Estoy cansada

Quizá volver a mí también sea volver un poco a ella.

Agosto de 2026 ha sido, sin lugar a dudas, uno de los meses más duros de mi vida. Y lo curioso es que no puedo señalar una sola cosa y decir que fue eso. No hubo un único acontecimiento capaz de explicarlo todo. El problema es exactamente el contrario. Está sucediendo todo al mismo tiempo y en el fondo no sucede nada.

Además estamos en temporada de eclipses y, aunque sé perfectamente que la ciencia no explica mi agotamiento desde ahí, hay una parte de mí que sigue prestando atención a esos símbolos. Quizá porque siempre me han interesado los ciclos, los cierres, los movimientos y esas temporadas en las que parece que alguien decidió agitar el agua de golpe. Llámese eclipse, sistema nervioso sobrecargado o simplemente demasiada vida sucediendo al mismo tiempo, la realidad es bastante menos poética. Estoy cansada.

Muy cansada.

Cuando era niña me diagnosticaron déficit de atención e hiperactividad. Mis padres, gracias a Dios, no hicieron demasiado caso al diagnóstico. Tampoco había muchas razones para hacerlo. Me iba muy bien en la escuela, podría decir que extremadamente bien. No tenía dificultades académicas ni era particularmente distraída. Sí era inquieta. Muchísimo. Pero también era obediente y normalmente bastaba una llamada de atención para detener aquello que estuviera haciendo.

Aunque, pensándolo bien, tomaba decisiones altamente cuestionables.

Mi infancia incluye una colección bastante extensa de accidentes, algunos francamente graves. Uno de ellos, durante la adolescencia, incluyó un traumatismo craneoencefálico severo con pérdida de tejido cerebral y una recuperación que tomó años. Siempre he dicho en mis círculos más íntimos -y a estas alturas Flores Plásticas ya es uno de ellos- que después de ese accidente quedé un poco tonta. Lo digo medio en broma y medio en serio. No sé exactamente qué cambió, pero sé que mi cerebro nunca volvió a sentirse igual.

Crecí como hija única y rodeada de adultos. Cuando viajábamos, rara vez el itinerario se acomodaba a mí, como ahora acostumbramos hacer más con los niños. Si había que caminar, caminábamos. Si había diez museos, visitábamos diez museos. Y, francamente, agradezco profundamente esa crianza porque también construyó buena parte de quien soy. Amo caminar ciudades. Amo los museos. Amo observar objetos e imaginar las historias que existen detrás de ellos.

Pasaba también muchísimo tiempo leyendo. Los libros se convirtieron en grandes compañeros dentro de un mundo lleno de adultos y en el que los primos aparecían fundamentalmente durante las vacaciones. Así que fui construyendo un mundo interno en el que me gustaba estar. Un lugar seguro. Aprendí a sentarme conmigo misma, inventar juegos en solitario, construir cosas que después les enseñaba orgullosamente a mis papás y a dejar volar la imaginación durante horas.

El mundo eventualmente se hizo más grande, pero conservé algo de aquella niña. La necesidad de ir hacia adentro para recargar.

Durante años pensé simplemente que me había acostumbrado a estar sola. Hoy entiendo que quizá había algo más. Esos espacios de silencio, aislamiento y mundo interno probablemente también eran una manera intuitiva de autorregularme. Yo no tenía una palabra para explicarlo y tampoco la necesitaba. Simplemente sabía que después de demasiado ruido, demasiadas personas o demasiadas cosas sucediendo necesitaba regresar a mí.

Hace relativamente poco recibí un diagnóstico potencial de autismo, altas capacidades y déficit de atención. Una sopa neurológica bastante interesante.

Ahora bien, ser neurodivergente en 2026 tiene poco de extraordinario. De hecho, siempre he pensado que, de alguna manera, todos lo somos. La idea de que todos los cerebros deberían funcionar exactamente igual me parece tan absurda como pensar que todos los cuerpos funcionan de la misma manera. Sin embargo, seguimos fascinados con las explicaciones unitalla. Queremos un número normal, una conducta normal, una forma normal de aprender, trabajar, sentir, dormir, relacionarnos y responder al mundo. La medicina lleva años intentando avanzar hacia una atención cada vez más personalizada y, aun así, seguimos cayendo una y otra vez en la tentación de meter organismos extraordinariamente complejos dentro de cajitas idénticas.

