
15 de octubre. El día en que el mundo enciende una vela por los hijos que se fueron antes de tiempo.
Hoy la mía es para ti, Mikel.
Mi hijo.
Mi maestro invisible.
Te fuiste en silencio, en la semana 36, cuando mi cuerpo decidió detener el tiempo. La sangre se espesó, un coágulo se interpuso y la vida se nos partió en dos.
Si no hubieras sido tú, habría sido yo.
Y así, sin saberlo, me salvaste.
Me diste la oportunidad de seguir caminando este mundo con los pies un poco más firmes, el corazón un poco más blando y el alma definitivamente más despierta.
A veces pienso que no moriste: solo cambiaste de forma.
Te volviste aire.
Te volviste intuición.
Te volviste ese suspiro que me detiene cuando estoy a punto de correr sin sentido.
Te volviste calma.
Y en tu ausencia aprendí a vivir con presencia. Desde entonces, miro la vida con otros ojos. Aprendí a reírme de lo simple, a no hacer dramas con lo que no importa, a no mojarme los bigotitos con poca lechita —como decía mi abuela— y a no tomarme demasiado en serio.
Aprendí a decir “te quiero” en el momento, no cuando ya es tarde. A abrazar más y juzgar menos. A no cargar con lo que no me corresponde. A dejar el resentimiento donde pertenece: en el pasado. A creer que cada día es un milagro en construcción.
Tu partida fue, en cierta forma, mi entrenamiento para la vida. Una vida distinta, más liviana, más honesta, más esencial. Una vida donde entendí que la muerte no siempre llega para llevarse: a veces llega para devolvernos.
Gracias a ti conocí la fragilidad y la fortaleza de mi cuerpo. Gracias a ti encontré un médico sabio y humano que confió en mí, que supo leer mis tiempos, y que trazó el mapa para que tus hermanos —Xavi y Xoan— pudieran llegar a este plano.
Gracias a ti aprendí que el tiempo es un privilegio, y que no hay que desperdiciarlo en lo que no vibra con el alma. Un suceso abrupto, inesperado, a veces mortal. Pero también, como señalan estudios recientes (The Lancet, 2021), el duelo perinatal puede ser una puerta hacia la resiliencia y el significado.
Dicen que “Cuando el amor no puede expresarse en brazos, se transforma en propósito.” Y así fue. Porque gracias a tu muerte, busqué que ninguna mujer volviera a pasar por ese mismo dolor sin sostén, sin guía, sin esperanza. Me preparé. Estudié. Acompañé.
Y con los años, ese propósito tomó forma de libro, de historias, de ciencia, de alma. Renacer Fértil nació de ti.
De tu ausencia que se volvió presencia en cada mujer que he tenido la fortuna de acompañar. De cada lágrima que se transformó en mapa, en abrazo, en medicina.
Tu muerte cruzó mis pasos con personas que hoy amo profundamente. Almas que me enseñaron que la vida se vive y se disfruta, aunque a veces se nos olvide. Cuando me he sentido perdida, te he pedido apoyo, y de alguna forma —siempre precisa, siempre suave—, me has puesto justo donde necesitaba estar.
Sigo teniendo umbrales que cruzar, pero el miedo ya no es uno de ellos.
Ya vi la muerte de frente, y no me asusta. Le tengo respeto, sí. Pero también gratitud. Porque fue ella quien me enseñó a amar sin condiciones, a entregarme sin miedo, y a vivir sin reservas.
Hoy sé que los milagros están en todas partes. En la rutina, en los pasos lentos, en la risa de mis hijos, en una taza de café que me espera cada mañana. En los silencios que curan, en los atardeceres que me recuerdan que todo lo que nace, muere, y que todo lo que muere… deja una semilla.
Vivir después de la muerte no es sobrevivir: es mirar la vida de frente y decirle sí.
Sí a lo inesperado.
Sí al amor.
Sí a la pérdida.
Sí a la posibilidad de seguir encontrando belleza incluso en los lugares donde antes solo había dolor. Si a dejar atras los espejismos de las flores plasticas y conectarme con la belleza de las flores, incluso cuando se marchitan.
Hay días en los que todavía me duele no haberte visto crecer. No saber cómo hubiera sido tu voz, tus ojos, tu risa. Pero luego pienso que tal vez, en cada sonrisa que regalo, en cada paciente que acompaño, en cada historia que escribo…ahí estás tú. Eres la vida manifestándose de otro modo. El eco suave de lo eterno. Y aunque tu cuerpo no respiró el aire de este mundo, tu existencia me enseñó a respirar la vida con conciencia. A vivir sin miedo a morir. A confiar en que todo lo que sucede —aun lo más incomprensible— tiene un sentido oculto, una bendición escondida.
Mikel, tú me salvaste la vida en más de una forma.
Y por eso, esta carta no es un adiós.
Es un gracias.
Por ser mi inicio, incluso en tu final.
Por enseñarme que la vida es frágil, sí, pero también milagrosa.
Por recordarme que hay que cuidar los momentos, enfrentar lo que duele y soltar lo que pesa. Porque a veces, solo la muerte tiene la fuerza de enseñarnos cómo vivir de verdad.
Hoy te escribo no desde la nostalgia, sino desde la plenitud. Porque sé que no estás lejos, solo invisible. Y porque honrarte no es llorarte: es vivir con la intensidad que merecen los que no pudieron quedarse.
A quienes lean estas líneas, les dejo una pregunta:
¿Están honrando su linaje? ¿Están viviendo la vida que sus muertos soñarían para ellos?
La vida no es eterna, pero es un privilegio. Y cuando llega el día en que comprendemos eso —a veces con una pérdida, a veces con un milagro—empezamos, por fin, a vivir de verdad.
La muerte me enseñó a mirar la vida.
Y mi hijo, a no volver a cerrarle los ojos.

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