Sudor, loto y desnudez en Bangkok

Bangkok me recibió con incienso, caos y 40 grados. Namasté

La primera vez que pisé Asia fue como abrir una ventana a otra vida. Estaba en Bangkok, el sol rajaba el cielo y la humedad me hacía sentir como si caminara dentro de una taza de té caliente. Mi hotel quedaba a cinco kilómetros del Gran Palacio y, como dicen mis padres, las ciudades se conocen caminando. Eran las dos de la tarde, y aunque mi cuerpo se derretía, decidí cruzar la ciudad a pie. El sudor me corría por la espalda, mis chinos rebeldes se rendían ante el clima, y aun así… lo disfruté.

Cada esquina olía distinto, a curry, a incienso, a vida. Cada mercado brillaba con telas que me recordaban a Oaxaca, a San Cristobal de las Casas… cada calle era un eco de algo conocido. Me di cuenta de que incluso al otro lado del mundo, todo estaba conectado. Y entonces, entre caos y calor, vi las flores de loto. Ahí estaban, saliendo del lodo con una dignidad desbordante. Belleza pura brotando del fango. Me quedé inmóvil. Me enamoré. Días despues saqué mis acuarelas y dibujé esa imagen sin saber que se convertiría en la portada de mi libro Renacer Fertíl. Y sí, sé que la tilde va en otra sílaba, pero elegí romper la regla. Porque si algo me ha enseñado la vida, es que la fertilidad —como la vida— no sigue reglas. Ese día, caminando bajo el sol decidí que quería escribir sobre lo real, lo imperfecto, lo que nace a pesar de todo.

Más tarde, alguien me preguntó si no me daba miedo andar sola en una ciudad desconocida. La verdad es que no. Soy mexicana. Las ciudades caóticas me parecen familiares. Es ahí donde mi cuerpo se siente en casa. Sin embargo, sin importar nuestra localización geográfica hay días en los que todo me parece demasiado. Demasiado ruido. Demasiada prisa. Demasiada pose. Demasiado de todo y muy poco de lo esencial. Entonces me siento a escribir, no para embellecer lo vivido, sino para pelarlo. Para desnudar la experiencia hasta que duela o alivie. Porque escribir, para mí, nunca ha sido un ejercicio de estilo. Es una forma de exponer lo crudo. Y lo crudo no es lo feo. Es lo vivo.

A veces pienso que la vida se parece mucho a esas flores que compro en el mercado. Las más bonitas no son las más perfectas. Son las que han abierto un poco antes, las que tienen una hoja rota, una mancha que parece herida o un tallo que se inclina como si hubiera sostenido demasiado peso. Esas son las flores que elijo. Porque las otras, las que parecen sacadas de catálogo, no me dicen nada. No tienen historia. No tienen grieta. No tienen alma. Prefiero mil veces una flor marchita que una flor de plástico. Porque lo vivo se acaba. Pero mientras dura, te toca. Y eso es lo que yo busco: que algo me toque, que algo me atraviese. Aunque duela.

Por eso escribo de lo crudo. Porque lo crudo no se maquilla. Porque no quiero caer en la perfección anestesiada de las redes, ni en el activismo de consigna que solo grita, pero no transforma. No me interesa el grito por el grito. Ni el dolor convertido en identidad. No me interesa la indignación performática ni el postureo de la conciencia. Me interesa la verdad. La que se siente en el cuerpo. La que a veces incomoda. La que te confronta contigo mismo cuando ya no hay a quién más culpar.

En sesiones, lo que más se repite últimamente es la urgencia. La ansiedad por una respuesta. Por un alivio exprés. Por una solución inmediata que no pase por el trabajo interno. Y lo entiendo. Porque a veces todos queremos eso. Que alguien venga y nos diga qué hacer, cómo sentirnos, hacia dónde correr. Pero eso no existe. No hay atajos para lo esencial. No hay mapa que sustituya el camino. Y a veces lo único que puedo ofrecer es presencia. Acompañamiento. Un silencio que escuche sin querer resolverlo todo.

Y al hacerlo, me doy cuenta de cuánto de eso también me habita. Porque yo también pido respuestas rápidas. Tal vez no en salud, porque ahí he aprendido a esperar. Pero en otros aspectos, claro que sí. En el amor, en la incertidumbre, en los duelos que aún no entiendo del todo. Hay partes de mí que siguen esperando que alguien más se haga cargo. Que quieren saltarse la incomodidad del proceso. Que se impacientan. Que dudan. Que tropiezan.

La paciencia es una medicina olvidada. En un estudio reciente del Journal of Positive Psychology, se encontró que cultivar la paciencia está directamente relacionado con menor sintomatología de ansiedad, más satisfacción vital y una mayor capacidad de regulación emocional. No lo dice un gurú, lo dice la ciencia. Pero más allá de los datos, yo lo compruebo cada vez que me detengo. Cada vez que respiro en medio del caos. Cada vez que no respondo impulsivamente y dejo que el cuerpo hable. Porque el cuerpo siempre sabe. Solo que no siempre lo escuchamos.

El artículo publicado en The Journal of Positive Psychology1 analizó los efectos de la aceptación emocional frente al deseo de evitar el malestar. Los investigadores encontraron que las personas que permiten la presencia de emociones difíciles —sin reprimirlas ni sobreidentificarse con ellas— experimentan mayor bienestar psicológico a largo plazo. Esta aceptación no es resignación, sino presencia plena. Es decir: las personas que no intentan suprimir la tristeza, el miedo o el enojo, sino que los observan con curiosidad, registran menos síntomas de ansiedad y depresión meses después, independientemente de cuántas situaciones adversas vivan. No es magia. Es neurobiología, es plasticidad cerebral, es salud emocional. Por eso sostener lo crudo no es una debilidad, sino una forma de sabiduría: la del que no se fuga, la del que se queda consigo cuando más lo necesita.

Escribir esto es también una forma de recordármelo. De decirme que no tengo que tenerlo todo resuelto. Que puedo seguir aprendiendo. Que puedo fallar y recomenzar. Que puedo ser guía y estar perdida al mismo tiempo. Porque eso es lo humano. Y eso es lo que me interesa compartir. Lo imperfecto. Lo incierto. Lo profundamente real.

No escribo para impresionar. Escribo para desnudar. Porque si algo me sostiene, es eso: la honestidad. La mirada limpia. El intento sincero de no disfrazar lo que es. Como esas flores marchitas que no compiten con las de plástico. Porque no necesitan durar para ser hermosas. Solo necesitan ser.

Y si hoy escribo esto, no es para dar respuestas. Es para hacerme compañía. Para recordarme —y quizá recordarte— que no hay nada más valiente que seguir eligiendo lo real. Que cada vez que sostenemos la incomodidad en vez de huir, sembramos una raíz más honda. Que cada vez que miramos sin juicio lo que duele, abrimos una puerta hacia lo que sana. No sé qué vendrá mañana, pero sé que si nos atrevemos a habitar lo crudo, lo imperfecto, lo inacabado, entonces la vida se vuelve menos pose y más verdad. Y eso —aunque duela a veces— siempre será mejor que cualquier Flor Plástica.

  1. Ford, B. Q., Lam, P., John, O. P., & Mauss, I. B. (2018). The psychological health benefits of accepting negative emotions and thoughts: Laboratory, diary, and longitudinal evidence. The Journal of Positive Psychology, 13(6), 605–614. https://doi.org/10.1080/17439760.2017.1304466 ↩︎