Los rituales que nos sostienen


Hay rituales que no necesitan palabras. Basta mirar el cielo reflejado en el agua para recordar que todo empieza en la calma. Que el camino se aclara cuando aprendemos a detenernos

Cuando escuchamos la palabra “ritual”, muchas veces lo primero que nos viene a la mente es la imagen de algo esotérico o mágico. Pensamos en humo, velas, conjuros. Pensamos en brujería. Y sí… tal vez los rituales, al igual que el autocuidado, tienen algo de brujería. O mejor dicho: de alquimia. Una alquimia cotidiana, silenciosa, íntima. Una alquimia que transforma lo ordinario en algo sagrado.

Este año, en mi cumpleaños, encendí velas, velas que usaré el resto del año. Mi casa parecia catedral, había una vela para cada ocasión venidera. No solo por nostalgia o tradición, sino porque creí —con todo mi cuerpo— que ese fuego podía marcar un nuevo inicio. Mi comadre de cumpleaños, mi abuela preferida, siempre sabia, siempre entera, siempre amorosa, me sugirió hacerlo: “enciéndelas para que la energía de tu nuevo ciclo abra los caminos del año que comienza”(o algo así decidí yo en mi mente que dijo). Y yo, que muchas veces me muevo entre la ciencia y lo intangible, lo hice. Prendí mis velas con devoción. Con fe. Con ternura.

Mis hijos se ríen de mí. Me dicen bruja porque tengo rituales para todo. Y yo me río con ellos, porque sé que todos —de alguna forma u otra— hacemos rituales. Aunque no los llamemos así. Cada acto rítmico de autocuidado hecho con constancia y conciencia es magia. Es medicina. Es resistencia.

Hace algunas semanas, iniciamos un grupo de Wellness en AMMEV. Un espacio para sostenernos como profesionales de la salud. Y cada semana, mientras reflexionamos en comunidad, pienso: este es el grupo que me hubiera gustado tener hace un año. Quizá entonces el rumbo habría sido más claro. Más definido. 2024 fue un año duro. Duro de verdad. Quizá los que estuvieron cerca no lo notaron porque yo, fiel a mis tradiciones y a mi necesidad de control, lo minimicé. Aprendí desde pequeña que si lo minimizo, si le bajo el volumen a mi dolor, entonces hay menos opiniones, menos intromisiones, más margen de maniobra, menos contaminación y más contención. Más ilusión de control…

Pero la realidad es otra: si no permites que los demás te acompañen, tampoco permites que tus emociones encuentren un puerto donde anclar. Y nada bueno florece cuando lo que duele se esconde bajo la alfombra. Pero esa es otra conversación. La de hoy es sobre los pequeños rituales que nos sostienen. Sobre esas prácticas que, sin darnos cuenta, nos salvan todos los días.

Yo los llamo mis “no negociables”. Y con el tiempo —con los años, con los golpes, con las madrugadas en vela y las lágrimas secas— he descubierto que tengo cada vez más de esos. No porque me vuelva terca, sino porque he aprendido el valor de cuidarme. Porque me cansé de vaciarme para llenar a los demás. Porque entendí —a través del cuerpo y de la enfermedad— que no se puede dar lo que no se tiene.

Hoy sé que soy una vasija. Y como tal, necesito llenarme. De calma, de sentido, de emoción, de mí. Y lo hago a través de pequeñas cosas. Anclas de sabiduría, espacios de introspección, chispazos de belleza cotidiana.

Por ejemplo: necesito despertar con calma. Si me levanto tarde o lo primero que escucho son demandas, pendientes, mensajes, mi día empieza atropellado, en otro tono. Para mí, las primeras horas del día son sagradas. Pero me atrevería a ir más allá: la forma en la que terminas el día anterior también lo es. Si no me desconecto antes de dormir, mi sistema nervioso queda en alerta, mi frecuencia cardiaca no baja lo suficiente, no descanso y es imposible que amanezca con energía, con ganas, con paz. El tono del día lo marca la noche anterior. Si no descansas es más probable que tu capacidad para tomar decisiones sanas se vea afectada[1]. La falta de sueño eleva los niveles de grelina (que estimula el hambre) y reduce los de leptina (que avisa de la saciedad), lo que puede llevar a comer más de 300 calorías adicionales al día[2]. Pero más allá de los números, hay algo esencial: el descanso no es solo fisiología, es también refugio.