Una de las cosas más interesantes que he aprendido al conocer mejor mi propio cerebro es que muchas características que durante años interpreté simplemente como contradicciones de mi personalidad tienen cierta lógica cuando se miran juntas.

Puedo ser extraordinariamente productiva y extraordinariamente procrastinadora. Puedo resolver una cantidad absurda de cosas simultáneamente y después quedarme atorada frente a una tarea aparentemente sencilla. Puedo entrar en hiperfoco durante horas y tener enormes dificultades para salir de ahí y cambiar hacia otra actividad, incluso cuando sé perfectamente que debería hacerlo. Paradójicamente, también puedo ser tremendamente multitask. Puedo atender temas médicos, administrativos y familiares, escribir, crear proyectos, escuchar, contener, estudiar y resolver problemas prácticamente al mismo tiempo.

Hasta que no puedo.

Y quizá durante mucho tiempo puse demasiada atención en todo lo que podía hacer y demasiado poca en el costo de hacerlo.

La investigación sobre función ejecutiva en adultos autistas muestra precisamente que no existe una división sencilla entre ser capaz o incapaz. Pueden coexistir fortalezas importantes con dificultades en procesos como la flexibilidad cognitiva, la memoria de trabajo, la planificación o el cambio entre tareas. Un cerebro puede tener una enorme capacidad para algunas cosas y necesitar un esfuerzo desproporcionado para otras que desde fuera parecen mucho más sencillas.

Pero quizá el concepto que más me ha hecho pensar últimamente es el de autistic burnout, o agotamiento autista.

No se refiere simplemente a estar cansado después de una semana difícil. La literatura lo describe como un estado de agotamiento intenso y prolongado que puede acompañarse de una disminución de la capacidad funcional, mayor sensibilidad a los estímulos, dificultades para realizar actividades cotidianas y una necesidad mucho mayor de retirarse o reducir las demandas. Las investigaciones sobre el tema también han señalado el peso que pueden tener el camuflaje, la sobrecarga sensorial y social y la acumulación de exigencias durante largos periodos.

Cuando leo esas descripciones hay cosas que reconozco.

Y hay otra variable que me resulta particularmente interesante. Tengo 43 años. No estoy en menopausia, aunque mi historia hormonal hace que esa conversación tenga varios asteriscos, pero sí estoy atravesando el climaterio y mis hormonas han cambiado. La investigación sobre mujeres autistas durante esta etapa todavía es limitada, pero empieza a describir algo que muchas mujeres llevan tiempo contando. Durante la perimenopausia y la menopausia, algunas experimentan una intensificación de ciertas dificultades relacionadas con la regulación emocional, la función ejecutiva, el sueño, la sensibilidad sensorial o el agotamiento. Un estudio cualitativo publicado en Autism utilizó una expresión bastante gráfica para describir la combinación de autismo, menopausia y las demandas propias de la mediana edad. Una tormenta perfecta.

No sé cuánto de lo que siento actualmente son hormonas, cuánto es neurodivergencia y cuánto es simplemente la vida.

Probablemente sea todo.

Porque agosto ha sido mucho.

Asuntos familiares, problemas de salud de personas que amo, hijos, el regreso a clases después de dos años de educarlos en casa, trabajo, compromisos que siento que no logro cumplir, preocupaciones financieras, proyectos que quiero sacar adelante y no terminan de concretarse, personas que necesitan cosas de mí, personas a las que quiero acompañar, decisiones, pendientes, mensajes que contestar y cosas que resolver.

Lo normal. Nada particularmente extraordinario. Todos tenemos una vida sucediendo.

