
Y volver a ellos puede cambiarte otra vez.
Esta semana fui a mi reunión de 15 años de haber salido de la maestría.
La reunión fue en el IPADE. En nuestra alma mater. Y honestamente, volver ahí fue mucho más emocional de lo que esperaba. Volver a esos pasillos. A esas piedras. A esas comidas. Al ate con queso o medallón de helado. A esos caminos que tantas veces recorrimos entre casos, desvelos, discusiones y café.
Fue una especie de volver a mí. A una versión mía que, quizá sin darme cuenta, había olvidado un poco cuánto me gustaba. Porque hay lugares que guardan versiones intactas de nosotros. Y el IPADE guarda una versión mía profundamente hambrienta de vida.
Hambrienta de aprender.
De demostrar.
De abrirse espacio.
Recuerdo perfectamente cuánto peleé para entrar al programa. La edad “no me daba”. Era demasiado joven. Y en ese momento sentí que tenía que convencer al mundo entero de que merecía estar ahí. Y honestamente… quizá sigo luchando con eso, solo que desde otra trinchera. Porque la edad sigue apareciendo constantemente en la vida de las mujeres.
A veces eres “demasiado joven”.
Después eres “demasiado grande”.
Y pareciera que el mundo siempre encuentra una manera de hacerte sentir fuera del momento correcto.
Pero esta vez, caminando nuevamente por esos pasillos quince años después, pensé algo distinto: la edad realmente es solo un número. Porque hay personas de 30 completamente agotadas de vivir… y personas de 60 reinventándose otra vez. Y quizá crecer tiene mucho menos que ver con los años… y mucho más con conservar la capacidad de seguir transformándote.
El día empezó como empiezan todas estas reuniones: con abrazos exagerados, risas fuertes, y frases tipo: “¡No has cambiado nada!” (aunque claramente todos cambiamos muchísimo). Y honestamente… menos mal. Porque yo definitivamente no soy la misma persona que era hace quince años.
A veces pienso que en aquel entonces tenía muchas más respuestas que hoy.
Todo parecía más lineal.
Más controlable.
Más ordenado.
Yo era mucho más dura.
Más estrategia.
Más estructura.
Más armadura.
Creía que la vida funcionaba como una suma lógica de decisiones correctas. Que si trabajabas duro, planeabas bien y hacías “lo correcto”, las cosas eventualmente tendrían sentido. Hoy ya no estoy tan segura de eso. Pero he aprendido otras cosas.
He aprendido a navegar lo incómodo.
A doblarme sin romperme por completo.
A reconstruirme más veces de las que imaginé posibles.
He aprendido que los golpes son inevitables. Las pérdidas. Los cambios. Las decepciones. Los duelos silenciosos. Los momentos donde una versión completa de tu vida se derrumba y tienes que aprender a respirar otra vez desde cero.
Eso no lo enseñaban en el salón del IPADE. Pero de alguna forma, lo pude ver 15 años después: llega un momento en la vida en el que sostenerlo todo al mismo tiempo empieza a ser imposible. Y quizá madurar también tenga que ver con eso. Con entender que no podemos ser extraordinarios en todo, todo el tiempo. Que incluso las personas más exitosas se cansan. Se rompen. Se reinventan.
Y quizá esa sea parte de la nostalgia que sentí esa mañana.
Darles la mano a personas que conocieron una versión mía mucho más rígida. Más controladora. Más obsesionada con demostrar. Hoy soy mucho más suave. Mucho más tranquila. Mucho menos estrategia. Y curiosamente, mucho más fuerte.
Porque hoy ya no necesito impresionar a nadie.
No necesito demostrarle nada a nadie.
Hoy puedo decir:
“esto me dolió.”
“esto no está bien.”
“no puedo con todo.”
“necesito descansar.”
“me equivoqué.”
Y hay una fortaleza profundamente distinta en eso. Una fortaleza menos espectacular… pero mucho más real.
Hoy creo que la verdadera resiliencia no consiste en volverte indestructible. Quizá consiste en seguir siendo sensible sin dejar que la vida te destruya. En permitirte cambiar sin convertirte en piedra. Hoy sigo teniendo la misma pasión que tenía hace quince años. Pero vivo todo con mucho menos peso.
Menos carga.
Menos juicio.
Menos plástico.
Más real.
Y mientras escuchaba a mis compañeros hablar, tuve un pensamiento extraño. Éramos alrededor de 120 personas en aquel salón. Personas brillantes. Exitosas. Altamente funcionales. Personas que admiro y que quiero.
Y aun así, en algún momento de la conversación pensé: ¿cuántos de nosotros estarán tomando antidepresivos o ansiolíticos?
No desde el juicio.
