
Dicen que cada día puede ser un nuevo comienzo. Y aunque la frase se ha vuelto casi un cliché de taza de café, lo cierto es que guarda una verdad radical: los seres humanos tenemos la capacidad de renacer todos los días. No es solo poesía. Es una posibilidad biológica, emocional y espiritual. Cambiar de piel, reinventar nuestra narrativa, atrevernos a ser algo distinto a lo que creíamos que éramos.
Pero entonces, ¿por qué nos cuesta tanto?
A veces, lo que nos detiene no es el mundo externo, sino nuestro mundo interno: nuestras creencias, nuestros límites, nuestras reglas silenciosas. Ese guión no escrito que llevamos dentro y que nos dice cómo debe ser todo. Cómo deberíamos actuar, sentir, responder.
A veces nos convertimos en nuestro peor juez. En el policía de nuestras propias emociones. Nos castigamos por sentir demasiado, o por no sentir lo suficiente. Por involucrarnos, por soltar, por poner límites, por no saber cómo hacerlo.
Y es que los límites no son muros. Son umbrales. Son la forma en la que nos decimos a nosotros mismos: “esto soy, hasta aquí llego, y eso está bien”. Pero muchas veces confundimos el poner límites con dejar de amar. O sentimos que al decir que no estamos fallando como seres humanos compasivos. Nada más lejos de la verdad. Poner límites es un acto de amor propio. Y también un acto de justicia.
Sí, justicia. Porque todos tenemos un sentido interno de lo que es justo. De cómo deberían comportarse los demás. De cómo quisiéramos que nos trataran. Y desde ese sistema de creencias, juzgamos el mundo. Pero olvidamos algo esencial: no todos comparten nuestras reglas internas. No todos ven lo que nosotros vemos, ni sienten como nosotros sentimos. Y esperar que los demás reaccionen como nosotros lo haríamos es la antesala del desencuentro.
No hay una única forma de estar bien. Ni un solo camino correcto. Hay tres versiones de cada historia: la tuya, la mía y la verdad. Y a veces, la verdad es una mezcla ambigua de ambas. Una que sólo se revela cuando somos capaces de soltar el juicio y abrirnos a ver al otro con ojos nuevos.
Pero muchas veces nuestras creencias están hechas de flores plásticas: estéticas, brillantes, perfectamente colocadas… pero carentes de raíz. Son creencias que aprendimos para pertenecer, para sobrevivir, para agradar. Nos inventamos relaciones, escenarios, identidades que lucen bien desde fuera, pero que no nos nutren por dentro. La imagen reemplaza la conexión, la forma sustituye la verdad.
Y así, terminamos aferrándonos a narrativas que alguna vez nos sirvieron, pero que hoy nos asfixian. “Así soy”, decimos, sin preguntarnos si todavía queremos serlo. Nos disfrazamos de fortaleza, de control, de éxito, cuando lo que más necesitamos es vulnerabilidad, pausa y reinicio.
A veces, basta con cambiar una palabra para abrir una puerta. Y en esa nueva mirada, ya no hay exilio, hay expansión. Ya no hay soledad, hay posibilidad.
Renacer, entonces, no es solamente cambiar de rumbo. Es soltar las certezas que nos estancan. Es permitirnos no tener la razón. Es mirar nuestras heridas con compasión y aprender a no ponerles la voz del juez. Es reconocer que incluso en el dolor hay una semilla de transformación.
Y tú, ¿qué creencia te impide renacer hoy?
¿A qué parte de ti necesitas ponerle pausa para poder comenzar de nuevo?
Tal vez no se trata de volverse alguien distinto, sino de recordar quién eras antes de aprender a limitarte.
Porque al final, renacer es eso:
Un acto de valentía en medio del caos.
Un susurro de vida donde parecía que todo estaba dicho.
Una revolución silenciosa que comienza por dentro.


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