
Hoy fue eclipse. Y no vengo con una reflexión inspiradora, más bien una patada en lugares sensibles.
No sé si el eclipse era de sol, de luna o de paciencia, pero algo definitivamente se oscureció.
A las 7:00 a.m. estaba entrando al súper. Plan perfecto: organizar, regresar a casa antes de las 8, café caliente, lista de pendientes tachada con disciplina suiza. Me gusta empezar el día sintiendo que lo domino. Ilusión adorable.
Primera señal: las terminales no servían. “Solo efectivo”. Pagué. Sonreí. Red flag número uno, ignorada con optimismo espiritual.
7:43. Ya iba tarde, pero todavía dentro del margen que permite seguir creyendo que una es eficiente. La máquina para validar el ticket no funcionaba. El señor que me ayudó con las bolsas, amable, fue a solucionarlo. Yo apagué el coche, puse intermitentes, respiré profundo.
Giré la llave.
Nada.
Batería muerta.
Dicen que mujer precavida vale por dos. Yo valgo por tres. Saqué mi batería externa —sí, me ha pasado antes— y le pasé corriente. Nada. Intenté otra vez. Nada. Tercer intento. Nada.
En ese momento uno todavía cree que es una anécdota.
Llamé a un taxi. Quince minutos después, coche encendido. “Compenso el tiempo”, pensé. La mente siempre intenta negociar con el caos.
Y entonces, pum.
Camellón.
Llanta no solo ponchada: agujerada. De esas heridas limpias, precisas, como si el asfalto hubiera decidido clavarme una lección con exactitud quirúrgica. Bienvenidos a la Ciudad de México, donde los baches son portales interdimensionales y si te descuidas apareces en Hawái.
Ok. Esto ya no es anécdota. Esto es narrativa.
No podía cambiar, no tenia llanta de refacción porque la semana pasada ponche una llanta y ya estaba en uso. Nuevo taxi. Llamé a la vulcanizadora. “Hasta las 12:30”. Perfecto, solo cuatro horas después. Tendría que cancelar el día, y mi ilusión de organización comenzaba a desmoronarse.
Llegué a casa. Tuve un pequeño meltdown. Nada dramático. Solo ese instante en el que te sientas en el piso y piensas: ¿De verdad? ¿Hoy? ¿Todo junto?
Convencida de que lo mejor era comprar llantas nuevas, salí caminando a buscar una vulcanizadora que pudiera atenderme ya. Dos punto cinco kilómetros. Cuatro vulcanizadoras. Ninguna tenía mi medida. Finalmente, una.
Solución simple: compro llanta, regreso, montan en el rin. La de refacción puede esperar. La vida es manejo de daños.
Tres horas después, llanta cambiada. No sin contratiempos. Mi ayuda era un hombre que sospecho había cambiado menos llantas que yo. Terminé quitándolo para levantar el coche con el gato. En un descuido, se le salió la llanta y casi se le cae el coche. Un reto tras otro.
Pero lo logré.
Pequeña victoria. Sensación tibia de competencia. De poder.
Me subo al coche.
No enciende.
Otra vez la batería.
Y ahí sí.
Mi sistema nervioso dijo basta.
Me senté a llorar.
No por la batería. No por las llantas. No por el dinero. Lloré por el peso acumulado de lo invisible. Porque para entonces mi celular explotaba de mensajes. Todos necesitaban algo. Todos urgentes. Todos importantes.
Y yo ahí, con las manos negras de grasa, el rimel corrido y la sensación de que el universo me estaba dando dos patadas en lugares muy sensibles.
Pero lo solucioné.
Arranqué el coche.
Seguí.
What are the odds?, me preguntaba. Como si la estadística pudiera consolar la fatiga.
Dos horas más tarde, descubrí que con las prisas no me habían regresado mi birlo de seguridad. Recorrí todo el trayecto. Nada. Desaparecido. Para no hacer el cuento largo: fui a comprar la segunda llanta y a romper las tuercas de seguiridad. Solo para descubrir que aunque ya habian roto los birlos no tenían el juego completo del tamaño necesario.
Daño hecho.
Son las 9:00 p.m. Tengo una tuerca menos en cada llanta y mañana tengo que volver a terminar el trabajo.
El saldo del día:
Dos veces sin batería.
Dos llantas inservibles.
Un juego nuevo de birlos.
Una cantidad indecente de taxis.
Nada grave.
Y, sin embargo, todo dolía.
Porque no se trata de la llanta.
Se trata de esos días en los que la vida decide examinar tu capacidad de regulación emocional en modo experto.
Días en los que todo se acumula con precisión matemática.
Días en los que lo único que quieres es que el universo te suelte del cuello y te diga: “Ya, suficiente”.
Todos hemos tenido días así.
Eclipses internos.
Momentos en los que la oscuridad no es tragedia, pero sí desgaste. No es catástrofe, pero sí saturación.
Y ahí es donde entendí algo.
No me dolían las llantas. Me dolía el cansancio de sostenerlo todo. La expectativa constante de eficiencia. El mandato silencioso de que “puedes con todo”. El perfeccionismo disfrazado de organización.
A veces no necesitamos que la vida sea más fácil.
Necesitamos darnos permiso para no ser indestructibles.
Hoy lloré. Y no se cayó el mundo.
Hoy todo salió mal. Y sigo aquí.
Hoy tuve un día torcido. Y eso no dice nada sobre mi valor, mi fuerza ni mi destino.
Tal vez el eclipse no vino a oscurecer.
Tal vez vino a mostrar.
Que incluso cuando pierdes dos llantas, un birlo de seguridad y la paciencia, sigues sabiendo levantar el coche. Sigues sabiendo resolver. Sigues sabiendo arrancar.
Y si mañana hay que regresar a completar el trabajo, regresaré.
Pero hoy —solo hoy— me permito admitir que dos llantas sí son una patada en lugares muy sensibles.
Y que está bien sentarse a llorar antes de volver a encender el motor.


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