Desde la realidad.
Porque la salud mental sigue siendo uno de los grandes secretos corporativos contemporáneos. En México, los trastornos de ansiedad y depresión son actualmente de las condiciones de salud mental más prevalentes. Datos recientes reportan prevalencias cercanas al 20% en adultos mexicanos entre síntomas depresivos y ansiedad significativa.
Es decir: estadísticamente, en un salón de 120 personas, probablemente 30 estaban medicadas, diagnosticadas… o intentando sostenerse como podían. Y sin embargo, nadie lo dice.
Seguimos viviendo en una cultura donde puedes hablar abiertamente de gastritis, migrañas, hipertensión o problemas de espalda… pero admitir que tomas antidepresivos todavía incomoda mesas enteras. Especialmente si eres exitoso. Porque pareciera que el liderazgo moderno exige una fantasía muy específica: ser brillante, estratégico, productivo… y emocionalmente impenetrable. Como si dirigir empresas eliminara automáticamente la fragilidad humana.
Pero la realidad es otra.
Muchas veces las personas más funcionales son también las más agotadas. Y honestamente… creo que estamos profundamente cansados. Cansados de sostener personajes. De convertir el rendimiento en identidad. De actuar como si la hiperproductividad fuera una señal de salud.
Y quizá por eso me conmovió tanto vernos ahí, quince años después. Porque todos, de alguna manera, nos hemos reinventado. Y no hablo únicamente de cambios de trabajo. Hablo de personas que sobrevivieron divorcios. Duelo. Pérdidas económicas. Burnout. Cambios de país. Crisis existenciales. Versiones de sí mismos que ya no existen.
En medio de la conversación mencioné el famoso Estudio de Harvard sobre Desarrollo Adulto, probablemente uno de los estudios longitudinales más importantes sobre felicidad y longevidad humana. Y la conclusión más poderosa —después de décadas siguiendo vidas completas— fue absurdamente simple: las personas con mejores relaciones y mayor conexión social viven más… y viven mejor.
No era dinero.
No era fama.
No era éxito profesional.
Era conexión.
Sentirse acompañado.
Tener vínculos significativos.
Poder llamar a alguien cuando la vida se rompe un poco.
Mientras veía esa mesa llena de adultos exitosos riéndose como estudiantes otra vez, pensé: quizá esta reunión también era medicina.
No metafóricamente.
Biológicamente.
Reír regula el sistema nervioso.
La conexión disminuye cortisol.
La pertenencia amortigua estrés fisiológico.
Sentirse visto modifica incluso marcadores inflamatorios y percepción de dolor.
El cuerpo humano no está diseñado para el aislamiento prolongado. Y sin embargo, vivimos en una época profundamente desconectada. Tenemos más canales de comunicación que nunca… y menos conversaciones reales.
Más contactos.
Menos intimidad.
Más performance.
Menos presencia.
Y quizá por eso estas reuniones nos sacuden tanto. Porque nos recuerdan quiénes fuimos. Nos recuerda quienes eramos cuando todavía nos quedábamos despiertos hablando de sueños absurdos y del futuro como si el cuerpo nunca fuera a cansarse.
Y hay algo profundamente humano en volver a ser vistos por personas que conocieron versiones antiguas de nosotros. Personas que recuerdan quién eras antes de endurecerte un poco. Antes de aprender a funcionar incluso roto. Antes de perfeccionar el arte de decir “todo bien” mientras el sistema nervioso implosiona silenciosamente.
Tal vez por eso salí de esa reunión sintiéndome extrañamente tranquila. No porque la vida esté resuelta. No porque mágicamente desaparezcan la ansiedad, las pérdidas o el cansancio acumulado de existir en este momento histórico. Sino porque recordé algo importante: no somos entes aislados. Nunca lo fuimos.
La biología humana funciona en red.
Los sistemas nerviosos se regulan entre sí.
Las emociones son contagiosas.
La conexión modifica literalmente nuestra fisiología.
Y quizá la verdadera tragedia moderna no sea únicamente el estrés. Quizá sea haber normalizado la desconexión como precio del éxito. Como si crecer inevitablemente implicara alejarnos de los demás.
Cuando tal vez la verdadera evolución consista en otra cosa: aprender a reinventarnos sin desconectarnos completamente de quienes alguna vez nos ayudaron a construirnos.
Y quizá por eso esa reunión importó tanto. Porque durante unas horas dejamos de ser currículums. Y volvimos, simplemente, a ser.
A ser amigos.
A ser compañeros.
A ser humanos.
Y quizá ahí —en medio de tantas vidas reinventándose al mismo tiempo— entendí algo: crecer no siempre significa volverte más duro. A veces significa, simplemente, volver a ti.


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