
El otro día se cayó mi celular. No fue un gran golpe, apenas un resbalón desde el escritorio al piso. Pero bastó. Se apagó. La pantalla quedó negra, como si le hubieran cerrado los ojos. Durante cuatro horas intenté revivirlo con todas las estrategias que aprendí de la desesperación moderna: botones simultáneos, cargadores diferentes, reinicios forzosos. Nada.
Pasé por todas las etapas del duelo como si lo que estuviera perdiendo no fuera un objeto, sino una parte de mí. Furia, incredulidad, negociación, tristeza, resignación. Y sí, lo admito: dramatismo. Pero, ¿cómo no? El celular se ha vuelto una extensión del cuerpo. Nuestra agenda, nuestra memoria, nuestra voz. La prueba de que existimos.Pero eso es material para otra reflexión…
Cuando por fin volvió a encender, el aparato estaba ardiendo (literalmente) y yo… también. No de calor, sino de frustración. Abrí WhatsApp. 287 mensajes sin leer. Empecé a contestar. A leer con ansiedad. A reaccionar. A gritarle al celular. No había sucedido nada grave, pero sentía que todo me pedía más de lo que yo tenía para dar. Cada mensaje parecía una demanda. Cada solicitud, una gota más.
Y entonces me vi. Enojada. Impaciente. Intolerante. ¿Por qué no podían resolverlo solos? ¿Por qué hacían preguntas cuya respuesta ya habíamos hablado? ¿Por qué decían cosas tan poco empáticas o fuera de lugar?
Me vi. Y me escuché.
Y en vez de seguir cavando, solté la pala.
Recordé al Dr. Antonio Casanueva, mi precepotor en el IPADE. Él sabiamente decía: “Cuando estés atrapado en una avalancha, lo primero que debes hacer es dejar de cavar. Porque no sabes dónde está el cielo ni dónde está el suelo, y puedes terminar enterrándote más”. Aplica para las empresas, pero también para la persona.
Las emociones intensas, la frustración, la rabia, son avalanchas. Y a veces lo más sabio es detenerse. No responder. No escalar. No actuar desde ese vértigo.
Ese día no tenía que ver con los otros. Tenía que ver conmigo. Con mi cansancio acumulado. Con mis límites no puestos. Con mi necesidad de control. Con el hecho de que, aunque todo parecía demasiado, seguía exigiéndome ser funcional, resolutiva, perfecta. Y eso, simplemente, no es sostenible.
¿De dónde viene esa intolerancia que nos desborda? ¿Por qué a veces podemos contenernos, y otras veces nos convertimos en una versión de nosotros que no reconocemos?
La neurociencia nos ofrece algunas pistas. Cuando estamos en estados prolongados de estrés o agotamiento, nuestro sistema nervioso simpático (encargado de la respuesta de lucha o huida) se mantiene hiperactivado. Es decir: vivimos en modo sobrevivencia. En ese estado, el cerebro no prioriza la empatía, la planificación ni la escucha. Prioriza la reacción. La defensa. La economía energética.
Según un estudio publicado en Frontiers in Psychology (Arnsten, 2009), el estrés agudo reduce la función de la corteza prefrontal —la región cerebral responsable del juicio, la regulación emocional y la toma de decisiones conscientes— y potencia las respuestas automáticas del sistema límbico, donde habitan nuestras reacciones más primitivas. Dicho de otro modo: cuando estamos desregulados, no somos la mejor versión de nosotros. Somos apenas sobrevivientes.
Y lo curioso es que, muchas veces, ni siquiera lo notamos. Porque lo hemos normalizado.
La falta de regulación emocional se disfraza de muchas cosas: impaciencia, sarcasmo, rigidez, perfeccionismo, cinismo, exigencia. A veces creemos que estamos poniendo límites, cuando en realidad estamos gritando. Creemos que estamos siendo firmes, cuando en realidad estamos hiriendo. Creemos que los otros nos fallan, pero no nos damos cuenta de cómo fallamos nosotros.
