
Quien me diga que no ha sentido frustración en su vida miente, o es un psicópata. Pero no estoy aquí para juzgar, estoy aquí para hacer una oda a la frustración.
Y a todo esto… ¿qué es una oda? Una oda es una forma poética de rendir homenaje. Es un canto, una reverencia escrita a algo que, por pequeño o inmenso que sea, nos conmueve profundamente. Puede estar dedicada a una ciudad, a una estación del año, a una emoción, o incluso a una persona.
En Flores Plásticas, una oda no necesita rima perfecta ni estructura rígida. Es simplemente un acto de contemplación y gratitud. Es detenerse a mirar con el alma, nombrar lo sagrado de lo cotidiano, y recordarnos —entre tanta prisa y tanto ruido— que aún hay belleza que merece ser celebrada.
En este caso, esta oda está dedicada a la frustración. Porque aunque no sea una emoción ‘bonita’ o cómoda, es auténtica. Y en un mundo lleno de flores plásticas —emociones disfrazadas, forzadas o editadas para agradar—, la frustración destaca por su crudeza, por su verdad. Quizá no sea bella, pero es real. Y eso ya la hace valiosa. Porque hay también cierta verdad y poesía en ella. En la frustración habita la intensidad de lo que importa, el rastro vivo de lo que nos moviliza. Hay fuerza, emoción, ira y muchas veces, gasolina para seguir adelante. En la frustración hay motivo, hay silencio, hay preguntas y respuestas.
¿Te has puesto a pensar alguna vez qué se esconde detrás de la frustración que sientes? ¿Qué emoción pura y verdadera está enmascarada? En mi círculo de amigos conscientes, también analizamos no solo la emoción que aparece, sino desde qué espacio la sentimos… y nos reímos… de nosotros mismos.
Yo siento frustración más de lo que me gustaría aceptar: con las personas, con las situaciones, con mis hijos, con mis amigas, con mi pareja…
Mi frustración, la mayoría de las veces, viene de un lugar que me hace sentir como Juana de Arco: encendida, guerrera, desbordada por el deseo de que el mundo sea más justo, más sensible, más humano. Porque si hay algo por lo que puedo morir en la raya, es por las injusticias —las grandes y las pequeñas, las que se gritan y las que se silencian. La frustración me atraviesa cuando siento que algo pudo haber sido distinto, mejor, más digno. Me cuesta manejarla porque no se disuelve fácilmente como el miedo o la tristeza; no se esconde, no se escapa. Se queda ahí, en el pecho, en la garganta, en la mandíbula apretada.
Hay emociones que mi cuerpo procesa mucho mejor. Ante el miedo o el caos, suelo mantener la calma, organizar, actuar. Soy práctica. Pero la frustración me lanza a un lugar incómodo, me confronta con mis límites, con mis expectativas, con la ilusión de control. Me cuesta porque me enfrenta con la sensación de que algo valioso se perdió, de que no lo supe ver o aprovechar desde un mejor lugar. A veces, lo más duro de la frustración no es lo que ocurrió, sino la idea de lo que podría haber sido si yo hubiera hecho algo distinto. Y sin embargo, ahí también hay una semilla de poder: la frustración, cuando se mira de frente, puede transformarse en fuerza para hacerlo diferente la próxima vez. Puede convertirse en maestra. La incomodidad no es cómoda —pero es fértil. Nos obliga a crecer, a cuestionar, a cambiar la forma en que caminamos, en que nos vinculamos, en que decidimos. Y en ese sentido, quizá la frustración también sea una forma de esperanza: el eco de algo que merecía haber sido mejor.
Observando la emoción, he llegado a la conclusión de que mi frustración viene de lo que se pudo haber previsto. De lo que se perdió por no darle espacio. Viene de sentir que di lo mejor de mí y aun así fallé. Viene de no haber sido suficiente: suficientemente inteligente, suficientemente controladora, suficientemente hábil, oportuna, rápida. Mi frustración viene de la herida de insuficiencia. De sentir que debí haber hecho más, presionado más, empujado más. De cargar con la idea de que si algo salió mal, fue porque no fui lo suficientemente inteligente, lo suficientemente rápida, lo suficientemente capaz. Y justo esa insuficiencia es la que me hace quedarme muchas veces donde no debo, pero no por el otro, sino por mí. Porque no quiero sentirme frustrada por no haber luchado lo suficiente, por no haberlo intentado todo.
