El quinto en la mesa

“Tú eres el promedio de las cinco personas con las que pasas más tiempo.”
— Jim Rohn

Hace algunas semanas nos juntamos a comer en casa de mi prima Laura.

Somos familia muégano, y cualquier ocasión es buena para vernos, reír y contar historias. Hay algo profundamente reparador en esos encuentros. Todas mis primas tienen una sabiduría de vida particular, dones que he aprendido a conocer a través del tiempo y que me recuerdan que crecer también es compartirse. En esa ocasión se unió a nuestro grupo mi primo Rodrigo. Habla poco, pero en ocasiones dice cosas que te cimbran. Palabras cargadas de profundidad, de experiencia y de sabiduría de alma. Aparte de que tiene los pantalones bien puestos.

En medio de la conversación, entre carcajadas y anécdotas, Rodrigo pronunció una frase que, aunque ya la había escuchado antes, esta vez me atravesó diferente:

“Si te juntas con cuatro borrachos, tú serás el quinto.”

Y me hizo reflexionar. Me puso a pensar en quiénes están sentados conmigo a la mesa. Y en quién soy yo cuando me siento con ellos.

Hay cierta magia en los dichos populares, pero no es solo un dicho popular.

Es biología.

Es neurociencia.

Es supervivencia.

Nuestro entorno nunca es neutro. Las personas que nos rodean afectan nuestra forma de pensar, nuestra forma de hablar, nuestros hábitos, nuestras decisiones, nuestras emociones… y también nuestra bioquímica. La compañía que eliges, el entorno que habitas, los valores que normalizas, modelan quién eres en lo más profundo. Tú también, estás siendo moldeado.

Estudios en neurociencia social han demostrado que los seres humanos sincronizan sus ondas cerebrales cuando se relacionan entre sí. Literalmente.

Un estudio publicado en Nature Communications (Dikker et al., 2017) mostró que cuando las personas están emocionalmente conectadas, sus cerebros comienzan a vibrar al unísono. Esta sincronía cerebral ocurre incluso sin hablar, simplemente al compartir espacio y atención.

Cuando compartimos tiempo con alguien, no solo intercambiamos palabras: intercambiamos energía, ritmo, tono emocional, dopamina, cortisol, resonancia. Absorbemos su estado interno como si fuera nuestro.

¿Y qué pasa si esa persona está llena de resentimiento, cinismo o apatía?

Te conviertes en terreno fértil para emociones que ni siquiera nacieron dentro de ti.

El ambiente no solo afecta cómo te sientes. También activa o desactiva genes. La epigenética lo ha dejado claro: los genes no son destino, pero el entorno sí puede ser detonador.

Según un estudio publicado en Cell (Zhang et al., 2013), el estrés crónico y las relaciones interpersonales hostiles modifican la expresión de genes relacionados con la inflamación, la inmunidad y la longevidad.

En cambio, estar rodeado de personas emocionalmente cálidas, comprometidas y solidarias puede estimular la expresión de genes protectores relacionados con la reparación celular y la resiliencia neuroendocrina (Fredrickson et al., 2013, PNAS).

Las personas que eliges como compañía pueden ayudarte a sanar… o enfermarte lentamente.

Las personas que eliges como compañía pueden ser medicina o veneno. A veces, el efecto es tan lento que no lo notas… hasta que ya estás enfermo.

En este viaje, he aprendido que hay dos tipos de personas:

1. Las que dan lo que les sobra

Te ofrecen migajas. Les tienes que mendigar atención, presencia, cuidado. Todo es condicionado. Todo es por conveniencia. Si estás bien, les viene bien. Si estás mal, estorbas. Su entrega no es verdadera: es estratégica. Te hacen sentir que tienes que merecer lo básico.

2. Las que se entregan aunque no sea cómodo

Te sostienen en la sombra. Te miran sin juicio. Te dan aunque estén cansadas. Están, sin necesidad de ser llamadas. Te devuelven la dignidad en momentos donde ni tú sabías cómo pedir ayuda. Su presencia es medicina.

También se necesita valor para elegir de quién te rodeas. Valor para mirar de frente lo que no quieres ver. Para soltar el apego que te mantiene atado a vínculos que te drenan. Para dejar de romantizar las heridas compartidas como si eso fuera intimidad. Se necesita coraje para afinar la mirada, atravesar la pantalla del ego y ver con los ojos del alma. Para reconocer qué tipo de energía entra cuando alguien cruza tu puerta. Para discernir entre lo que se siente familiar… y lo que verdaderamente te hace bien.

Hay personas que no merecen tu energía. Que no merecen que les entregues tu poder. Y sin embargo, por miedo a la soledad o por vacíos que no sabemos nombrar, se lo damos. No es culpa del indio… sino de quien lo hace compadre. Y esa, también, es una lección de madurez espiritual: darte cuenta de que tu entorno es un reflejo de lo que crees merecer, y de que tu alma está lista para más cuando dejas de justificar menos.

Entonces la pregunta no es solo con qué tipo de personas te rodeas, sino también: ¿qué tipo de persona eres tú?

A veces, creemos que alejarnos de lo que nos hace daño es egoísmo. Pero es salud.

No estás hecho para vivir mendigando afecto, contorsionándote para encajar, justificando la mediocridad emocional de otros porque “al menos no te abandonaron”. Mereces vínculos donde tu crecimiento no sea amenaza, sino celebración.

La soledad momentánea es preferible a una compañía que apaga tu luz.

Y no se trata de perfección.

Se trata de energía.

De reciprocidad.

De rodearte de personas que también estén buscando ser mejores. Que se miren a sí mismas. Que hagan el trabajo. Que sanen contigo, no a costa tuya.

Porque si estás con cuatro personas que se traicionan a sí mismas… tú serás el quinto.

Pero si te sientas con cuatro personas que buscan sanar, crecer, amar mejor… eventualmente, tú también aprenderás a ser medicina para otros.

Rodéate de medicina. Sé medicina.