Nos duele que los demás no nos vean, pero, ¿cuándo fue la última vez que vimos genuinamente a alguien sin juicio? Nos desespera que no se responsabilicen, pero, ¿de qué no nos hemos hecho cargo nosotros? Nos agota sentir que todo nos pasa, pero olvidamos que también nosotros les pasamos a los demás.
Eso también somos: lo que provocamos. Lo que omitimos. Lo que desbordamos. Lo que callamos. Lo que decimos mal. Lo que no pudimos sostener.
La vida emocional no es una línea recta. Es un oleaje. Y lo cierto es que todos tenemos momentos en que la marea sube y el oleaje nos arrastra. No somos menos por eso. Pero sí podemos aprender a reconocer cuándo estamos en plena tormenta. Cuándo no es momento de hablar, sino de respirar. Cuándo no es momento de decidir, sino de detenerse. Cuándo lo más sabio que podemos hacer por nosotros y por los demás es soltar la pala.
Por eso es urgente hablar de regulación emocional. No como una moda. No como una aspiración estética. Sino como una práctica de cuidado profundo. De autocuidado y de cuidado colectivo.
Porque si no aprendemos a regularnos, terminamos hiriendo sin querer. Terminamos culpando al mundo de lo que es nuestro. Terminamos cavando cuando lo único que necesitamos es dejar de hacerlo.
A veces pensamos que lo importante es tener la razón. Ganar la discusión. Demostrar que el otro está mal. Pero hay momentos en los que lo más importante es la relación, no el argumento. La conexión, no la corrección.
Y eso no significa callar lo que duele o dejar de poner límites. Significa elegir el momento y el estado interno desde el cual lo hacemos.
Porque no es lo mismo decir: “Esto me dolió” desde la claridad, que desde el caos. No es lo mismo decir: “Necesito esto de ti” desde la presencia, que desde la ira.
Y a veces —muchas veces— la mejor forma de cuidar un vínculo es esperar. No responder en medio de la avalancha. No reaccionar desde el desborde. No actuar mientras el cuerpo está gritando.
Hoy me pregunto: ¿cuántas veces en los últimos días he estado regulada? ¿Y cuántas veces no? ¿Cuántas veces los otros han sentido mi tensión sin que yo diga una palabra? ¿Cuántas veces he sido yo quien detonó el enojo ajeno?
Porque sí. A todos nos pasan cosas. Pero también nosotros pasamos por los demás. Y lo que hacemos —o dejamos de hacer— importa.
Quizá lo más honesto que podemos hacer hoy no es tener respuestas, sino hacernos preguntas mejores: ¿Desde qué lugar estoy actuando? ¿Estoy construyendo o estoy desbordando? ¿Estoy escuchando o solo esperando mi turno para hablar?
Porque no basta con saber que los demás nos afectan. También necesitamos reconocer que nosotros dejamos huella. Que nuestras palabras, nuestros silencios, nuestras fugas y nuestras presencias, transforman el mundo íntimo de quienes nos rodean.
Y ahí, justo ahí, empieza la verdadera responsabilidad emocional: no en ser perfectos, sino en estar despiertos.
Porque en un mundo que corre, grita y exige, elegir la pausa, la mirada suave, el límite claro pero sin violencia… también es una forma de amor. De amor propio. Y de amor hacia los otros.
Algunas veces lo más valiente es soltar la pala. No para resignarnos, sino para dejar de escarbar en lo que ya no nos sostiene. Dejar de hundirnos en la narrativa de que todo lo que sentimos es culpa del otro. Y empezar, por fin, a mirar qué tanto contribuimos nosotros al temblor de los vínculos, al desorden de los días, a las tormentas que juramos nos llueven de fuera, pero a veces nacen dentro.
Soltar la pala no es rendirse. Es un acto de conciencia. De humildad. De amor. Porque hay heridas que no se sanan cavando más profundo, sino dejando de herir.
Y tú, ¿vas a seguir cavando… o es hoy el día que decides soltar la pala?


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