Todos tenemos demasiadas pelotas en el aire y hacemos malabares esperando que ninguna caiga al piso. No cuento esto porque piense que mi cansancio es más importante que el de nadie. Lo cuento precisamente porque sospecho que no lo es. Porque quizá alguien esté leyendo esto sentado en su cama, en el coche antes de entrar a casa, escondido cinco minutos en el baño o mirando el techo a las tres de la mañana pensando que no puede con una cosa más.

Y, sin embargo, probablemente pueda.

Pero esa no es la pregunta.

Creo que nos hemos obsesionado demasiado con comprobar cuánto podemos soportar. Hablamos de resiliencia como si ser resiliente significara levantarse inmediatamente después de cada golpe. Admiramos a quien puede con todo, quien mantiene la sonrisa, trabaja, cuida a sus hijos, responde mensajes, hace ejercicio, come perfectamente, medita, factura, duerme ocho horas y además tiene una cocina impecable.

Yo soy una persona resiliente y también estoy agotada. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.

Puedo agradecer profundamente mi vida y necesitar alejarme un rato del ruido. Puedo amar a las personas que me rodean y no querer hablar con nadie. Puedo estar emocionada por mis proyectos y no tener energía para abrir la computadora. Puedo saber que las cosas eventualmente van a estar bien y, al mismo tiempo, tener miedo. Puedo ser una persona positiva y tener pensamientos incómodos. Puedo acompañar a otros y reconocer que en este momento yo también necesito ser acompañada.

Eso no cancela ninguna de las otras versiones de mí. Solo me hace humana.

No conozco a nadie completamente libre de malestar. Conozco personas extraordinariamente positivas, personas resilientes, enfocadas, espirituales y profundamente felices. Creo que yo misma pertenezco a varias de esas categorías. Pero no conozco a una sola persona que nunca tenga miedo, incertidumbre, enojo, cansancio, un pensamiento intrusivo o un día en el que simplemente quiera desaparecer un rato del ruido.

Quien venda esa versión de la vida probablemente está vendiendo algo.

Las redes sociales han hecho un trabajo extraordinario convenciéndonos de que en algún lugar existen personas que ya resolvieron la experiencia humana. Despiertan felices, tienen relaciones perfectas, cuerpos perfectos, negocios perfectos, hijos perfectos, regulación emocional perfecta y una iluminación preciosa entrando por la ventana mientras toman su matcha.

Yo no quiero reflejar eso en Flores Plásticas. Nunca lo quise.

No quiero flores perfectas. Para eso ya existen las de plástico. Me gustan las flores reales, las que necesitan agua, las que a veces se inclinan buscando luz, las que tienen hojas mordidas, tallos torcidos y pétalos que eventualmente terminan en el suelo. Me gustan porque están vivas. Y estar vivo implica necesariamente atravesar temporadas en las que florecemos y otras en las que apenas estamos intentando conservar energía suficiente para volver a hacerlo.

Creo que estoy en una de esas.

Necesito espacio. Necesito silencio. Necesito volver un poco hacia adentro, hacia aquel lugar que construí cuando era niña entre libros, juegos inventados y tardes conmigo misma. Necesito dejar de intentar resolverlo todo durante unos días. Dormir. Caminar. Leer. Estar con mis hijos. Dejar algunas pelotas en el piso voluntariamente antes de que mi cuerpo decida tirarlas todas de golpe.

Y, curiosamente, no siento culpa al escribirlo. Siento alivio.

Quizá porque decirlo en voz alta me devuelve algo que llevaba varias semanas sintiendo que perdía. Me devuelve capacidad de decisión. Puedo reconocer que estoy cansada sin esperar a romperme. Puedo poner límites antes de llegar al límite. Puedo decidir que algunas cosas tendrán que esperar. Puedo dejar de demostrarme cuánto soy capaz de cargar.

Tal vez eso también sea recuperar el poder.

He pensado muchas veces que vulnerabilidad era hablar de nuestras heridas. Hoy creo que esa definición se queda corta. Contar una historia cuando ya cicatrizó, cuando entendimos qué sucedió y somos capaces de terminarla con una enseñanza bonita, puede ser profundamente íntimo. Pero también es relativamente seguro. Ya conocemos el final.

