El ritual de seguir aquí

Hay edades que no llegan a contarse. Llegan a transformarte.

Mayo siempre me pone más reflexiva de lo normal.

Tal vez porque es el mes de mi cumpleaños. Tal vez porque también es el mes del Día de las Madres. Tal vez porque hay algo en mayo que inevitablemente me confronta con el tiempo, con los ciclos, con lo que he dado… y con lo que he dejado de darme.

Mayo tiene energía de inventario emocional. Y yo, honestamente, siempre espero mi cumpleaños con demasiada expectativa. Y siempre termino decepcionándome un poco.

No sé si es porque secretamente espero que la gente nos ame de la manera en la que nosotros amamos. O porque hay una parte infantil —muy viva todavía— que sigue creyendo que los cumpleaños son una especie de declaración de importancia. Como si ese día el mundo dijera: “Qué bueno que existes.”

Recuerdo cuando cumplí 40 años y una de las personas más importantes de mi vida olvidó mi cumpleaños por completo.
No solo no me felicitó… me escribió para pedirme favores. Y recuerdo otro año —glorioso, verdaderamente glorioso— en el que apareció el famoso roperazo emocional. Me regalaron una crema corporal con cortisona (a la cual soy alérgica)… y unos protectores solares caducos. Un zacate y un labial que seguramente no iba dirigido a mi (y chistosamente ese aún lo utilizo). Dirían que lo importante es el detalle. Pero la realidad es que justamente se trata del detalle.

Porque esos regalos no hablaban de mí. Hablaba de la necesidad de esa persona de cumplir, de salir del paso, de sentirse “buena persona” sin haber pensado realmente en mí.

Y eso me hizo pensar en algo incómodo: Muchos regalos no son actos de amor. Son actos de trámite emocional.

Regalar por cumplir.
Llamar por cumplir.
Abrazar por cumplir.
Preguntar “¿cómo estás?” esperando que la respuesta dure menos de treinta segundos.

Y honestamente… qué cansado.

Porque cuando damos algo —lo que sea— debería existir presencia. No importa si es tiempo, una carta, flores del supermercado o una piedra que encontraste en la calle porque “me recordó a ti”. El punto nunca ha sido el precio. El punto es: ¿había alguien realmente pensando en ti cuando lo eligió?

Y creo que por eso a mí me cuesta tan poco notar cuando algo viene desde el alma… y cuando viene desde la culpa, el compromiso o la necesidad de quedar bien.

Yo personalmente me esfuerzo mucho cuando doy algo.

Mi tiempo.
Mi energía.
Mis recursos.
Mi atención.

Y no siempre hablo de cosas materiales.

A veces dar también es escuchar.
Acompañar.
Sostener.
Recordar pequeños detalles.
Saber cómo toma el café alguien.
Saber qué flor le gusta.
Saber cuándo necesita silencio y cuándo necesita compañía.

Pero también he entendido algo importante: Hay personas que no están listas para recibir. Y esa… también es una señal.

Porque recibir no es solo aceptar algo con las manos.
Es poder abrir espacio emocional para lo que otro está intentando entregarte. Y no todos pueden.

Hay personas tan acostumbradas a sobrevivir, a defenderse o a vivir desconectadas de sí mismas… que cualquier gesto genuino les incomoda.

Y entonces lo minimizan.
Lo olvidan.
Lo dejan caducar.
Literalmente.

Y durante mucho tiempo eso me dolió.

Porque uno empieza a preguntarse si está dando demasiado.
Si espera demasiado.
Si el problema es ser intensa.
O detallista.
O emocional.

Pero últimamente he entendido otra cosa: No dar… también es dar.

No insistir también es amor.
No perseguir también es dignidad.
No vaciarte intentando que alguien valore lo que haces… también es autocuidado.

Y quizás crecer tiene menos que ver con rutinas milagrosas de internet… y mucho más con aprender cuándo dejar de vaciarte por los demás.

Este año mi cumpleaños será especial.

Y será especial justamente porque voy a darme algo que durante mucho tiempo esperé recibir de otros: presencia.

No voy a esperar a que alguien organice algo perfecto.
No voy a medir cuánto me quieren según quién se acuerde.

Voy a festejarme yo.

