
Hay personas con las que, de una u otra manera, siempre terminas coincidiendo. No importa cuánto tiempo pase. No importa cuántas ciudades, proyectos, relaciones o versiones de ustedes mismos existan de por medio. De alguna forma vuelven a aparecer.
Él es una de esas personas.
Mi compañero de aventuras.
Y no lo ha tenido fácil en los últimos años.
Y eso es un understatement.
La vida le ha puesto enfrente pruebas que habrían quebrado a muchas personas. Sin embargo, hay algo en él que siempre he admirado profundamente. Admiro su entereza, su capacidad de seguir adelante y esa sonrisa perfecta que aparece incluso en momentos en los que yo ya habría declarado la guerra a medio mundo. Admiro, sobre todo, su búsqueda obstinada de la felicidad.
Dicho eso, también tengo que reconocer algo. Todavía conserva una inocencia que yo perdí hace mucho tiempo. Todavía cree en la bondad de las personas más de lo que yo considero prudente. Hace más de una década me dijo que la diferencia entre nosotros era una cuestión de carácter.
En aquel momento me pareció una simplificación.
Hoy no estoy tan segura.
Porque cuando la vida nos golpea, él busca razones para seguir creyendo.
Yo busco estrategias para sobrevivir.
Él conserva la esperanza.
Yo afilo la espada.
Y, de alguna manera extraña, ambos hemos llegado hasta aquí.
Sospecho que por eso nos queremos tanto. Porque somos profundamente distintos. Porque yo lo confronto de maneras que nadie más se atreve. Porque él me recuerda cosas que yo olvidaría si me quedara sola demasiado tiempo con mis propias certezas. Y porque, aunque me desespere con una frecuencia alarmante, lo quiero. Es más, sospecho que lo quiero precisamente por todas esas cosas que nos hacen diferentes.
Hace unos días me estaba contando que su psiquiatra le había pedido que regresara cuando descubriera cómo sacar agua de una piedra.
La frase quedó flotando unos segundos entre nosotros. Supongo que pretendía ser una metáfora. Una forma elegante de hablar de imposibilidades, de esos esfuerzos inútiles que consumen energía y no conducen a ninguna parte. Sin embargo, mientras él terminaba la historia, yo estaba pensando en piedras. En su porosidad. En la humedad. En la posibilidad de que, técnicamente, sí fuera posible sacar agua de una.
—Bueno, depende de la piedra —contesté.
Me miró unos segundos.
Y yo me di cuenta de que probablemente acababa de arruinar una metáfora perfectamente funcional. Sin embargo, desde entonces no he podido dejar de pensar en ella. Porque mientras más vueltas le doy, más me pregunto si el problema no es la piedra. Quizá el problema es nuestra obsesión por decidir demasiado rápido qué cosas son imposibles.
La certeza tiene algo profundamente seductor. Nos gusta saber qué tiene remedio y qué no. Qué puede cambiar y qué está condenado a permanecer igual. Nos gusta sentir que entendemos el paisaje.
El problema es que la vida rara vez comparte nuestra necesidad de conclusiones rápidas.
Quizá por eso aquella frase me hizo tanta gracia. Porque mientras más la pienso, más sospecho que ese psiquiatra terminaría desesperándose conmigo. No porque estuviera equivocada, sino porque soy incapaz- casi de forma patologica- de aceptar un imposible sin antes revisarlo por todos lados.
Mi cerebro tiene la costumbre de buscar grietas.
Si le dices que algo no puede hacerse, inmediatamente empieza a preguntarse bajo qué condiciones sí podría suceder. Si le presentas una metáfora, intentará desmontarla. Si le das una piedra, comenzará a preguntarse qué tipo de piedra es.
No sé si siempre ha sido una virtud. Probablemente también me ha metido en más de un problema. Pero me gusta ser así. Me gusta vivir en un mundo donde la primera respuesta no sea una sentencia, sino una pregunta. Quizá por eso nunca me han interesado demasiado las personas que se dedican a explicar por qué algo no puede hacerse. Prefiero a quienes sienten curiosidad por entender cómo sí podría hacerse. Prefiero a quienes buscan condiciones en lugar de excusas.
Aquella conversación se quedó conmigo. Porque me hizo pensar en cuántas veces hacemos exactamente lo mismo con las personas. Observamos una conducta, una historia, una herida o un diagnóstico y creemos que ya entendimos todo. Miramos una superficie endurecida y asumimos que no hay nada más debajo. Decidimos quién es alguien. Decidimos qué puede hacer. Decidimos qué tan lejos llegará.
Y entonces cerramos el expediente.
Pero la experiencia me ha enseñado que las cosas rara vez son tan simples.
No estoy diciendo que todo sea posible. Sería una mentira. Existen piedras que no contienen agua. Existen procesos que terminan. Existen límites reales.
Sin embargo, también he aprendido que muchas veces confundimos una fotografía con una sentencia. Vemos un momento de la historia y creemos estar viendo el final. Vemos una dificultad y asumimos que será permanente. Vemos una piedra y decidimos que no contiene nada más.
He visto personas reconstruirse después de pérdidas que parecían definitivas. He visto cuerpos recuperar funciones que parecían perdidas. Y también lo he visto en mí misma.
Hace apenas dos años me realizaron una mastectomía. Como ocurre con muchas cosas en la vida, había una parte de mí que asumía que ciertos cambios serían permanentes, que algunas pérdidas, aunque necesarias, dejan huellas imposibles de revertir.
Y sí.
Fue una tragedia.
Sí lloré frente al espejo.
Sí sentí que una parte de mi feminidad desaparecía.
Pero también hubo algo más.
Con el tiempo dejé de esperar que las cosas fueran distintas.
Porque esperar duele.
La esperanza, cuando parece no tener fundamento, también duele.
Y hay momentos en los que uno hace las paces con la pérdida no porque haya dejado de importarle, sino porque necesita seguir adelante.
Quizá por eso me sorprendió tanto el día que me detuve frente al espejo y me di cuenta de que algo había cambiado. No estaba buscando nada. De hecho, llevaba meses sin prestar demasiada atención. No ocurrió de golpe. No hubo un momento dramático. Sólo la extraña sensación de descubrir que mi cuerpo había seguido escribiendo una historia que yo ya había dado por terminada.
Mi cuerpo, silenciosamente, había seguido trabajando.
Sin implantes y sin una reconstrucción convencional, comenzó a recuperar volumen de forma gradual. No por completo, al menos no todavía. Pero hoy la diferencia es tan sutil que muchas personas ni siquiera la perciben.
No cuento esto porque crea que todo puede regenerarse. Lo cuento porque me recordó algo que aquella conversación sobre las piedras también parece señalar: Muchas veces confundimos lo improbable con lo imposible.
Y no son la misma cosa.
No sé si siempre se puede sacar agua de una piedra. Lo que sí sé es que muchas veces declaramos demasiado pronto que no la hay. Después seguimos caminando, convencidos de haber entendido el paisaje. Mientras tanto, la piedra permanece ahí.
Bajo el sol.
Silenciosa.
Aparentemente seca.
Guardando secretos que sólo se revelan a quienes tienen la paciencia suficiente para quedarse un poco más.
Tal vez por eso sigo teniendo la mala costumbre de buscar grietas.
Porque algunas de las cosas más hermosas que he encontrado en la vida estaban escondidas exactamente donde todos los demás habían dejado de buscar.
Y porque, hasta ahora, cada vez que la vida me ha dicho que algo era imposible, he sentido la necesidad casi infantil de acercarme un poco más y preguntarle:
¿Estás segura?


Deja un comentario