Éramos muchos y parió la abuela


Reescribir la historia no es borrar el pasado, es desactivar el disparo bioquímico que nos encadena a él.

Hay días en que la vida parece una ironía sin coreografía: apenas logras poner en pie una cosa, y se derrumba otra. Apenas encuentras aire, y llega la siguiente ola. Y no es una gran tragedia. No. Es la sumatoria de lo cotidiano, las pequeñas desilusiones, los pendientes que se acumulan, los emails sin responder, los pagos sin hacer, los exámenes que no llegan, los silencios que pesan. Y de pronto: ¡pum! El niño se enferma. Se inunda la cocina. Se rompe la lavadora. El cuerpo se inflama. Y para coronarlo todo, “parió la abuela”.

Es en esos momentos cuando uno quisiera un botón de pausa. O al menos un guion mejor escrito. Pero la vida no respeta el timing de las películas: ocurre como ocurre. Y muchas veces, todo al mismo tiempo.

A esto le llamamos tormentas perfectas. Coincidencias, dirán algunos. Azar, dirán otros. Pero hay quienes sabemos que no todo es casual. Que la vida tiene un modo peculiar de mostrarnos nuestros bordes cuando menos lo esperamos.

Joe Dispenza, en sus estudios sobre neurociencia y cambio de patrones mentales, lo explica con claridad: nuestros pensamientos generan emociones. Y esas emociones, si se repiten lo suficiente, se convierten en un estado del ser. Así, la ansiedad ya no es algo que sentimos por algo puntual: es una emoción que se ha vuelto parte de la identidad. Ya no es que tengas miedo: es que te has vuelto alguien que teme. Y lo mismo sucede con la tristeza, con la culpa, con la rabia. Son programas neurológicos automatizados que el cuerpo repite incluso en ausencia del estímulo original.

Desde la neurobiología, sabemos que cada pensamiento activa una cascada bioquímica. La amígdala cerebral interpreta amenazas y dispara señales al hipotálamo, que a su vez activa el eje HHA (hipotálamo-hipófisis-adrenal). El cortisol se eleva. La frecuencia cardíaca aumenta. Las pupilas se dilatan. Los músculos se tensan. El cuerpo entero se prepara para pelear o huir. Y si ese estado se prolonga, los marcadores inflamatorios también se elevan: interleucinas, TNF-alfa, proteínas C-reactivas. Es decir, el pensamiento genera una emoción, y la emoción produce una reacción corporal concreta, medible, fisiológica.

Pero lo más desconcertante es esto: si repetimos esa emoción, el cuerpo se acostumbra. Se vuelve adicto a su propia química. Como una droga silenciosa, empezamos a necesitar esos niveles de cortisol, de dopamina, de noradrenalina para sentirnos “normales”. No porque sea sano, sino porque es familiar.

Y así, cuando por fin llega la calma, no sabemos qué hacer con ella.

El trauma, en este sentido, no es solo lo que pasó. Es lo que quedó impreso. Es esa música de fondo que sigue sonando aunque la escena ya haya terminado. El cuerpo no olvida. Lo que alguna vez dolió profundamente, deja huella. Y sin darnos cuenta, nos volvemos hábiles para anticipar el desastre. Incluso lo llamamos. Lo provocamos. Porque, como diría García Márquez, en Macondo bastó que alguien dijera “en ese pueblo va a suceder una desgracia”… para que sucediera.

Las profecías autocumplidas no son sólo una construcción literaria: son patrones mentales que, cuando se repiten, se materializan. Si crees que todo saldrá mal, tu cerebro buscará evidencia para confirmarlo. El sesgo de negatividad está tan bien documentado como el efecto placebo: la expectativa moldea la experiencia.

Pero si eso es cierto para el dolor, también puede serlo para el gozo.

Así como el cuerpo se acostumbra a vivir en modo supervivencia, también puede aprender a habitar el amor, la gratitud, la expansión. La neuroplasticidad es esa capacidad maravillosa del cerebro de reorganizarse, de generar nuevas conexiones, de reescribirse a sí mismo. No es instantáneo. No es fácil. Pero es posible.

Y cuando eso ocurre, ocurre el milagro: dejamos de ser quienes éramos.

Cambiar las emociones que nos define es cambiar la historia que nos contamos. Y al cambiar esa historia, se reprograman también las creencias. Y la memoria celular. Y el sistema inmune. Y el campo electromagnético del corazón. Porque todo está conectado. Porque no hay pensamiento que no tenga eco en el cuerpo, ni emoción que no deje huella en la salud.

Yo tengo un amigo al que quiero con locura. Él dice, sin titubear, que su deporte favorito es ser feliz. Y lo dice en serio. Es mi porrista más entusiasta, no siempre esta, pero al mismo tiempo yo sé que cuando lo necesite siempre aparecerá, aunque no lo invoque. Lo llamo Boss. The Boss of Happiness – Aunque esa no es la razón por la que lo llamo así-. No porque sea un optimista sin fisuras, sino porque eligió vivir desde ese lugar. Porque en medio del caos, recuerda siempre volver al centro. Y me recuerda a mí. Y a veces, con eso basta. A veces, la mayor rebeldía es no sumarse al drama. No perpetuar la narrativa heredada. No repetir el patrón. No ceder al impulso de volver a donde dolía solo porque es lo conocido.

No se trata de negar la realidad, ni de edulcorar el sufrimiento. Se trata de elegir de nuevo. De observar lo que ya no resuena. De permitirnos el trabajo incómodo de desmontar una emoción repetida hasta el cansancio, para descubrir qué hay debajo. Qué hay detrás de esa culpa que no nos suelta, de ese enojo que no se apaga, de esa tristeza que llevamos como bufanda.

Y una vez descubierto, liberar. Respirar. Reescribir.Y si es necesario, hacer magia con amigos.

La transformación real no ocurre por decreto. Ocurre cuando decidimos dejar de identificarnos con el dolor. Cuando dejamos de necesitar que algo duela para sentir que somos. Cuando ya no se trata de sobrevivir, sino de crear. De vivir en tiempo presente. De permitirnos lo inédito.

Y sí, a veces justo cuando parece que no cabe nada más… algo más sucede. Pero también en esos momentos puede abrirse un umbral. Una grieta en el guion. Un espacio en blanco.

Y tú, ¿qué historia vas a escribir en ese espacio? ¿Que historia te contarás en 2026?

Porque si tienes el valor de cambiar la emoción que disparaba tu trauma, si dejas de darle cuerda al marcador bioquímico que te condiciona, el cuerpo te seguirá. El alma te seguirá. La vida también.

No será rápido. Ni sencillo. Pero valdrá la pena.


  • Dispenza J. Breaking the Habit of Being Yourself: How to Lose Your Mind and Create a New One. Hay House, 2012.
  • McEwen BS. Protective and damaging effects of stress mediators. N Engl J Med. 1998;338(3):171–9.
  • Davidson RJ, McEwen BS. Social influences on neuroplasticity: stress and interventions to promote well-being. Nat Neurosci. 2012;15(5):689–95.