¿Qué tipo de bebida eres tu?

Se me antojó una bebida. Pero la realidad… es que ya bebo distinto

Tuve un día pesado.

Eran las 6 pm y ya había vivido como tres días en uno solo.

Había tenido varias sesiones, una reunión importante —de esas que te dejan pensando “ok, esto va bien”—, había pasado a comprar cosas para la clínica y, como si eso no fuera suficiente, estaba en plena hora pico intentando cruzar la ciudad para llegar a otra sesión.

Pensaba en todo. En los pendientes. En lo bien que había salido la reunión. En todo lo que me quedaba por hacer. En las juntas de la semana. En la lista interminable que nunca termina, aunque uno la tache.

Estaba abrumada.

Y entonces pasé por una zona de restaurantes.

No sé si te pasa, pero a mí me gusta mirar mesas ajenas. No por chisme (bueno… un poco sí), sino porque siempre hay algo profundamente humano en observar a otros sin que sepan que están siendo observados.

Y ahí estaban.

Una pareja.

Conversando animadamente. Con esa energía que no se puede fingir. Y como siempre… mi cabeza hizo lo suyo.

Me inventé toda una historia. Era su primera cita. Se estaban conociendo. Había nervio, curiosidad, esa mezcla rara entre querer gustar y no querer parecer demasiado interesado.

Y entonces me fijé en sus bebidas. Siempre empiezo por ahí. Porque las bebidas dicen mucho más de lo que creemos.

Y de pronto, en medio del tráfico, del caos, de mi lista mental de pendientes, apareció la pregunta:

¿Cuánto nos conocemos realmente antes de decidir compartirnos con alguien más?

¿Verdaderamente nos conocemos?

Y ahí… llegó la pregunta del millón.

¿Qué tipo de bebida eres tú?

Si fueras una bebida alcohólica… ¿cuál serías?

Me quedé en silencio. Y luego me contesté.

Yo sería un St. Germain Spritz… o un mezcal 400 conejos, tobalá o espadín doble.

Sí. Dos bebidas.

Porque así soy yo.

Cambiante.

De extremos.

El St. Germain Spritz es fresco, ligero, ligeramente dulce. Medio extravagante. Un poco raro. De esos que no todo el mundo entiende, pero quien lo prueba… generalmente se queda.

Y luego está el mezcal. El mezcal no pide permiso. Es fuerte. Directo. Y como decimos en mi familia: si no sabes manejar el carrito de los mezcales… es muy fácil estrellarte.

Te emborrachas. Te pierdes. Te desordenas.

Pero tiene una bondad. Si sabes manejarlo… si sabes cómo beberlo… no te da problemas a la mañana siguiente.

Así soy yo. Por momentos ligera. Incluso dulce. Y por momentos… arrebatada, necia y guerrera. Pero si sabes manejarme —disciplina no apta para todos— no te voy a dar dolores de cabeza. Te vas a divertir.

Y entonces me hice otra pregunta.

¿Quién soy… con quién?

Porque no soy exactamente la misma en todos los contextos. Ni con todas las personas. Y creo que ahí está lo interesante. Nos encanta pensar que somos “una cosa”. Pero no. Somos muchos matices. Muchas versiones. Muchas bebidas. Y a veces, en el intento de encajar, hacemos algo peligroso: nos diluimos.

Nos volvemos más fáciles de tomar.

Más previsibles.

Más “agradables”.

Menos nosotros.

Y ahí es donde empieza el verdadero problema. Porque hay personas que no quieren conocerte… quieren una versión tuya que sepan beber.

Y uno, sin darse cuenta, empieza a servirse distinto.

Más ligero.

Más simple.

Más fácil.

Hasta que un día ya no sabe a qué sabe. Y entonces no es que no te entiendan… es que nunca te probaron de verdad.

Hay quienes son vino tinto.

Profundos.

Complejos.

De esos que necesitan tiempo… y silencio.

Hay quienes son cerveza.

Ligeros.

Fáciles.

De esos que caen bien en casi cualquier momento.

Hay quienes son gin.

Elegantes.

Botánicos.

Un poco impredecibles.

Y hay quienes… son tequila.

Directos.

Intensos.

Con historia.

Y sí… también están los que son whisky sin hielo. Pero esos… los analizamos otro día.

El punto es este: Pasamos la vida intentando entender a otros… sin detenernos realmente a preguntarnos quién somos nosotros.

No en versión “correcta”. No en versión “presentable”. Sino en versión honesta.

¿Soy alguien fácil de tomar… o alguien que hay que aprender a entender?

¿Soy constante… o cambio dependiendo del momento, del lugar, de la compañía?

¿Soy una sola bebida… o una barra completa?

Y sobre todo: ¿me conozco lo suficiente como para saber qué estoy ofreciendo?

Porque compartirnos con alguien no es solo estar. Es servir. Y no todo el mundo sabe servir lo que es. Ni todo el mundo sabe beber lo que el otro es.

Y eso… también está bien.

Quizá no se trata de encontrar a alguien que “nos aguante”. Sino a alguien que sepa leernos. Que entienda cuándo somos ligeros… y cuándo somos intensos. Que no se asuste cuando cambiamos de copa. Que no quiera convertirnos en algo más fácil de tomar.

Porque al final… no todos están hechos para todos.

Ni todos los paladares están listos para todos los sabores.

Y mientras pensaba todo esto… el semáforo cambió.

La ciudad siguió.

Y yo también.

Con menos respuestas… pero con una verdad un poco más clara: no todos saben beber lo que eres. Y no es tu trabajo diluirte.

¿Y tú?

¿Eres una bebida fácil… o una que pocos saben sostener?