En nuestro grupo de Wellness, cada quien ha ido encontrando esos pequeños actos que llenan su tanque de energía. Porque si no recargamos, si no tenemos rituales, si no nos acompañamos… el burnout es inevitable.

Eso me ha hecho pensar mucho en el autocuidado. En lo que no estoy dispuesta a ceder. En lo mínimo que necesito para mantenerme entera ante lo que sea que traiga el día.

En consulta suelo hablar de la teoría del terreno. Cuando las emociones desbordan, el cuerpo reacciona. Pero si el terreno está fuerte, el síntoma es apenas un susurro. Si está frágil, se convierte en grito. Uno de mis rituales para fortalecer ese terreno es justamente cuidar mis espacios de paz.

Necesito dormir en calma, a mi hora. Despertar sin prisa. Tener ese momento de silencio donde me reconozco antes de salir al mundo. Y si además puedo hacer ejercicio temprano, mejor. Es mi forma de regresar al cuerpo. De agradecerle.

Mi café es otro ritual. Solo uno al día, y solo si lo puedo disfrutar. Si no hay calma, no hay café. Si no es mi marca, no lo tomo. Porque sé que mi cuerpo me lo agradecerá. Si lo puedo tomar acompañada, con una buena conversación, mejor. Siempre en mi taza. Ese primer café es como una puerta sagrada que me conecta conmigo misma.

Caminatas. Libros. Vino rosado. Una canción. Tres preguntas al inicio del día. Prender velas. Mirar al cielo antes de responder un mensaje y pedir inspiración cuando no me alcanzan las palabras. Todos esos son mis rituales. Mis anclas. Mis recursos secretos.

Porque sí: los rituales nos sostienen. Nos recuerdan que no somos máquinas, que no todo es productividad. Que en medio del caos podemos seguir creando espacios de sentido. Que podemos construir belleza en lo cotidiano.

Y tú, ¿cuáles son tus no negociables? ¿Qué rituales te sostienen cuando todo tiembla? ¿Qué pequeños actos te devuelven a ti mismo?

Tal vez no te des cuenta, pero ya los tienes. Tal vez sea ese momento frente al espejo en silencio. O ese mismo playlist que pones para cocinar. Tal vez sea la forma en la que te atas los zapatos o el mensaje que mandas cada noche a quien amas. Todo eso, si se hace con intención, es ritual. Y el ritual es una forma de orar sin palabras. De agradecer sin decirlo. De sanar, sin anestesia.

Somos alquimistas de nuestra rutina. Y en cada gesto sencillo, si estamos presentes, hay un pedacito de eternidad.

Enciende tu vela. Respira. Bebe tu café. Camina en silencio. Ese es tu conjuro más sagrado. Y sí: aunque no lo llames así, eso también es medicina.

Quizá eso son los rituales: pequeñas brújulas que nos recuerdan quiénes somos cuando el mundo allá afuera se vuelve demasiado ruidoso. Anclas invisibles que le dan sentido al día más caótico. Gestos mínimos —una vela, un café, una caminata— que nos devuelven la certeza de que seguimos aquí, que seguimos vivos, que seguimos eligiéndonos.

No necesitas grandes ceremonias. Basta con un instante de conciencia repetido con intención. Un espacio para ti. Un acto que te pertenezca.

Como dice Clarissa Pinkola Estés:

“Un ritual es un acto simbólico que marca el paso del tiempo, la transición o la transformación. Repetirlo con alma, es lo que lo vuelve sagrado.”

Y tal vez, justo ahí, en lo más cotidiano, es donde comienza la verdadera magia.


[1] Greer, S., Goldstein, A. & Walker, M. The impact of sleep deprivation on food desire in the human brain. Nat Commun 4, 2259 (2013). https://doi.org/10.1038/ncomms3259

[2] Leproult R, Van Cauter E. Role of sleep and sleep loss in hormonal release and metabolism. Endocr Dev. 2010;17:11-21. doi: 10.1159/000262524. Epub 2009 Nov 24. PMID: 19955752; PMCID: PMC3065172