La próxima semana voy a ir a la exposición de orquídeas que llevo meses queriendo ver. Voy a sentarme a desayunar en ese restaurante al que siempre quiero ir pero nunca “tengo tiempo”. Voy a leer en un parque. Voy a caminar sin prisa. Voy a compartirlo con quien me nazca compartirlo, no por compromiso, sino porque la energía de mi cumpleaños es mía… y yo decido qué hacer con ella.

Y mientras pensaba en todo esto, me di cuenta de algo curioso: casi todas las culturas antiguas entendían los cumpleaños como umbrales. No como fiestas. Como ritos de paso.

Los persas, por ejemplo, celebraban los cumpleaños como una afirmación de vida frente al caos. En el Imperio Persa, el día de nacimiento no solo marcaba el paso del tiempo; representaba haber sobrevivido un año más a la incertidumbre humana. Había banquetes, fuego, música y perfumes. El fuego tenía un significado espiritual profundo: purificar, iluminar y proteger el nuevo ciclo.

Los celtas, por su parte, entendían los cambios de edad como aperturas energéticas. Encendían velas porque creían que durante los cambios de ciclo el alma era más vulnerable, más permeable. Los cumpleaños eran pequeños portales. Umbrales entre la persona que habías sido… y la que estabas a punto de convertirte.

Y honestamente, mientras más crezco, más sentido me hace eso. Porque hay edades que sí se sienten distintas.

Los chinos tradicionales celebraban especialmente ciertas edades porque cada ciclo estaba asociado a elementos, sabiduría y destino. Cumplir años no era solamente envejecer; era armonizarte con el tiempo. Había fideos largos como símbolo de longevidad y celebraciones enfocadas no en la apariencia, sino en honrar la permanencia de la vida.

Y en muchas culturas mesoamericanas el tiempo tampoco era lineal. Era circular.

Los mexicas entendían la vida como una danza entre muerte y renacimiento permanente. Cada amanecer era un triunfo espiritual. El sol no estaba garantizado; había que merecerlo, acompañarlo, honrarlo.

Y quizá por eso hay algo profundamente simbólico en la idea de amanecer sobre el agua. Hace algunos años vi el amanecer en Angkor Wat, en Camboya. Y este año quiero recibir mis 43 amaneciendo en las trajineras de Xochimilco. Y me parece hermoso ese puente invisible entre ambos momentos. Agua y sol. Templos antiguos y canales antiguos. Dos culturas distintas entendiendo algo parecido: que amanecer también es un acto espiritual. Que sobrevivir la noche merece ceremonia.

En Chiapas, además, existe una tradición que siempre me ha parecido profundamente simbólica: coronar a la persona un día antes de su cumpleaños. Ponerle flores, música, comida, presencia. Como si el cumpleaños no comenzara con el reloj… sino con el reconocimiento colectivo de que alguien está cruzando un umbral.

Y quizá eso es lo que realmente he estado buscando todos estos años. No regalos. No validación. No fiestas perfectas. Sino presencia. Ser vista. Ser reconocida. Sentir que alguien entiende que cumplir años no es solo sumar tiempo. Es cargar historias. Pérdidas. Versiones de ti que murieron para que otras pudieran existir.

Y quizá por eso cumplir 43 se siente importante. Porque el 43, curiosamente, termina reduciéndose al 7. Y el 7 siempre ha sido el número del buscador. Del que deja de buscar respuestas afuera… para empezar a escucharse hacia adentro. No sé si creo del todo en la numerología. Pero sí creo en los símbolos. Y este año se siente profundamente simbólico.

Quizá porque ya no quiero celebrar desde la expectativa. Quizá porque estoy cansada de esperar que otros me den lo que yo misma no me he permitido recibir. Quizá porque finalmente entendí algo: hay cumpleaños que no vienen a recordarte cuánto te quieren otros. Vienen a recordarte cuánto estás dispuesta a elegirte tú.

Así que este mayo quiero hacer algo distinto. Quiero honrar mis propios rituales. Mis propios umbrales. Quiero sentarme conmigo misma y preguntarme qué merece seguir viviendo en mí… y qué ya puede descansar.

Quiero dejar de romantizar migajas emocionales disfrazadas de detalle. Quiero dejar de hacer espacio para personas que solo saben recibir cuando les conviene.

Y quiero —por primera vez en mucho tiempo— convertirme también en alguien que sabe darse.

Porque quizás crecer no es aprender a sostenerlo todo.

Quizás crecer es entender cuándo finalmente es momento de sostenerte a ti.