Los espacios que nos sostienen


Dos adultos en conflicto.
Dos niños intentando alcanzarse desde dentro.
Porque hay espacios —emocionales, simbólicos, invisibles— que nos habitan más de lo que habitamos nosotros.

Hay espacios que nos curan. No porque tengan paredes cálidas o lámparas tenues, sino porque nos permiten ser. Hay lugares que se vuelven refugio, no por lo que contienen, sino por cómo nos contienen. Y hay otros que, aunque estén llenos de gente, nos hacen sentir más solos que nunca.

¿Pero qué es, en realidad, un espacio?

Un espacio puede ser un cuarto en silencio, una mesa puesta con amor, un abrazo que no interrumpe el llanto. Puede ser una mirada que sostiene, una casa a la que siempre se puede volver, una silla vacía que no pide explicaciones. Un espacio también puede ser interno: ese lugar dentro de nosotros donde caben nuestras contradicciones, nuestros miedos, nuestras ganas de renunciar y volver a empezar.

He pensado mucho en eso últimamente. En lo fácil que es llenar los espacios de cosas, de pendientes, de flores plásticas que se ven bien pero no huelen a vida. Lo hacemos todo el tiempo. Llenamos nuestras casas de objetos que no necesitamos, nuestros calendarios de actividades que no nos nutren, nuestros silencios de ruido y nuestras emociones de comida, alcohol, redes sociales o cualquier cosa que nos impida escuchar lo que hay detrás del bullicio.

Porque cuando el espacio está vacío, aparece lo real.

Y lo real, a veces, duele.

A veces el espacio duele. Porque nos confronta con lo que somos sin distracciones, sin máscaras, sin testigos. Porque nos obliga a vernos en el espejo sin maquillaje ni argumentos. Y eso no siempre es cómodo. De ahí que tantas personas no puedan parar. No puedan estar en casa. No puedan estar en paz. No puedan, en el fondo, estar consigo mismas.

He hecho varios viajes sola en los últimos años. Viajes internos y geográficos. Algunos fueron de descanso, otros de búsqueda. Pero todos me dejaron una certeza: no hay mejor brújula que el silencio, ni mejor mapa que el propio cuerpo. Cuando estás sola y el paisaje es nuevo, cuando nadie espera nada de ti y el tiempo se detiene, es posible habitarte. Escucharte. Preguntarte cosas incómodas. Sostener tus propias respuestas.

Y ahí entendí algo que no siempre había sabido hacer: contenerme. Porque una cosa es estar sola y otra muy distinta es sentirse contenida, incluso en la soledad. A veces esa contención viene de ti misma. A veces viene de una amiga que te manda un mensaje a deshoras. A veces es un ritual. Una taza caliente. Una libreta abierta. Un libro que te encuentra justo donde estás.

Contener es un verbo que me parece sagrado. Porque implica sostener sin invadir. Acompañar sin dirigir. Estar sin exigir. ¿Cuántas veces nos han contenido así? ¿Cuántas veces hemos sido ese espacio para otros?

Pienso que no se puede contener lo que no se ha habitado. No se puede sostener a otro si una misma se desmorona al primer viento. No se puede dar seguridad si no se conoce la calma. Por eso los espacios no son sólo físicos. Son simbólicos. Son emocionales. Son pactos invisibles de presencia y cuidado.

Y también son tejidos. Hay espacios que se construyen entre varias personas. Entre tú y quien te escucha sin juicio. Entre tú y quien te mira con verdad. Esos espacios no se compran, se cultivan. Y son los que más nos sostienen cuando todo parece caerse.

La seguridad, dicen desde la neurociencia, no es una idea: es una experiencia somática. El sistema nervioso autónomo —específicamente la rama parasimpática del nervio vago— necesita percibir señales claras de que estamos a salvo para activar los mecanismos de restauración y sanación. Cuando vivimos en estado de hipervigilancia, bajo la dominancia del sistema simpático, el cuerpo interpreta que debe priorizar la supervivencia: se inhibe la digestión, se suprime la función inmunológica, el sueño se fragmenta y el acceso a estados de conexión profunda con uno mismo y con los demás se vuelve casi imposible. En otras palabras: no se puede reparar en estado de amenaza.

La doctora Deb Dana, referente en teoría polivagal, explica que “la regulación del estado interno es el prerrequisito para la co-regulación y la salud emocional”. Stephen Porges, creador de dicha teoría, añade que solo en un entorno percibido como seguro el sistema nervioso permite estados de apertura, creatividad, aprendizaje y reparación fisiológica (Porges, 2011).

Esto significa que sin seguridad no hay salud. Sin espacio, no hay transformación. Sin esa sensación de estar a salvo —adentro y afuera—, nuestro cuerpo simplemente sobrevive. Y a veces, sobrevivir se parece demasiado a olvidarse de vivir.

Por eso importa tanto dónde estamos. Con quién. Cómo nos tratamos. Cómo tratamos a nuestro cuerpo. Cómo hablamos con nosotros mismos cuando nadie nos escucha.

Hay espacios que enferman. Y hay espacios que sanan. Hay conversaciones que apagan. Y otras que nos devuelven el aliento. Hay lugares en los que se puede llorar. Y otros donde se tiene que fingir. Y todos, todos esos escenarios van modelando quiénes somos, cómo nos protegemos, qué mostramos y qué escondemos.

A veces pienso que la vida entera es una danza entre el adentro y el afuera. Entre el mundo que habitamos y el que nos habita. Y que el mayor acto de amor propio es hacer de ambos un lugar habitable. Un lugar que no sea perfecto, pero sí verdadero. Que no sea brillante, pero sí seguro. Que no siempre esté lleno, pero nunca se sienta vacío.

Un lugar donde podamos decir: aquí estoy. Con todo lo que soy. Con lo que brilla y con lo que tiembla. Porque al final, no se trata solo de tener un espacio. Se trata de poder sostenerlo. De habitarlo con presencia. De compartirlo con quienes también saben sostener sin romper.

Porque si el entorno importa —y vaya que importa—, el interno aún más. No podemos vivir desde la salud si nos enfermamos de tanto reprimir. No podemos acompañar a otros si no sabemos estar con nosotros mismos. No podemos sostener si no nos sostenemos.

A veces pensamos que sanar es un destino, pero en realidad es una forma de habitar el presente. De hacer del cuerpo un refugio y de la mente un lugar amable. De soltar la exigencia de tener todo claro y permitirnos simplemente estar.

Volver a habitar el espacio interno es un acto revolucionario en un mundo que nos empuja hacia afuera. Es un regreso a lo simple, a lo verdadero, a lo que no necesita adornos. Es dejar de llenar los huecos con ruido y empezar a llenarlos con presencia.

Y entonces, una pregunta queda en el aire como semilla:

¿Cuál es el espacio que necesitas sostener hoy, para volver a ti? ¿Hay lugar para ti en tu propia vida?