La tilde

Hay palabras que la vida termina escribiendo de otra manera

Cada julio vuelvo a pensar en Mikel. No de la misma manera que antes.

Durante muchos años julio era un mes pesado. Llegaba casi sin darme cuenta y, con él, regresaban fechas, recuerdos y una ausencia que ocupaba demasiado espacio. Hoy sigue siendo un mes especial, pero ya no pesa igual. Cada año lo recuerdo con un poco menos de tristeza y con mucha más gratitud. No porque lo extrañe menos. Al contrario. Lo recuerdo con una alegría distinta, con esa serenidad que solo da el tiempo cuando ha hecho bien su trabajo.

El 18 de julio habría sido su cumpleaños. Y, aunque nunca pude verlo crecer, curiosamente siento que sigue creciendo conmigo. A veces me pregunto cómo habría sido su risa. Si se parecería a la de sus hermanos. Si también habría heredado mi terquedad y mi calma. Son preguntas que nunca tendrán respuesta y, curiosamente, ya no me rompen. Hoy simplemente me acompañan.

Hace unos días alguien volvió a preguntarme por qué mi libro se llama Renacer Fertíl. Más específicamente, por qué decidí escribir “Fertíl” con una tilde que no debería existir.

La respuesta es que está escrito exactamente como yo quería. Porque hace muchos años decidí que nadie debía decirnos cómo se escribe la fertilidad.

La fertilidad nunca me ha parecido únicamente la capacidad biológica de tener un hijo. Si así fuera, habría demasiadas personas injustamente excluidas de esa palabra. Mujeres que nunca fueron madres. Hombres que nunca tuvieron hijos. Personas que decidieron no tenerlos. Personas que no pudieron. Personas que los perdieron.

Y sin embargo, todas ellas pueden llevar una vida profundamente fértil. Porque la fertilidad, al menos para mí, siempre ha sido otra cosa. Es la capacidad de generar vida. Y la vida tiene demasiadas formas como para caber dentro de un diccionario.

Puede manifestarse en un hijo, sí. Pero también en un libro, en una amistad, en una idea, en una comunidad, en un jardín, en un proyecto o incluso en una versión completamente nueva de uno mismo.

Por eso el libro se llama Renacer Fertíl. Porque nunca fue únicamente un libro sobre fertilidad. Siempre fue un libro sobre la vida.

Cuando empecé a escribirlo creía que estaba reuniendo herramientas para ayudar a otras personas a recorrer un camino parecido al mío. Quería hablar de medicina, de evidencia científica, de hábitos, de nutrición, de emociones, de todo aquello que había aprendido después de años de estudiar fertilidad y medicina del estilo de vida. Pero mientras escribía, fui entendiendo que en realidad estaba haciendo otra cosa. Estaba honrando mi historia.

Y, sobre todo, estaba honrando la historia de mis hijos.

Los tres llegaron al mundo de una manera extraordinaria. Cada uno, a su forma, fue un milagro de la ciencia. Y, paradójicamente, fue la ciencia la que me llevó de regreso a la humanidad. La medicina hizo posible que sus vidas existieran. Pero ellos hicieron posible algo todavía más importante.

Me transformaron.

Durante mucho tiempo pensé que mis hijos había cambiado mi forma de entender la fertilidad. Hoy creo que cambiaron mi forma de entender la medicina.

Antes buscaba respuestas en los estudios. Hoy también las busco en la historia que cada persona trae consigo. Hoy hago mejores preguntas. Antes creía que el objetivo era curar enfermedades. Hoy creo que el verdadero objetivo es ayudar a las personas a volver a encontrarse con la vida. Porque detrás de cada diagnóstico siempre hay una historia que casi nunca aparece en el expediente clínico.

Hay miedo. Hay culpa. Hay esperanza. Hay duelo. Hay preguntas que nadie se atreve a formular. Y hay una persona intentando sostener todo eso al mismo tiempo.

