
Sevilla es un placer para los sentidos. Cualquiera que la conozca lo sabe. Sevilla huele a azahar, y es real. Durante la primavera, especialmente en marzo y abril, el centro histórico se llena del olor del azahar, la flor del naranjo. Hay más de 40,000 naranjos por toda la ciudad. No solo es una delicia, también es parte de su identidad cultural y visual. Ya lo decían Los del Río (sí, los mismos que cantaban la famosísima Macarena): “Sevilla tiene un color especial”, que bien podría haber sido “Sevilla tiene un olor especial”.
Hace varias décadas fue mi punto de entrada a España- irónico que también fue el punto de salida de mis abuelos y sus hijos décadas antes- mi punto de entrada a un cambio en mi mundo tal y como lo conocía. En mi mente, Sevilla es un lugar especial, y siempre lo será. Ahí viví unos meses, y quizá para los adultos (hoy lo veo) fue un momento de mucho caos, pero yo lo recuerdo con añoranza y mucha magia. Recuerdo a mis primas, la risa contagiosa de mi abuela Soledad con mis ocurrencias, los accidentes caseros como la vez que chocamos en la cocina y me tiró un bowl de hígados en la cabeza y olí a pipí durante lo que parecieron días. Recuerdo los lamentos —siempre entre risas— de mi tía Carmelita contando cómo mi abuelo Manolo era laxo conmigo y que a ninguno de sus nietos les había permitido lo que me permitía a mí (como saltar en los sillones del comedor hasta cansarme diciendo entre risas: “¡Paren a esa niña, parece una pelota!”).
Recuerdo los fines de semana en el campo, los bares en los que me sentaban en la barra, las pipas (semillas de girasol) compartidas con mis primas, los partidos de football en el Sanchez Pizjoan, la Semana Santa y la ilusión de ver a los nazarenos y recolectar cera de las velas. Me toco ver como Sevilla se transformaba, en aquel entonces estaba en construcción la Estación de Trenes de Santa Justa y la Cartuja, que en 1992 albergaria la Expo mundial de Sevilla. Todo un acontecimiento. Mi primer recuerdo de un cine fue en Sevilla. Mi papá me llevó a ver Roger Rabbit, y no, no es una obra digna del Óscar, pero para mí hasta la fecha es la mejor película del mundo. O al menos, en mi mente. Estoy segura de que si volviera a verla me parecería aburrida. El amor y la conexión que vivimos en ciertos momentos nos hacen recordar situaciones como maravillosas, cuando probablemente fueron únicamente promedio. Hasta la comida sabe diferente cuando las personas son las indicadas. Las actividades y situaciones más difíciles se vuelven más llevaderas e incluso mágicas con las personas indicadas.
Y no sé por qué les estoy contando todo esto… o quizá sí lo sé. Es por añoranza. La añoranza de la infancia, de un país que dejé atrás hace tiempo, de la familia… la añoranza de Sevilla y su magia. A veces, la añoranza nos da combustible para seguir adelante en los días grises. El recuerdo de lo que sabes que es para ti. Pero no es Sevilla como tal, sino la magia de los tuyos, de tu tribu, de las personas, momentos y lugares que llenan tu alma. De eso se tratan las líneas de hoy: de regresar a uno mismo y de regresar a lo que nos hace felices. De volver a sentir el corazón contento, de esos momentos, lugares y personas que nos recuerdan que todo es posible, que nos dan fuerza y esperanza para vivir en un mundo gris.
Si lo piensas, seguro tú también tienes tu Sevilla. Todos tenemos un Sevilla. Hay personas que son eso: como volver a Sevilla en primavera. Volver a la magia, a lo que está bien sin importar si el mundo se está cayendo. Y es ahí donde te quedas y perteneces: en el lugar incómodo pero que sabes que es tu hogar. En la incomodidad que sabes que debes atravesar para crecer y regresar a ti. Quizá no es perfecto, pero es tuyo.
