
En la inmovilidad del tiempo, el silencio se hace templo. Ahí donde el alma reposa sin palabras
Última entrega de la serie “Lo que nos sostiene”
Hace cuatro semanas comenzamos una pequeña serie sobre lo que nos sostiene. No sabíamos que iba a ser una serie, pero como suele pasar con lo importante, las cosas se nombran cuando ya llevan tiempo germinando. Hablamos primero de los rituales —esos gestos cotidianos que nos anclan—. Luego, de los acuerdos, de su peso simbólico y emocional. Después, de los espacios, físicos y sutiles, que nos permiten sanar, habitar y ser habitados. Y hoy, para cerrar este ciclo, hablamos de los silencios.
Porque a veces lo que más sostiene no es lo que se dice, sino lo que se calla. Lo que no interrumpe. Lo que no exige. Lo que simplemente está.
El silencio no siempre es ausencia. Puede ser presencia absoluta. Puede ser ofrenda, contención, ternura. Puede ser también miedo, evasión o desconexión. Pero cuando es voluntario, cuando es elegido y sostenido, el silencio puede convertirse en lenguaje. En puente. En sostén.
A veces es en el silencio donde más se escucha.
El silencio, como el espacio, se puede llenar o vaciar. Puede estar cargado de violencia o de amor. Pero cuando lo habitamos con conciencia, cuando lo tejemos con pausa, cuando lo compartimos con alguien que no necesita llenar los vacíos con ruido o respuestas, entonces el silencio es medicina.
El silencio puede ser bálsamo. O puede ser cárcel. Depende de cómo se habita. De si lo eliges o si te lo imponen. De si lo usas como raíz o como escondite.
Y es que el silencio tiene un doble filo. Hay silencios que son sagrados, que protegen lo más íntimo, lo más real. Lo que no se dice porque no necesita decirse, porque se ha acuerpado con amor y se honra en la quietud. Hay vivencias que no pasan por la palabra, sino por el cuerpo. Y a veces, guardar algo solo para una misma —sin compartirlo con nadie— puede ser una forma de libertad, de integridad, de gozo.
Pero también hay silencios que pesan, que aprietan el pecho, que se esconden debajo de la alfombra del lenguaje y que, si no se miran ni se procesan, enferman. Lo que el alma calla, el cuerpo lo grita. Esa es la Primera Ley de las 5 Leyes Biológicas: todo síntoma es un programa biológico especial con pleno sentido. En Bodhi Medicine lo vemos a diario: cuando lo que se vive en soledad es un shock —repentino, inesperado, vivido sin recursos y en aislamiento— el cuerpo activa sus propios mecanismos para adaptarse. Y si no hay escucha, ni palabra, ni sostén… el cuerpo empieza a confesar. A veces lo hace con insomnio, con gastritis, con dolores inexplicables o con un sistema inmune que se agota sin razón aparente. Porque incluso el silencio necesita testigos. Y a veces, ese testigo tiene que ser una mismo.
Vivimos en un mundo que premia la rapidez, la voz alta, la opinión constante. Un mundo que nos presiona a responder, a reaccionar, a producir. Pero en ese ruido perpetuo se nos va la escucha. Y con ella, se nos va también el sentido.
Silenciar no es desaparecer. Es crear un intervalo. Una pausa para sentir, para digerir, para reconectar.
El silencio bien acompañado es una forma de sostén. Lo he sentido en las amigas que no preguntan pero se quedan. En los abrazos que no requieren palabras. En los duelos donde no hay nada que decir. En las sesiones de terapia donde el aire se espesa y el alma respira. En los amaneceres donde solo importa el sonido de los pájaros y el café caliente.
También he sentido el otro silencio: el incómodo, el que pesa como plomo, el que encierra lo que no se puede nombrar. Pero incluso ahí, si sabemos mirarlo, si nos atrevemos a sostenerlo, hay algo que se revela. Porque el silencio también nos muestra lo que evitamos. Lo que duele. Lo que todavía no podemos.
Los silencios que nos sostienen no son los que ocultan. Son los que permiten. Los que abren. Los que acunan. Son los que dan espacio a la verdad para que llegue sin maquillaje.
En este cierre de ciclo, me quedo pensando cuánto necesitamos —en lo personal, lo profesional, lo colectivo— espacios donde el silencio no sea incómodo, sino sagrado. Donde podamos reposar. Donde el cuerpo y el alma bajen la guardia. Donde no haga falta demostrar, defenderse ni explicar. Solo ser.
Porque si no hay espacio para el silencio, no hay espacio para la escucha. Y si no escuchamos, no hay encuentro posible.
La neurociencia nos recuerda que el silencio tiene efectos reales sobre el cerebro. Estudios como los de Kirste et al. (2013) han demostrado que periodos prolongados de silencio pueden estimular el desarrollo de nuevas células en el hipocampo, una región clave para la memoria, la regulación emocional y el aprendizaje(Kirste et al., 201). En otras palabras, el silencio también repara. También crea. También nos ayuda a sostenernos.
Y quizá por eso, este texto no necesita mucho más.
Porque a veces, lo más importante es no decir.
Es quedarse. Respirar. Sostener sin interrumpir.
Porque el silencio también es lenguaje…También es refugio…También es medicina.
Y si aprendemos a habitarlo —sin huir, sin llenarlo, sin negarlo—, podemos escucharnos de verdad. Podemos encontrarnos donde habíamos dejado de buscar. Podemos volver a casa.
Porque no se trata de que alguien más nos escuche.
Se trata de que podamos escucharnos sin miedo.
Sin juicio.
Sin ruido.
Y entonces, una pregunta queda en el aire como semilla:
¿Qué silencio necesitas honrar hoy, para poder sostenerte?


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