
Este Día de Muertos, lo que honro… es lo que ya no cargo
El altar está puesto. Hay pan, hay sal, hay cempasúchil. Hay fotos en blanco y negro con ojos que aún saben mirarte desde otra vida. Hay copal ardiendo lento, como si tuviera prisa de volver al cielo.
Es Día de Muertos, y algo se mueve en el alma. Una nostalgia suave, como una cuerda que vibra dentro del pecho. Recordamos a los que ya no están. Pero también, sin decirlo, sentimos lo que se nos ha muerto por dentro sin darnos cuenta. Porque la muerte no siempre se anuncia con flores ni con llanto. A veces muere una mirada. Un abrazo que ya no damos. Una risa que se nos extravió entre las cuentas del día. Una versión de ti que ya no encaja en este cuerpo. Y también está bien.
Vivimos apurados. Tan enfocados en las metas, que olvidamos los milagros minúsculos: El café que te espera. La mano que se posa en tu hombro sin pedir permiso. Esa canción que suena justo cuando la necesitabas. Los hilos invisibles que te sostienen cuando tú creías estar sola.
No es cliché decir que los pequeños actos hacen la vida. Es bioquímica. La medicina de estilo de vida ha demostrado que las conexiones interpersonales profundas, el afecto cotidiano, los vínculos que nos sostienen, son pilares esenciales para la salud integral.
De hecho, uno de los estudios más longevos del mundo, el Harvard Study of Adult Development, concluye que “la calidad de nuestras relaciones predice nuestra salud física más que cualquier otro factor de estilo de vida.” Y aún así, nos seguimos peleando por cosas pequeñas. Nos guardamos palabras. Nos tragamos los abrazos. Postergamos el amor.
No hace falta que alguien muera para aprender a vivir. Pero a veces… ayuda. Porque solo entonces valoramos los silencios compartidos, los panes partidos, los mensajes respondidos sin emojis, las cartas no enviadas, las carcajadas a destiempo.
Este Día de Muertos quiero invitarte a algo distinto. No solo a recordar a quienes ya no están.
Sino a preguntarte: ¿qué necesita morir dentro de ti?
¿Qué narrativa estás repitiendo que ya no vibra contigo? ¿Qué lealtades estás sosteniendo que ya no te pertenecen? ¿Qué partes de ti necesitan rendirse para que otra versión pueda nacer?
Hay muertes simbólicas que sanan más que mil terapias. Matar la idea de que tienes que poder con todo. Matar la culpa heredada. Matar el personaje que se ríe para encajar. Matar la creencia de que si sueltas, pierdes. Yo decidí matar la creencia de que si digo cuando me siento incomoda voy a ser incomoda. No tengo por que callar algo que no me gusta sólo por complacer, los limitos son incomodos, pero tambien muy necesarios, y generalmente quien se incomoda con ellos es quien no puede respetarlos.
Y en ese entierro simbólico no hay tristeza, hay liberación. Porque por cada parte tuya que muere, nace otra más ligera. Más honesta. Más viva.
Hay algo curioso en el cuerpo humano: el agradecimiento cambia tu química. Literalmente.
Cuando expresas aprecio —incluso por cosas pequeñas como un olor, una textura, una sonrisa—, tu cerebro activa áreas relacionadas con la dopamina, la serotonina y la oxitocina. Tu sistema nervioso se regula. Tu percepción del estrés cambia. Tus defensas inmunológicas se fortalecen.
Un estudio publicado en Frontiers in Psychology (Emmons & Stern, 2013) concluye que “los actos regulares de gratitud generan cambios neurobiológicos duraderos asociados a mayor resiliencia y menor inflamación crónica.”
¿Te das cuenta?
Una palabra dicha a tiempo puede ser medicina. Un abrazo dado con el cuerpo completo puede ser antídoto. Una mirada sostenida puede cambiar la estructura misma de tu cerebro. No necesitas grandes gestos para transformar tu salud. Necesitas presencia. Y presencia es lo que florece cuando honras lo efímero. Cuando reconoces que cada momento, por pequeño que parezca, puede ser el último… o el más bello.
Hoy quiero que construyas un altar distinto. No de papel picado ni de velas. Sino un altar dentro de ti. Uno donde pongas las versiones tuyas que ya cumplieron su ciclo. Donde entierres la necesidad de control. La rigidez. La sobreexigencia. Los “tengo que”. Los “debería”. Y sobre todo, los “no soy suficiente”. Déjalos morir. Hazles duelo si hace falta. Préndeles una vela. Agradéceles por lo que te enseñaron. Y luego… déjalos ir.
Yo tengo una relación extraña con la muerte. No me asusta, pero nos tenemos respeto. Para mí, la muerte no es un final: es una continuación de la vida, un cambio de forma, una expansión. Y sí, he perdido en el camino a muchas personas que amo. Algunas partidas las he comprendido con el tiempo. Otras siguen siendo un misterio que me toca suave y profundo, como una nota que nunca termina de resolverse. Pero todas, sin excepción, me han tocado profundamente. Me recuerdan —sin necesidad de palabras— que aquí estamos de paso. Que todo es pasajero, lo bueno, lo malo, lo perfecto, lo roto. Y que el tiempo… el tiempo es lo más preciado que tenemos. Por eso ya no me permito desperdiciar ni un segundo en enredos que no importan, ni en batallas que no son mías Ni en cargas heredadas. Ni en dramas ajenos.
Yo elijo ser feliz todos los días. Con todo lo que la vida me sirva. Con lo dulce y con lo amargo. Porque al final, eso es lo único que nos llevamos: las carcajadas, los abrazos, las experiencias vividas con el alma abierta. No me interesa coleccionar cosas. Me interesa coleccionar instantes. Y desde ahí, honrar a la muerte… viviendo.
Porque cada muerte nos ofrece un renacer. Y no siempre es hacia afuera. A veces el renacimiento es hacia adentro. Volver a ti. Recordar tu centro. Rehabitar tu cuerpo. Recontar tu historia. Resignificar tu dolor.
En medicina de estilo de vida hablamos de salud como un equilibrio dinámico. Y no hay equilibrio posible si llevas dentro de ti partes que ya no viven, que solo pesan. Soltar no es perder. Soltar es hacer espacio para respirar.
Este Día de Muertos encenderé una vela. Por mis muertos, sí. Pero también por las partes de mí que he soltado. Por lo que ya no quiero repetir. Por las heridas que ya no quiero seguir tocando. Por las palabras que sí voy a decir. Por los abrazos que no voy a retener. Por las vidas que voy a honrar, viviendo la mía con intención.
Y te invito a lo mismo.
Haz tu altar. No solo con flores y pan. Hazlo con decisiones. Con límites claros. Con conversaciones verdaderas. Con actos diminutos que sostienen el alma.
Porque a veces el mejor homenaje es vivir. Vivir sin prisa, sin rabia, sin ruido. Vivir con los ojos abiertos y el corazón disponible. Vivir sabiendo que cada día es prestado. Y cada vínculo, un regalo.
Haz espacio.
Haz duelo.
Haz altar.
Y después…
Vive.

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