
El primer partido de fútbol que recuerdo fue un Real Madrid contra Real Sociedad. Si mal no recuerdo, el Real Madrid ganó cinco a cero. Mi papá me llevó al Santiago Bernabéu y debo haber tenido unos siete años. Honestamente, no recuerdo demasiado del partido. No recuerdo quién metió los goles ni cómo se desarrolló el juego. Lo que sí recuerdo es haber estado ahí con él.
Porque la verdad es que nunca he sido particularmente futbolera. En mi familia eso es casi una herejía. El fútbol circula por nuestras venas. Mi papá jugó durante años a un nivel bastante competitivo y todavía hasta hace poco seguía entrando a la cancha con una energía que muchos veinteañeros envidiarían. A mí no me apasionaba especialmente el fútbol. Lo que me gustaba era otra cosa. Me gustaba conectar con mi papá. Y durante mucho tiempo el fútbol fue nuestro idioma compartido.
Hoy me toca verlo desde otro lugar. Ahora veo a mi papá llevar a mi hijo al Estadio Azteca, acompañarlo a Ciudad Universitaria, emocionarse con él antes de un partido y hasta meterse con la Rebel para vivir una final como si tuviera veinte años otra vez. Y cada vez que los veo juntos pienso lo mismo: mi papá encontró en el fútbol una manera de conectar conmigo, y ahora encontró en el fútbol una manera de conectar con mi hijo.
Y eso también es una victoria invisible.
Esta semana pensaba precisamente en eso mientras veía la participación de Curazao en este Mundial 2026. Lo veo más allá de la cancha, porque ese es el mundial que a mi me interesa.
No fue el marcador lo que me llamó la atención. Fue su actitud. Llegaron bailando, cantando, sonriendo y agradecidos por la oportunidad de estar ahí. Y mientras los veía pensé que, independientemente de lo que dijera el marcador al final del partido, había algo en ellos que ya parecía haber ganado.
Porque estaban presentes.
Estaban disfrutando.
Estaban viviendo el momento.
Y eso, para mí, ya era una forma de triunfo.
Vivimos en una época obsesionada con los resultados. Queremos saber quién ganó, quién perdió, cuánto dinero tiene alguien, cuántos seguidores acumula, cuántos kilos bajó, cuántos títulos consiguió. Nos encantan las métricas porque hacen la vida aparentemente más fácil de medir.
El problema es que muchas de las cosas más importantes de la vida no aparecen en ninguna estadística.
¿Cómo se mide una persona que logró salir de una depresión? ¿Cómo se mide alguien que aprendió a poner límites después de años intentando complacer a todo el mundo? ¿Cómo se mide la paz? ¿Cómo se mide la libertad? ¿Cómo se mide la felicidad?
Hace poco me di cuenta de algo incómodo. Soy muy buena para celebrar los logros de los demás. Puedo emocionarme genuinamente cuando alguien publica un libro, consigue un ascenso, se recupera de una enfermedad o cumple un sueño importante. Pero cuando se trata de mí, hago exactamente lo contrario.
Tengo una tendencia casi automática a minimizar mis propios logros.
Termino un proyecto y pienso en el siguiente. Cumplo una meta y encuentro una razón para explicarme por qué tampoco era tan extraordinaria. “No fue para tanto”. “Pude haberlo hecho mejor”. “Todavía falta mucho”.
Durante mucho tiempo pensé que era únicamente una cuestión de personalidad. Luego llegó la genómica. Una de las cosas más interesantes que he aprendido es que nuestros genes no solamente nos hablan de enfermedades o riesgos futuros; también pueden ayudarnos a entender ciertos patrones de comportamiento.
En mi caso, variantes relacionadas con la dopamina y particularmente con COMT ayudan a explicar algo que llevo observando toda la vida: mi tendencia a buscar constantemente nuevos retos, nuevos proyectos y nuevas montañas que escalar. La dopamina tiene mucho menos que ver con el placer de lo que solemos creer y mucho más con la motivación, la curiosidad, la novedad y la búsqueda de objetivos.
