuvo antes, agradecer a quien ayudó, compartir los méritos que fueron colectivos y reclamar, sin vergüenza, aquellos que sí nos pertenecen.
No necesitamos apagar a nadie para brillar. Tampoco necesitamos entregar nuestra luz para demostrar humildad.
Tal vez simplemente necesitamos aprender a fabricar nuestra propia pólvora.
Y cuando llegue el momento de encenderla, no pedir perdón por hacer ruido.


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