
Cada jugada es también una confesión: lo que defendemos, lo que sacrificamos, lo que callamos. En este tablero de sombras y estrategias, el caballo avanza en diagonales invisibles hacia la verdad oculta
Hay una escena en la novela La tabla de Flandes de Arturo Pérez-Reverte en la que el lector comprende que el verdadero enigma no es el crimen, sino el pensamiento. Que lo que importa no es quién movió qué pieza, sino cómo se pensó la jugada. Esa partida de ajedrez pintada en óleo, oculta bajo barnices y siglos, contiene un crimen. Pero más que eso, contiene una estructura mental. Un método. Un orden.
Pensé en esa novela cuando recordé la otra tabla de Flandes: esa herramienta pedagógica que nos enseñaron en la escuela para observar, clasificar, comparar y analizar información. Suena simple, pero es revolucionario. Porque en tiempos donde todos opinan sobre todo, casi nadie observa. Casi nadie clasifica. Mucho menos compara. Y casi nadie piensa antes de publicar.
Esta tabla —la de doble entrada, la de los criterios y los elementos— no es sólo una herramienta escolar. Es una metáfora de lo que deberíamos hacer antes de tomar partido: pausar. Preguntar. Poner los datos en orden. Ver si tenemos los datos.
Vivimos una época de vértigo. Las redes sociales son fábricas de reactividad emocional, diseñadas para premiar lo inmediato y castigar lo complejo. ¿Para qué dudar si ya hay un carrusel con diez razones para indignarse? ¿Para qué investigar si un influencer ya tiene una opinión? ¿Para qué detenerse si el algoritmo empuja?
Y así, sin darnos cuenta, jugamos una partida sin saber las reglas. Movemos fichas sin saber quiénes somos en el tablero. Y muchas veces, lo peor: gritamos desde las gradas sin haber pisado nunca el juego. Nos volvemos parte del ruido, del juicio fácil, del odio gratuito. Nos volvemos piezas de algo que ni siquiera entendemos.
La tabla de Flandes —la herramienta, no la novela— es lo opuesto a eso. Nos obliga a mirar con intención. A reconocer que no sabemos, que necesitamos organizar lo que vemos. Que hay categorías. Que hay matices. Que una cosa no es igual a otra aunque se parezcan. Que observar es distinto de asumir. Que analizar no es lo mismo que replicar.
¿Y qué pasa cuando no hacemos eso? ¿Qué ocurre cuando nos lanzamos a emitir juicios sin haber pasado por ningún filtro? Aquí entra la neurociencia.
Cuando nuestro sistema nervioso autónomo está desregulado —cuando estamos estresados, ansiosos, dormimos mal o arrastramos una historia no digerida— nuestro cuerpo entra en modo supervivencia. Esto no es una metáfora. Es literal. La amígdala cerebral toma el mando, activa respuestas primitivas de ataque, huida o congelamiento, y la corteza prefrontal —la parte que evalúa, razona y toma decisiones— se desconecta.
En ese estado, es más fácil polarizarse. Emitimos juicios rápidos, sin matices. Vemos enemigos donde hay diferencia. Nos refugiamos en lo binario. Necesitamos que alguien tenga la culpa para calmar la angustia. Y si estamos frente a una pantalla, lo hacemos con un clic. Sin consecuencias visibles. Sin pausa. Sin conciencia.
Arnsten (2009)1 lo explica con claridad: el estrés altera la estructura y función de la corteza prefrontal, reduciendo nuestra capacidad de juicio, empatía y regulación emocional. Es decir: cuando más necesitamos pensar, menos podemos hacerlo.
Y no sólo eso. Las redes sociales amplifican esa vulnerabilidad. Goldenberg y colegas (2020)22 hablan del «contagio emocional digital». Vemos a otros indignarse, y nos indignamos. Vemos odio, y lo repetimos. No porque seamos malos, sino porque el cerebro social está diseñado para empatizar —y eso también aplica a emociones negativas colectivas. Compartimos lo que sentimos, no lo que pensamos. Replicamos estados, no argumentos.
