
La semana pasada me escribieron una carta.
Sí, a la vieja usanza: papel y pluma.
Y hay algo en eso que todavía me detiene. Me obliga a bajar el ritmo. A tocar el tiempo con las manos.
Amo esos pequeños momentos de conexión que solo existen cuando alguien decide sentarse a escribir.
Los que me conocen saben que, aunque soy profundamente tecnológica, mi agenda guarda mi vida completa: citas, ideas, pendientes… incluso pensamientos que no quiero olvidar.
Pero las cartas… las cartas tienen algo distinto.
Tienen alma.
Tienen intención.
Tienen luces y sombras, como esas fotografías que me gusta tomar, matices, umbrales.
Cuando vivía en España, uno de mis rituales favoritos era esperar el correo. Abrir el buzón y buscar —entre recibos y sobres impersonales— la letra de mi abuelo.
Mi abuelo me escribía cartas. Y sí, desde entonces he romantizado la tinta: los trazos imperfectos, el ritmo de un pensamiento que no puede editarse con un clic.
Yo también escribo cartas. Muchas.
Algunas las envío, otras no.
A veces pienso que algún día publicaré un libro con todas ellas. Un archivo íntimo de lo que fui pensando mientras atravesaba la vida.
“Las cartas del coronel”, me gusta llamarlo, aunque en realidad no tenga nada que ver con coroneles… o tal vez sí, con esas batallas silenciosas que nadie ve.
En una de esas últimas cartas, alguien me hizo una pregunta que no es nueva, pero sí profundamente humana:
¿Por qué suceden cosas malas?
Me pidió que escribiera algo al respecto aquí, en Flores Plásticas.
Y de ahí nace esta reflexión.
¿Por qué suceden cosas malas?
No es una pregunta intelectual.
Es una pregunta que nace en el cuerpo, en el momento exacto en que algo se rompe.
Cuando la vida —esa que creíamos más o menos predecible— se desacomoda sin pedir permiso.
Cuando alguien se va, cuando llega un diagnóstico, cuando una traición abre una grieta que no sabíamos que podía existir.
Cuando el mundo, de pronto, deja de sentirse seguro.
Y entonces buscamos explicaciones.
Porque necesitamos sentido.
Porque el dolor sin narrativa es más difícil de sostener.
Porque queremos creer —aunque sea un poco— que hay algo que justifica lo que duele.
Nos dijeron muchas cosas:
Que todo pasa por algo.
Que es una prueba.
Que el universo sabe lo que hace.
Que hay un plan perfecto.
Que lo que no te mata te hace más fuerte.
Y aunque algunas de esas frases pueden acompañar, también pueden volverse violentas cuando llegan demasiado pronto, cuando aún no hay espacio para resignificar, cuando el dolor todavía está crudo, vivo, latiendo.
Porque hay algo incómodo que pocas veces se dice en voz alta:
A veces las cosas malas suceden… y no tienen sentido.
No hay una lección inmediata.
No hay un “para qué” claro.
No hay una explicación que cierre la herida.
Y aceptar eso puede ser profundamente desestabilizante.
Porque rompe con la ilusión de control, con la idea de que si hacemos todo “bien”, estaremos a salvo.
Pero la vida no es un sistema de recompensas y castigos.
No es una ecuación donde el comportamiento correcto garantiza resultados favorables.
La vida es, también, azar.
Es biología.
Es historia.
Es decisiones propias y ajenas entrelazándose de formas que no siempre podemos ver ni entender.
Es sistemas que fallan.
Es cuerpos que enferman.
Es vínculos que se rompen.
Es contextos que nos atraviesan.
Y dentro de todo eso… suceden cosas malas.
No porque las merezcamos.
No porque no hayamos sido “suficientemente buenos”.
No porque haya algo defectuoso en nosotros.
Suceden porque somos humanos.
Y ser humano implica estar expuesto a la pérdida, a la incertidumbre, al cambio, a la fragilidad.
Pero aquí hay algo importante:
Que algo no tenga sentido… no significa que no pueda tener significado.
