
Confieso que siento un pequeño alivio de que el Mundial esté llegando a su fin.
Mi algoritmo decidió que este verano necesitaba enseñarme absolutamente todo sobre Erling Haaland. Si abro Instagram, ahí está. Si entro a YouTube, también. Si aparece un reel sobre fútbol, de alguna forma termina apareciendo él. Y sí, lo acepto, parte de la culpa es mía.
El muchacho me interesa.
No porque sea particularmente futbolera. En mi familia sí lo son. Mi papá todavía recuerda partidos ocurridos hace décadas con una precisión que me sigue sorprendiendo, y mis hijos ya empiezan a vivir el fútbol con esa misma pasión. Yo, en cambio, miro a Haaland por otra razón. Me interesa porque probablemente sea uno de los mejores ejemplos actuales de cómo la medicina de estilo de vida puede potenciar el rendimiento humano. Cuando escuchas hablar de él descubres que gran parte de su éxito no depende de un secreto extraordinario, sino de cosas sorprendentemente simples: dormir bien, entrenar con inteligencia, respetar los ritmos circadianos, recuperarse, alimentarse adecuadamente y entender que el cuerpo es el principal activo de una carrera deportiva. No hay nada especialmente misterioso en eso. Lo extraordinario es la constancia con la que sostiene esas decisiones durante años.
Hace unos días, mientras seguía cayendo por ese agujero negro que son los reels, apareció un video completamente distinto. Un entrenador hablaba con un grupo de niños ingleses, de unos doce años. Les decía algo aparentemente obvio: si hubieran nacido en España hablarían español; si hubieran nacido en Estados Unidos tendrían un acento americano y no inglés. Los niños sonreían porque la idea era evidente. Nuestro entorno nos moldea. Nuestra familia influye en la manera en que pensamos, nuestra cultura determina costumbres y nuestro idioma condiciona incluso la forma en que organizamos las ideas.
Mientras veía el video pensé que tenía razón. Pero inmediatamente apareció otra pregunta.
¿Y si el entorno modifica nuestro comportamiento, nuestro comportamiento también modifica el entorno que existe dentro de nosotros?
Creo que pasamos demasiado tiempo hablando del ambiente que nos rodea y muy poco del ecosistema que construimos todos los días dentro de nuestro propio cuerpo. Porque el cuerpo también tiene conversaciones. Y nunca deja de tenerlas.
Las hormonas no trabajan aisladas. La insulina conversa constantemente con el cortisol; el cortisol modifica la melatonina; la melatonina influye sobre la hormona del crecimiento y la leptina y la grelina negocian cada día nuestra sensación de hambre y saciedad. Al mismo tiempo, el intestino mantiene un diálogo permanente con el cerebro a través del eje intestino-cerebro, los músculos liberan mioquinas capaces de comunicarse con el sistema inmune y el tejido adiposo, y el propio tejido graso actúa como un órgano endocrino que participa activamente en la regulación del metabolismo y la inflamación. Todo conversa. Nada ocurre de manera aislada.
Durante muchos años la medicina estudió cada sistema por separado. El endocrinólogo veía hormonas. El gastroenterólogo veía intestino. El neurólogo veía cerebro. El cardiólogo veía corazón. Pero la biología moderna nos está recordando algo profundamente hermoso: el organismo nunca funcionó dividido. Siempre fue una conversación permanente.
De hecho, hoy sabemos que una sola noche de sueño insuficiente puede aumentar el cortisol, disminuir la sensibilidad a la insulina y alterar la producción de leptina y grelina, favoreciendo el apetito al día siguiente. No es casualidad que después de dormir mal aparezcan los antojos de azúcar o alimentos ultraprocesados. Nuestro cuerpo no perdió la fuerza de voluntad de un día para otro; simplemente cambió la conversación bioquímica que estaba ocurriendo dentro de nosotros.
Lo mismo sucede con el estrés. Con el ejercicio. Con la luz. Con la microbiota. Con la alimentación. Cada decisión modifica el tono de la siguiente. Cada hábito prepara el terreno para el que viene después. Es una espiral. Puede ser ascendente o descendente, pero nunca permanece inmóvil.
Y entonces entendí por qué me gusta tanto observar atletas como Haaland. No porque quiera que todos vivamos como deportistas de élite, sino porque hacen visible algo que normalmente pasa desapercibido. Nos recuerdan que el rendimiento extraordinario rara vez depende de una única decisión espectacular. Depende de miles de conversaciones pequeñas sostenidas durante años.
Dormir hoy le habla al cuerpo de mañana. Moverte hoy le habla al metabolismo que tendrás dentro de diez años. Lo que comes modifica la inflamación silenciosa que quizá todavía no sientes; la luz de la mañana sincroniza tu reloj biológico; un abrazo regula tu sistema nervioso y una caminata le habla a tus músculos. Todo comunica. Todo deja una huella.
A veces pensamos que la salud depende exclusivamente de la genética. Y sí, la genética importa. Muchísimo. Trabajo con genómica todos los días y sé el enorme valor que tiene comprender nuestras predisposiciones. Pero también he aprendido que los genes no hablan solos. Necesitan un contexto. Necesitan un terreno. Necesitan conversaciones que les indiquen cuándo expresarse y cuándo permanecer en silencio.
La epigenética lleva años demostrando que nuestros hábitos, el sueño, la alimentación, el movimiento e incluso las relaciones humanas pueden modificar la expresión de nuestros genes. En otras palabras, heredamos una partitura, pero la música que termina sonando depende, en buena medida, de cómo decidimos interpretarla. No elegimos todas las cartas con las que empezamos la partida, pero sí influimos constantemente en la forma en que se juega.
Quizá por eso cada vez me interesan menos las soluciones rápidas y cada vez me interesan más las conversaciones. Las que tenemos con otras personas y las que sostenemos, sin darnos cuenta, con nuestro propio cuerpo. Porque no construimos salud únicamente con grandes decisiones. La construimos con miles de mensajes pequeños que repetimos todos los días: con cada desayuno, con cada hora de sueño, con cada caminata, con cada momento de calma, con cada pensamiento que alimentamos y con cada persona de la que decidimos rodearnos.
Hace algún tiempo escribí que la salud era el vehículo para alcanzar nuestros sueños. Hoy añadiría algo más. La salud también es el resultado de todas las conversaciones que decidimos sostener. Las visibles y las invisibles. Las que tenemos alrededor de una mesa y las que nuestras células mantienen en silencio mientras nosotros simplemente vivimos.
Quizá por eso la pregunta más importante no sea qué enfermedad queremos evitar.
Quizá la verdadera pregunta sea otra:
¿Qué conversaciones están ocurriendo hoy dentro de ti?
Porque el cuerpo siempre está escuchando.
Y, tarde o temprano, termina convirtiéndose en el reflejo de aquello que le repetimos cada día.
Referencias
- Hall JE. Guyton & Hall Textbook of Medical Physiology. 15th ed.
- Spiegel K, Leproult R, Van Cauter E. Impact of sleep debt on metabolic and endocrine function. The Lancet. 1999.
- Cryan JF, O’Riordan KJ, Cowan CSM, et al. The Microbiota-Gut-Brain Axis. Physiological Reviews. 2019.
- Pedersen BK. The Physiology of Optimizing Health with a Focus on Exercise as Medicine. Annual Review of Physiology.
- Meaney MJ. Epigenetics and the Biological Definition of Gene × Environment Interactions. Child Development. 2010.


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