Pero no todo está perdido. También sabemos, gracias a la investigación en neurociencia afectiva, que las personas con mayor regulación emocional —es decir, con un sistema nervioso más equilibrado— son más resistentes al pánico colectivo. Pueden esperar antes de juzgar. Son capaces de tolerar la ambigüedad. No necesitan tomar partido inmediatamente. Thayer y Lane (2000)3 mostraron que una mejor regulación autonómica se asocia con mayor resiliencia emocional y capacidad de toma de decisiones reflexiva.
Y eso cambia todo. Porque si no estamos bien regulados, si vivimos en constante agitación, es más fácil conectarnos con el odio colectivo. Pero si estamos bien, si estamos en paz —o al menos en proceso de estarlo— no necesitamos culpar a otros para sentirnos seguros. No necesitamos linchar simbólicamente a nadie para calmar nuestra ansiedad.
La doctora Barbara Fredrickson (2004)4, con su teoría de la expansión y construcción de las emociones positivas, demostró que las personas más felices —las que experimentan más gratitud, gozo o amor— tienen más capacidad de pensar con amplitud, de construir vínculos, de ver más opciones. No están atrapadas en el blanco o negro. No necesitan reducir el mundo para sobrevivirlo.
Y entonces todo esto se une. La tabla de Flandes como método. El ajedrez como metáfora. La neurociencia como explicación. Y tú, y yo, como posibilidad de interrumpir el ruido.
¿Te has preguntado si realmente sabes de lo que estás opinando? ¿Si observaste lo suficiente antes de tomar partido? ¿Si tienes información o sólo emociones ajenas replicadas? ¿Tu cuerpo está tranquilo o está gritando sin que te des cuenta?
Pensar es un acto de resistencia. Y también de compasión. Porque cuando pensamos, de verdad, suspendemos el juicio. Nos damos tiempo. Preguntamos. Dudamos. No para no actuar, sino para actuar mejor. Con más verdad. Con menos daño.
Tal vez por eso la tabla —ya sea en forma de pintura, de herramienta escolar o de tablero de ajedrez— sigue siendo tan necesaria. Porque pensar ordenadamente es un arte que nos salva. Nos salva de nosotros mismos. Y también de ser parte de algo que, en el fondo, no queremos ser.
Así que la próxima vez que sientas la urgencia de opinar, de sumarte al linchamiento simbólico, de compartir tu indignación, de tomar partido en un conflicto del que no conoces más que una historia parcial, detente. Respira. Haz una tabla mental. ¿Qué observaste? ¿Qué sabes? ¿Qué clasificaste? ¿Qué comparaste? ¿Qué analizaste? ¿Desde qué parte de tu cuerpo estás opinando?
Porque si es desde el miedo, el cansancio o la herida, probablemente no estás pensando. Estás reaccionando. Y no hay tabla que ordene el caos cuando quien la escribe no está presente.
Pero si puedes pausar. Si puedes mirar. Si puedes nombrar sin juzgar. Entonces, tal vez, estés jugando una partida distinta. Una en la que vale la pena estar. Una en la que, aunque no sepamos quién mató al caballero, al menos no seamos nosotros los que matamos el pensamiento.
- Arnsten, A. F. (2009). Stress signalling pathways that impair prefrontal cortex structure and function. Nature Reviews Neuroscience, 10(6), 410–422. ↩︎
- Goldenberg, A., et al. (2020). The role of emotional contagion in social media-based collective action. Current Opinion in Psychology, 35, 74–79. ↩︎
- Thayer, J. F., & Lane, R. D. (2000). A model of neurovisceral integration in emotion regulation and dysregulation. Journal of Affective Disorders, 61(3), 201–216. ↩︎
- Fredrickson, B. L. (2004). The broaden-and-build theory of positive emotions. Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, 359(1449), 1367–1377. ↩︎
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