Quizá una vulnerabilidad mucho más incómoda sea atrevernos a hablar cuando todavía estamos adentro. Cuando la herida no tiene moraleja. Cuando no sabemos exactamente qué estamos aprendiendo ni tenemos una frase preciosa para cerrar la historia.

Esta vez no tengo una.

Agosto todavía no termina. Yo todavía estoy cansada y hoy no necesito convertir ese cansancio en una lección, un proyecto, una estrategia o una oportunidad de crecimiento.

Necesito escucharlo.

Después volveré.

Pero primero necesito volver a mí.

Referencias

Higgins JM, Arnold SRC, Weise J, Pellicano E, Trollor JN. Defining autistic burnout through experts by lived experience. Autism. 2021;25(8), 2356–2369.

Arnold SRC, Higgins JM, Weise J, Desai A, Pellicano E, Trollor JN. Confirming the nature of autistic burnout. Autism. 2023.

Brady MJ, et al. “A perfect storm”: Autistic experiences of menopause and midlife. Autism. 2024;28(6), 1405–1418.

Demetriou EA, et al. Investigación sobre función ejecutiva en adultos autistas. The Clinical Neuropsychologist. 2021.

Bougoure M, et al. Measuring autistic burnout: A psychometric validation of the AASPIRE Autistic Burnout Measure in autistic adults. Autism. 2026;30(1), 20–36.


Comentarios

6 respuestas a «Estoy cansada»

  1. Tengo casi 60 años, he tenido un ritmo de vida parecido al tuyo, me sentí como tu incontables veces, no sé si también soy autista nunca lo investigue y que bueno que no lo hice poner un mote adicional a lo que estaba viviendo no creo que lo solucionara; recientemente fui despedida de un trabajo en el que estuve por 30 años, llevo tres meses asimilando las cosas, primero como en limbo, sin pena, ni gloria, viva? Medio viva? Se me había olvidado sentir, de tanto vivir en universos paralelos no vivía, no tenía tiempo de eso, había que pasar a la siguiente cosa. Salí del limbo y ahora estoy asimilando una nueva vida, una vida que duele pero no se sufre, una vida que también se disfruta, se disfruta? Siiii porque estoy empezando a sentirme, a darme tiempo de ser yo (aunque apenas me estoy encontrando) Lo que fue un momento dramático en mi vida se está convirtiendo en una bendición, me estoy recuperando.

    Sé que llegará tu crisis, el momento en el que el fénix muera para renacer y sé que lo que brotará en esa nueva vida será algo mucho más bello y sublime de lo que eres ahora. Te honro y respeto. Bendiciones

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    1. Qué hermoso leerte. Creo que a veces la vida nos obliga a detenernos cuando nosotros no sabemos hacerlo solos. Me quedo con eso que dices de volver a sentirte y darte tiempo de ser tú. Gracias por compartir tu historia y por acompañarme con tanto cariño!

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  2. Avatar de Maru Aguirre
    Maru Aguirre

    Plenamente identificada contigo, me encantó lo de la cocina impecable… tal cual! Lo que si te digo es que todo pasa y un dia paras, yo lo estoy haciendo, claro ya los hijos son adultos ( no te puedes brincar esa parte) y se vale decir que ser madre está cañon! Ánimo querida! Un abrazo!

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    1. ¡Totalmente! La cocina impecable tendrá que esperar. Y sí, ser madre no es tarea fácil y hay temporadas en las que simplemente toca reconocerlo. Gracias por recordarme que todo pasa y que también se vale parar. Te abrazo de vuelta.

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  3. Avatar de Azucena Salinas
    Azucena Salinas

    Muchas gracias por mostrar que el ser vulnerable nos hace ser más humanos, que el observar y abrazar lo que pasa es mejor que juzgar gracias

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    1. Gracias a ti por leerlo así. Creo que justo ahí está el aprendizaje, en poder observar lo que sentimos sin tener que corregirlo, justificarlo o juzgarlo. A veces abrazarlo también es suficiente.

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