Hay personas que no te dejan, que son leales, que sin importar lo que pase permanecerán a tu lado. Que simplemente están, en las buenas y en las malas, sin preguntar. Es una fortuna tener personas así en tu vida, y al mismo tiempo es un milagro, porque son conexiones que no se dan a menudo. Son amores bonitos que hay personas que pasan la vida entera buscándolos. Cometemos el error de pensar que el amor sólo es romántico, pero hay amores bonitos en muchas presentaciones, amigos, familia, colegas… Hay personas con las que la conexión es instantánea y desde el primer momento uno siente que has pasado muchas vidas con ellos. Hay quien lo describe como pactos de almas. Y para mí, las almas no se encuentran: se reconocen. Uno reconoce a su tribu.
Y Sevilla lleva la permanencia y la lealtad grabadas hasta en su emblema. Hay algo profundamente conmovedor en una ciudad que honra el quedarse, el sostener, el no abandonar. El símbolo NO8DO, presente en edificios, documentos oficiales e incluso en detalles urbanos como las coladeras, no es solo un distintivo visual: es una declaración de fidelidad. Este criptograma está compuesto por las letras “NO” y “DO”, separadas por una figura que representa una madeja de estambre —el número “8”— y se interpreta tradicionalmente como “NO-MADEJA-DO”, que fonéticamente suena a “no me ha dejado”. La historia cuenta que durante el siglo XIII, el rey Alfonso X el Sabio enfrentó una rebelión encabezada por su propio hijo, Don Sancho. En medio del conflicto, muchas ciudades se apartaron de él… pero Sevilla se mantuvo firme. Permaneció leal. Y en agradecimiento por esa lealtad inquebrantable, el rey concedió a la ciudad este emblema.
Existen otras teorías sobre el significado de NO8DO, pero casi todas comparten un mismo mensaje: lealtad, unión y cohesión. En un mundo cada vez más plástico, donde todo parece efímero y desechable, donde las relaciones se rompen ante el primer desacuerdo y donde lo superficial a menudo sustituye lo verdadero, la lealtad es un acto revolucionario. Sevilla nos recuerda que quedarse también es una forma de amar. Que hay vínculos que valen la pena, raíces que merecen ser sostenidas. Y que a veces, lo más valiente que podemos hacer es no dejar. Y es justo esa sensación de pertenencia, comunidad y conexión el factor número uno predictor de salud y felicidad a largo plazo. Sí, no se trata de la dieta, de la riqueza o de la genética. La conexión y la comunidad son el factor que más influencia tiene en nuestra salud en el largo plazo.
El Estudio de Harvard sobre el Desarrollo Adulto, también conocido como el Grant Study, se inició en 1938 como un estudio longitudinal que ha seguido a más de 700 hombres por 85 años con el objetivo de identificar los factores que contribuyen a una vida saludable y feliz. Una de las conclusiones más destacadas de este estudio es que la calidad de las relaciones interpersonales es el principal predictor de salud y felicidad a largo plazo. Las personas con vínculos sociales fuertes y satisfactorios tienden a ser más felices, gozar de mejor salud y vivir más años. Mantener relaciones saludables actúa como un amortiguador del estrés y protege contra el deterioro mental y físico a medida que envejecemos. Si quieres saber más sobre este estudio, puedes hacerlo aqui.
Vivimos en tiempos donde las relaciones se han vuelto efímeras, casi desechables. Donde lo incómodo se evita y el conflicto se interpreta como una señal para huir. Mucho se habla de soltar, de irse, de no tolerar. Pero hay ocasiones en las que lo correcto es quedarse, es luchar. Las relaciones verdaderas requieren atravesar momentos incómodos, poner sobre la mesa lo no dicho, resistir juntos lo que duele. Solo así se llega a lo real, a lo profundo. Solo así se deja atrás la flor plástica para encontrarse con la autenticidad. Y cuando encuentres tu Sevilla en primavera —esa persona, ese lugar o ese instante que te conecta con tu esencia— quédate ahí. Vale la pena luchar por eso.
Y recuerda: si los días son difíciles y no encuentras la magia, siempre tienes la posibilidad de volver a Sevilla en primavera. Y a veces, con solo saber que esa posibilidad existe, los días grises se hacen más fáciles.

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