Creo que esa es la mayor enseñanza que me dejó Mikel. Me convirtió en una mejor persona. Me enseñó algo que ningún libro de medicina podía enseñarme. La empatía. No la empatía teórica. La verdadera. La que aparece cuando el dolor deja de ser una palabra y se convierte en una experiencia.

Hace años, en el podcast Clan + Destino, hablé de las máscaras que nos ponemos para sobrevivir. Decía entonces que todos habitamos un enorme carnaval donde aprendemos a interpretar personajes para ser aceptados, para pertenecer, para protegernos del rechazo. Con el tiempo he seguido pensando en esa idea y cada vez estoy más convencida de que las experiencias que más nos rompen son también las que más máscaras nos arrancan.

La muerte de Mikel hizo exactamente eso. Durante mucho tiempo pensé que había perdido la confianza en mi cuerpo. Hoy entiendo que, en realidad, estaba aprendiendo a construir una confianza distinta, una que ya no dependía de que todo saliera bien, sino de saber que, incluso cuando la vida se rompiera, sería capaz de volver a encontrarme.

Durante mucho tiempo pensé que el gran milagro de mi historia era haber logrado volver a embarazarme. Hoy creo que el milagro fue otro. El milagro fue haber vuelto a vivir. Porque una cosa es seguir respirando. Y otra muy distinta volver a sentir curiosidad por la vida.

Volver a ilusionarte. Volver a reír. Volver a hacer planes. Volver a enamorarte de un proyecto. Volver a confiar en tu cuerpo. Volver a creer que todavía hay algo hermoso esperándote más adelante. Eso también es fertilidad.

Con los años he entendido que todos somos fértiles para algo. Hay quien cultiva hijos y hay quien cultiva ideas. Hay quien siembra árboles y quien siembra esperanza. Hay quien construye empresas, quien escribe libros, quien forma comunidades o acompaña a otros en algunos de los momentos más difíciles de su vida. La fertilidad nunca fue exclusivamente biológica. Siempre fue la capacidad de generar vida allí donde parecía no haberla.

Quizá eso fue Renacer Fertíl. No un libro sobre infertilidad. Sino una forma de transformar una pérdida en un puente. De tomar una historia profundamente personal y convertirla en una conversación que otras personas también pudieran habitar.

Hoy, cuando vuelvo a abrir sus páginas, ya no veo únicamente información. Veo una carta. Una carta para la mujer que yo fui. Para la que se sintió insuficiente. Para la que culpó a su cuerpo. Para la que pensó que nunca volvería a sonreír de verdad. Y también para todas esas mujeres y hombres que, alguna vez, han sentido que la vida dejó de florecer.

Si pudiera volver a escribir el libro, probablemente cambiaría muchas cosas. Pero hay algo que no cambiaría nunca. Su nombre. Porque sigo creyendo exactamente lo mismo que hace trece años. La fertilidad no pertenece al diccionario. Pertenece a la vida. Y la vida siempre encuentra formas inesperadas de abrirse camino.

Cada julio vuelvo a agradecerle a Mikel. No porque su muerte haya sido necesaria. Nunca pensaré eso. Ojalá hubiera podido conocer su voz, verlo correr, descubrir quién habría sido. Cambiaría cualquier libro por un abrazo suyo. Pero también sería injusto negar todo lo que su vida sembró en la mía.

Hoy entiendo que Mikel nunca fue únicamente mi hijo. Fue mi primer maestro. Y quizá esa sea la razón por la que Renacer Fertíl sigue teniendo una tilde donde no debería.

Mi historia empezó mucho antes de que existiera un libro. Empezó el día en que un niño que vivió muy poco tiempo cambió para siempre el significado de una palabra.

Aquella tilde nunca fue un error ortográfico. Fue una declaración de principios. Porque hay palabras que dejan de obedecer al diccionario cuando la vida les cambia por completo el significado.


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