Pero también he descubierto que mi frustración no solo viene del presente, sino de patrones repetitivos que anticipo antes de que ocurran. De reconocer dinámicas que ya viví y que, al volver a aparecer, me hacen sentir atrapada. Me frustra profundamente no ser escuchada, pero más aún, no escuchar mi propia voz cuando más necesito sostenerme. Me duele no ser elegida, no ser vista, no ser priorizada. Y cuando esas heridas se activan, la frustración se convierte en un espejo incómodo que refleja no solo lo que falta afuera, sino lo que aún está por sanar adentro. Es como si la vida me dijera una y otra vez: aquí todavía hay algo que te importa, algo que aún no has nombrado del todo.
Lo más frustrante es que, una vez ocurre la avalancha de eventos inesperados, aparece el impulso de enmendar. Intentamos corregir lo que se rompió, recuperar lo que se perdió, rescatar lo que se nos escapó entre los dedos. Pero muchas veces no se puede. Hay momentos que son oportunidades únicas, irrepetibles. Y si las dejas pasar, si no las ves a tiempo, si no las tratas con el valor que merecen, simplemente se van. Como algunas personas. Algunas llegan a tu vida como un regalo, como una brisa fresca en medio del calor, como una flor que no esperabas. Pero si no las sabes tratar, si no las cuidas, si las decepcionas o las empujas sin darte cuenta, un día simplemente se marchan. Y no miran atrás.
Y entonces queda esa pregunta, tan humana como dolorosa: ¿debí haber insistido más, o debí haber soltado antes? Porque la vida está hecha de decisiones así: de saber cuándo continuar y cuándo parar. Cuándo seguir adelante, empujando, apostando, tratando de sacar algo a flote, y cuándo rendirse con dignidad, sin rencor, y soltar. Ese equilibrio —tan fino, tan frágil— es quizás el secreto de la vida. Y la verdad es que yo aún no he aprendido a encontrarlo del todo. Tal vez nunca lo aprenda.
Tal vez la vida se trate precisamente de eso: de aprender a equivocarse con ternura, de seguir intentando, de soltar a veces tarde, de quedarse a veces de más… y aún así, seguir adelante.
Pero también hay poesía en eso. Porque si algo te frustra, es porque te importa. La frustración nos recuerda que todavía sentimos, que algo aún nos mueve. Es una invitación a no vivir en piloto automático, a observar con atención, a no dejar para mañana lo que necesita cuidado hoy. A veces, solo a veces, la frustración es el empujón que necesitábamos para despertar.
Y aquí entra la medicina de estilo de vida. No sólo comemos, dormimos o nos movemos para estar sanos. También sentimos. Y lo que sentimos, si no se procesa, se queda. Las emociones no expresadas afectan nuestra bioquímica. La frustración sostenida activa el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal, eleva el cortisol y genera una cascada inflamatoria que, si se mantiene, puede desencadenar desde fatiga crónica hasta enfermedades cardiovasculares. Nuestro cuerpo es un mapa emocional: cada síntoma tiene historia, cada tensión tiene voz. Procesar nuestras emociones —como esta, la frustración— es también una forma de sanar. No sólo el alma, también el cuerpo.
Las relaciones también necesitan ser cuidadas, cultivadas, nutridas. El compromiso es una autopista de dos vías: si hay un carril de ida, debe haber uno de regreso. Y si no hay regreso, eventualmente alguien se cansa, se harta, y quema el puente.
Y no porque tenga la capacidad de hacer algo significa que deba hacerlo.
Pero si lo siento, si me importa, si me conmueve… Entonces sí, quizá valga la pena frustrarse un poco, llorar un rato, gritar incluso… y luego volver a mirar con el alma, volver a elegir y seguir adelante.
Tal vez nunca aprenda el arte exacto del balance. Tal vez me quede cuando ya es tarde o suelte cuando aún hay algo por salvar. Pero si algo he entendido, es que prefiero sentirlo todo —aunque duela, aunque frustre, aunque no siempre tenga sentido— a vivir anestesiada, flotando entre vínculos tibios y decisiones plásticas.
Prefiero equivocarme con flores reales entre las manos, que pasar la vida rodeada de flores perfectas… pero sin aroma, sin raíz, sin historia.
Porque incluso la frustración, cuando arde, nos recuerda que todavía nos importa. Que algo dentro de nosotros sigue apostando por la vida, por el amor, por la posibilidad.
Y tú… ¿A cuántas flores plásticas estás aferrándote por miedo a tocar una que te ensucie las manos, pero te mueva el alma?
A veces, lo único que necesitamos es una pausa.
El roce de una flor verdadera.
Y la certeza de que, incluso con todo, seguimos eligiendo sentir.


Deja un comentario