No es lo mismo.
El sentido busca una explicación lógica, ordenada, tranquilizadora.
El significado, en cambio, se construye.
Se teje, se transforma con el tiempo, se vuelve algo que elegimos darle a lo vivido.
No sucede en el momento del impacto.
Sucede después. A veces mucho después.
Sucede cuando podemos mirar hacia atrás sin que el dolor nos desborde por completo.
Cuando empezamos a notar lo que cambió en nosotros, lo que se movió, lo que se abrió —aunque haya sido a través de una herida.
Porque hay algo que también es cierto, aunque no siempre nos guste admitirlo:
Las cosas malas no solo rompen.
También revelan.
Revelan lo que importa.
Revelan lo que sosteníamos sin cuestionar.
Revelan nuestras formas de vincularnos, de defendernos, de huir o de quedarnos.
Revelan nuestras heridas más antiguas, las que ya estaban ahí, pero no habíamos mirado.
Y en ese proceso —que no es lineal, ni rápido, ni cómodo— algo empieza a reorganizarse.
No desde la idea romántica de que “todo pasa por algo”, sino desde una verdad más honesta:
que incluso en medio del caos, tenemos una capacidad profunda de reconstrucción.
No elegimos lo que nos pasa.
Pero, con el tiempo, podemos elegir qué hacemos con eso.
Podemos endurecernos, cerrar, desconfiar, alejarnos de todo lo que implique volver a sentir.
O podemos, poco a poco, aprender a habitar lo que dolió sin que nos defina por completo.
Podemos permitir que el dolor nos vuelva más conscientes, no más cerrados; más compasivos, no más duros; más humanos, no más distantes.
Pero eso no es automático.
No es obligatorio.
Y definitivamente no es inmediato.
Hay procesos que toman años.
Hay heridas que no “cierran”, solo cambian de forma.
Hay preguntas que nunca se responden del todo.
Y está bien.
Tal vez la pregunta no sea solo
“¿por qué suceden cosas malas?”
sino también:
¿qué hacemos cuando suceden?
¿Cómo nos sostenemos cuando la vida se vuelve incierta?
¿Cómo acompañamos a otros sin intentar explicar lo inexplicable?
¿Cómo dejamos de buscar culpables —afuera o adentro— y empezamos a construir algo distinto con lo que hay?
Porque, en el fondo, la vida no nos pide entenderlo todo.
Nos pide algo mucho más complejo: aprender a vivir sin tener todas las respuestas.
A confiar —no en que todo saldrá bien— sino en que podremos atravesarlo.
A sostener la paradoja de que algo puede ser profundamente doloroso y, al mismo tiempo, convertirse en un punto de inflexión.
No porque así tenga que ser, sino porque, a veces, así termina siendo.
Y quizá ahí está una de las formas más honestas de mirar la pregunta:
Las cosas malas no siempre tienen un propósito.
Pero nosotros sí podemos construir uno a partir de ellas.
No para justificar el dolor.
No para romantizar la pérdida.
Sino para no quedarnos únicamente en la ruptura.
Y aun así… yo sigo siendo, profundamente, una optimista.
No desde la ingenuidad, ni desde la negación del dolor, sino desde una elección consciente.
Vivo con la certeza —aunque no siempre la entienda— de que hay algo más grande sosteniendo este entramado imperfecto que llamamos vida.
Un orden que no siempre se revela.
Un sentido que, muchas veces, no alcanza.
Y aun con esos sinsentidos, soy feliz.
Hago lo mejor que puedo con lo que tengo.
Atiendo mis heridas.
Trabajo mis sombras.
Y recuerdo, una y otra vez, que no estamos solos en esto, que estamos todos en el mismo barco.
Y quizás esa —más que cualquier respuesta— es la clave que me permite levantarme cada mañana sin sentir que el mundo me debe algo.
Para recordar que, incluso en los momentos más oscuros, hay algo en nosotros que sigue intentando reorganizarse, seguir, respirar, encontrar.
Y eso —aunque no lo resuelva todo—
también sostiene.


Deja un comentario