Cuando entendí eso, comprendí algo de mí que llevaba años observando sin terminar de nombrar. No es que no disfrute los logros. Es que mi atención ya está puesta en lo siguiente.
Y aunque eso tiene enormes ventajas, también tiene una trampa. Si siempre estás mirando hacia la siguiente montaña, corres el riesgo de olvidar el paisaje que acabas de conquistar. Creo que por eso las victorias invisibles me cuestan tanto trabajo. Porque algunas veces no necesitamos otro objetivo.
Necesitamos detenernos cinco minutos y reconocer que ya llegamos más lejos de lo que alguna vez imaginamos. Y quizá tiene que ver con algo que sigo aprendiendo.
El merecimiento.
Esa extraña dificultad para recibir que muchas personas cargamos sin darse cuenta.
Porque recibir también requiere valentía. Recibir reconocimiento. Recibir ayuda. Recibir amor. Recibir abundancia. Recibir que algo salió bien. Por eso algunas de nuestras victorias permanecen invisibles. No porque nadie las vea, sino porque nosotros mismos nos negamos a mirarlas.
Con los años he aprendido que reconocer nuestros logros no nos vuelve arrogantes. Nos vuelve honestos. Porque algunas de las victorias más importantes de mi vida jamás han aparecido en un currículum. No generan aplausos. No salen en fotografías. No reciben medallas. Han sido cosas mucho más silenciosas.
Aprender a descansar sin sentir culpa. Poder decir que no. Dejar de intentar convencer a todo el mundo. Aprender a vivir con más suavidad. Perdonarme errores que antes habría cargado durante años. Sentirme en paz con quien soy.
Ser feliz. Porque sí, ser feliz también es una victoria invisible. Y quizá una de las más difíciles.
No hablo de una felicidad permanente. Eso no existe. Hablo de esa tranquilidad que aparece cuando dejas de pelearte con todo. Cuando entiendes que cada persona está haciendo lo mejor que puede con las herramientas que tiene. Cuando dejas de necesitar que los demás cambien para poder estar bien. Cuando descubres que vivir y dejar vivir es una forma de sabiduría.
Y también cuando entiendes algo que me costó años aprender: siempre habrá personas que celebren tus logros y siempre habrá personas a las que les incomoden. Personas que intenten minimizarlos, explicarte por qué no son para tanto o molestarse cuando algo te sale bien.
Durante mucho tiempo pensé que eso tenía que ver conmigo.
Hoy creo que no.
Creo que rara vez habla de ti.
Habla de ellos.
De sus heridas.
De sus vacíos.
De sus carencias.
De las conversaciones que todavía tienen pendientes consigo mismos.
La felicidad ajena suele ser un espejo incómodo para quien todavía no encuentra la propia. Y comprender eso también libera. Porque dejas de cargar historias que no te pertenecen.
Hay una frase que cada vez me parece más cierta:
La gente feliz no jode. No tiene tiempo.
Está demasiado ocupada viviendo, construyendo, disfrutando lo suyo y persiguiendo sus propios sueños como para dedicar energía a destruir los de alguien más. Por eso me ha gustado ver a Curazao. Porque vi gratitud. Vi orgullo. Vi entrega. Vi alegría. Vi agradecimiento. Vi personas que parecían entender que estar ahí ya era parte del triunfo. Y pensé que quizá todos necesitamos aprender a reconocer nuestras propias victorias invisibles.
Porque al final, sospecho que no recordaremos únicamente los trofeos. Recordaremos las veces que fuimos capaces de volver a levantarnos. Las veces que elegimos la paz. Las veces que fuimos felices. Las veces que nos sentimos profundamente vivos.
Más de 35 años despues el marcador de aquel partido en el Bernabéu ya no importa.
No recuerdo quién metió los goles. No recuerdo las alineaciones. No recuerdo prácticamente nada del fútbol, recuerdo la bandera que me compró mi papá y me acompaño por años. Recuerdo haber estado sentada junto a mi papá. Y ahora veo a mi hijo sentado junto a él. Y pienso que algunas victorias son tan grandes que no caben en una copa.
Se convierten en legado.


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