A la salud de los ausentes

En las montañas es uno de los lugares donde encuentro la calma, principalmente por la soledad. No todo el ruido del día a día esta dispuesto a escalar montañas. No todas las personas están dispuestas a incomodarse por otros, y menos aún a escalar montañas. En la cima, generalmente encontramos a los que nos han acompañado en las buenas y en las malas.

Hace unos días publiqué Renacer Fértil, pero esta no es una celebración convencional. No es sobre el logro, ni sobre el libro. Es sobre lo que no se ve: los silencios que lo hicieron posible, las ausencias que duelen más que cualquier crítica, y el trabajo interior que no se puede medir en páginas. Es sobre lo que se pierde cuando una empieza a decir la verdad, y también sobre lo que se gana.

Escribí Renacer Fertíl como quien se arranca la piel para entender de qué está hecha.  Durante años lo intenté. Lo escribí, lo abandoné, lo escondí. Porque me dolía. Porque me daba vergüenza no estar lista. Porque me aterraba que al exponerlo, no fuera suficiente, o peor aún, que sí lo fuera y ya no tuviera excusas para no entregarlo. Lo escondí como quien esconde una herida mal cicatrizada, por miedo a que vuelva a abrirse. Había algo que no se sentía cierto. Una voz que me sonaba prestada, o peor: una voz que me esforzaba por perfeccionar para ser escuchada. Como si el conocimiento necesitara de un disfraz para ser válido. Como si la verdad tuviera que sonar a libro académico para no incomodar.

Pero la verdad es que lo que más me costó escribir, no fue la ciencia. Fue encontrarme a mí misma en medio del ruido. Fue recuperar la voz que se había escondido entre diagnósticos, entre silencios, entre el deber ser, entre personas, entre ganas de agradar, entre insuficiencia, entre apagar mi brillo para no incomodar.

Y entonces sucedió. Un día, dejé de escribir para convencer, y empecé a escribir para recordar.

Para recordar quién era antes de que el sistema, la vergüenza o el miedo me dijeran quién debía ser. Antes de los títulos. Antes del personaje. Antes del exilio emocional que tantas veces me impuse sola.

Y fue ahí, en ese lugar de memoria profunda —más corporal que mental—, donde mi escritura dejó de sangrar para empezar a respirar.

Renacer Fertíl no es solo un libro. Es la llave de un regreso. El regreso a quien verdaderamente soy. Y es también una presentación al mundo, un acto de mostrarme tal cual soy, sin máscaras.

Es también un corte. Un antes y un después. Porque para poder escribir desde la entraña, primero tuve que atravesar el vacío. Tuve que despedirme de muchas versiones de mí. Y también de muchas personas.

Pedir ayuda y que no llegue. Eso también es parte del camino. Quise compartirlo. Compartir mi historia. Pero el universo —en su forma sutil y rotunda— me recordó algo esencial: todos tenemos una historia, pero no todos merecen la nuestra. Confié. Delegué. Abrí espacio para compartir. Pero no sucedió como lo imaginaba. Y no fue con quienes pensaba. Pero no deje de aprender algo.

Quizá el universo quería recordarme algo que había olvidado: algunas cosas se hacen a solas. Como aquella noche en que, rodeada de papeles rotos y silencios acumulados, me senté frente al manuscrito sin saber por dónde empezar. No había nadie. Ni una llamada, ni un mensaje, ni un gesto de contención. Solo yo, el texto y ese vértigo de sentir que no podía más. Y aún así, escribí. Una línea, luego otra. Sin testigos, sin aprobación. Y ahí entendí que hay batallas que se ganan en soledad, no porque deban, sino porque es ahí donde una recuerda de qué está hecha. No porque se deba, sino porque es ahí —en esa absoluta responsabilidad— donde nace la verdad más profunda. Donde ya no queda nadie a quien complacer. Donde solo queda la voz que tiembla, pero es tuya.

Renacer Fertíl es un libro que me exigió todo. Me vació. Me confrontó. Me sostuvo en mi parte más oscura. Y me dijo, con voz clara: esto no se entrega a medias.

Me dolió que ciertas personas no estuvieran. Me dolió todavía más darme cuenta de que algunas no querían estar. Que hay vínculos que solo existen si tú los sostienes. Y que hay personas que no quieren acompañarte en el lugar donde ya no finges. No por maldad. A veces, simplemente no pueden. No saben. No quieren cargar con algo que no entienden. Y eso está bien.

Lo que no está bien es olvidarme de mí para esperarlos

Lo entendí tarde, como casi todo lo que vale la pena. Pero lo entendí desde un lugar más sólido. Porque esta vez no lo pensé, lo viví. Lo sentí en el cuerpo, lo integré. 

Y en medio de todo eso, hubo milagros. Personas inesperadas. Gestos silenciosos. Amor del bueno.

Quienes estuvieron son quienes siempre han estado. A su manera, con sus pausas y sus imperfecciones, me acompañaron sin pedir explicaciones.

Y a ellos, a ustedes, les debo más de lo que puedo decir. Por sus silencios que no juzgan, por sus palabras que sostienen, por su forma de estar —sin condiciones ni expectativas— cuando el resto del mundo parecía ausente. Me recordaron que no hace falta entender para acompañar, y que a veces un solo gesto basta para que una no se sienta sola del todo.

Alguien a quien adoro me dijo días después de la presentación una de las cosas más bonitas que me han dicho jamás: “Tú sacas lo mejor de las personas.”

Y sí. Creo que ese es uno de mis dones. Ver a las personas que amo a través del lente del alma. Ver su esencia más allá de sus actos. Ojalá pudieran verse como yo los veo. Ojalá pudiera sostenerlos con esa mirada siempre.

Pero el amor también es una elección. Una elección que se hace cada día. Y el día que dejas de hacerla, todo cambia.

Hoy me libero de ese personaje correcto. Ese que sonreía aunque le doliera, que hablaba con voz pausada para no incomodar, que llenaba silencios con datos porque sentía que la emoción no bastaba. Ese personaje que buscaba validación en el aplauso ajeno y se esforzaba por ser impecable para no ser rechazada. Hoy lo dejo ir. Y al hacerlo, abro espacio para nuevas historias. Historias que no siempre buscan sanar. A veces solo quieren ser contadas.

Y si una de esas historias se parece a la tuya, bienvenida seas. Hay lugar para ti en este renacer.

Ahora te toca a ti.

¿Estás habitando tu vida o sobreviviéndola? ¿Estás honrando tu voz, o estás repitiendo la que te enseñaron? ¿Estás escribiendo tu historia con verdad o siguiendo un guion que ya no te representa?

A veces, el primer acto de congruencia es el más simple y más radical: escucharte.

Y confiar. Incluso si tiemblas. Incluso si estás solo o sola. Especialmente si estás solo o sola.

Porque ahí, justo ahí, comienza el renacer.

Porque escribir no siempre es sanar. A veces es simplemente decir: esto soy.
Y eso ya es suficiente. Porque si vas a renacer, que sea con las raíces limpias y la voz intacta.
Y que lo hagas no por aplauso, no por aprobación, sino por amor propio.