¿Qué ves, perra?

Desde aquí arriba todo parece más pequeño. Incluso las batallas.
La luz entra por la ventana y lo ilumina todo: la tierra, el ala, el alma.

No había tomado café. Eran las cinco de la mañana y mi cuerpo arrastraba la cobija del cansancio como un niño que no quiere dejar el sueño. Mis pies, apenas comprometidos con la vigilia, avanzaban en automático rumbo a la sala de abordar. Demasiados vuelos en poco tiempo, demasiado estrés oxidativo en mi cuerpo. Mi mente flotaba en esa niebla que a veces nos acompaña en los aeropuertos: ¿estoy despierta o sigo soñando? ¿Esto ya empezó o sigue siendo antes?

Y en medio de esa bruma—física, mental, existencial—la vi. Tacones rosa Barbie de 20 centímetros, falda diminuta, extensiones, lentes oscuros. Impecable. Inquebrantable. Una visión de madrugada en un aeropuerto que apenas abre los ojos. Yo, en cambio, en pants, sin lentes de contacto, sin alma casi. Un borrador de mujer.

La vi y, y al admirarla, me comparé. Mi mente aún somnolienta no halló mejor tarea que reprocharme no ser suficiente a las cinco de la mañana. No verme así. No estar así. No poder. Qué fácil, qué rápido, la violencia puede ser hacia una misma.

Pasó a mi lado y dijo algo. Mi cerebro, aún en arranque lento, tardó unos segundos en procesarlo.

—¿Qué ves, perra?

Me reí. No lo pude evitar. Me hubiera gustado responder:

—Nada, perra, no veo un carajo. Tengo dioptrías.

Porque era cierto. No veo ni a tres en un burro, menos con la retina empañada de madrugada.

Pero ahí quedó. No respondí nada. Y entonces comprendí. Tal vez era una mujer trans. Tal vez no. Pero no importaba. Lo importante fue ver cómo el discurso de odio precede al encuentro. Tal vez está acostumbrada a la mirada que juzga. Al dedo que señala. A la violencia que nace de los otros. Tal vez asumió que yo también venía con una daga entre los ojos. Y no. Solo traía sueño.

Yo pensaba en ella como meta estética. Ella pensaba en mí como amenaza moral. Cada quien proyecta lo que lleva dentro. Nadie reacciona al otro, reaccionamos a lo que creemos que el otro significa. A lo que despierta en nosotros.

Y es entonces cuando el mundo se vuelve una selva de espejos. Donde las heridas se saludan antes que las personas. Cada cabeza es un mundo, y cada mundo tiene su guerra.

Y sin embargo… conexión. Esa palabra vuelve y vuelve. La única medicina para esa guerra interior que anda suelta en las calles, en los aeropuertos, en los ojos entrecerrados de la madrugada. Conexión.

En el avión, al llegar a los 10,000 pies de altura, todo abajo se ve pequeñito. Las casas, los autos, las preocupaciones. Uno sube y todo se acomoda. No porque haya cambiado el mundo, sino porque cambia la perspectiva. Desde arriba entendemos que la mayoría de las cosas no son tan graves. Ni tan eternas. Ni tan nuestras.

Y yo, que he cruzado vuelos de 18 horas sin escala —tanto literales como metafóricos—, sé que hay turbulencias que se sienten más fuertes a ras de piso. Ahí, donde las emociones no tienen cinturón de seguridad. Donde no hay máscara de oxígeno ni protocolo de emergencia. Solo la piel viva y el alma abierta, atravesando lo que no se puede evitar.

Es como si al tomar distancia, algo dentro de nosotros se organizara también. Como si el alma, desde esa altura simbólica, pudiera mirar con más suavidad lo que en tierra firme nos desespera. A veces, lo único que necesitamos no es que las cosas cambien, sino cambiar los lentes con los que las estamos viendo.

Porque cada uno de nosotros vive inmerso en su propia narrativa, con sus propios filtros, sus heridas, sus creencias. Y muchas veces no vemos la realidad: vemos lo que creemos de la realidad. Lo que esperamos. Lo que tememos. Lo que aprendimos a ver. Y así vamos por la vida, tropezando con proyecciones, juzgando sin darnos cuenta, reaccionando a lo que ni siquiera está frente a nosotros, sino dentro.

Y lo olvidamos: también nosotros somos parte del paisaje de otros. También nuestra presencia, nuestra voz, nuestra mirada, puede ser refugio o trinchera. También nosotros dejamos huella —a veces sin querer— en la memoria emocional de quienes se cruzan en nuestro camino. Porque el impacto no siempre se mide en palabras. A veces basta una mirada, un gesto, un silencio para transformar el día —o la vida— de alguien más.

Entonces, ¿qué lentes estás usando hoy? ¿Desde qué altura estás mirando a los demás? ¿Desde qué narrativa te estás contando el mundo?

Cambiar de perspectiva es, a veces, el primer acto de compasión. Y quizás también, el más urgente.

Anoche cené con mis primas. Entre risas ácidas y confesiones inesperadas, como siempre. Hablamos de espiritualidad, de linajes, de Joe Dispenza y de las cagadas, literales y figuradas, que nos forjan. Y recordé algo que había olvidado en medio de estos días largos y densos:

El amor es la frecuencia más importante.

Y cuando uno sintoniza con esa frecuencia, no hay lugar para el odio, ni para el resentimiento, ni para las guerras innecesarias. Ni internas ni externas. Porque todos llevamos una guerra dentro. Algunos la proyectan. Otros la sanan. Y otros simplemente… acompañan.

En ese sintonizar con el amor, hay ciencia también. La investigación del Institute of HeartMath ha demostrado que cuando una persona genera emociones como gratitud, compasión o amor, el corazón entra en un estado de coherencia fisiológica. En este estado, el ritmo cardíaco se vuelve armónico, las ondas cerebrales se sincronizan, y todo el sistema nervioso se regula. Esta coherencia cardíaca no solo se siente como paz interior, también se mide: mejora la función inmune, reduce los niveles de cortisol y permite tomar decisiones desde un lugar de mayor claridad y presencia¹.

Y tú, ¿a qué guerra le vas a decir basta hoy?

Porque si no cambias el lente, terminarás viéndolo todo a través del miedo.

Y el miedo, cuando manda, cierra el corazón y nubla el alma.

Pero si eliges otra frecuencia —la del amor, la de la presencia, la de la compasión— entonces todo cambia. Lo que antes parecía amenaza se vuelve espejo. Lo que dolía, se transforma en maestro. Y lo que parecía ajeno, se vuelve humano.

Porque al final, el amor no necesita ganar. Solo necesita espacio para respirarse.

¹ Institute of HeartMath Research Center. Science of the Heart: Volume 2. Exploring the Role of the Heart in Human Performance. Boulder Creek, CA: HeartMath; 2016.