
Escribo estas líneas sentada, en la terraza, viendo ese mar Pacífico que tanto amo. No es el mar más bonito ni el más tranquilo, tampoco tiene los colores del Caribe, pero sí fue el primer mar que conocí, el que guarda mis confidencias de adolecente, el que guarda mis secretos de adulta, el que vio el bautizo de mi hijo… No siempre fue así, no siempre fue mi favorito, pero aprendí a elegirlo y a amarlo a base de exposición y de crear memorias. Así son los lugares: nosotros los hacemos especiales. Aquí, desde mi bello puerto, me recupero del 2025 y me preparo para el 2026. Escribo estas líneas esperando que llegue la familia. Las risas, las discusiones, la «fila de la juzgación». Espero como agua de mayo —aunque sea diciembre— la llegada de la marabunta, de la gente que conforma mi núcleo familiar y a la que soy afortunada de tener.
¿Qué es para ti la familia? ¿Sangre o elección? ¿Quizá una mezcla de ambas? Yo tengo la dicha de haber elegido mi sangre. Y no la cambio por nada. Elijo una y otra vez a los primos que se han vuelto hermanos. A mi gente, a mi tribu. Aunque también soy afortunada de tener familia sin genética compartida. Tengo hermanas del alma a las que les confio a mis hijos, que pasan tiempo conmigo en el castillo, que con una llamada y sin preguntas me resuelven el momento, o al menos me escuchan sin juicio. En el 2025 aprendí quien era mi gente, pueden pasar largas temporadas sin vernos, pero son ellos a quien llamo primero cuando mi alma necesita compartir el peso de la vida o la emoción de un logro. Aveces incluso la ambivalencia. Momentos de amor y de sombra…
El 2025 fue un año de luces y sombras. No siempre densas, pero sí presentes. Y al mismo tiempo, también hubo amores que no se apagaron. Aprendí que el amor no siempre brilla. Que hay formas de amor que no iluminan el rostro, pero calientan el pecho. Amores que no se anuncian, pero sostienen. Amores que no quitan el frío, pero te recuerdan que no estás sola.
A veces pensamos que el amor es el fuego visible, la chispa, el relámpago. Nos limitamos al amor romantico. Sin embargo hay muchos tipos distintos de amor, en especial hay un tipo de amor que es brasa. Que permanece incluso cuando todo lo demás se apaga. Que no necesita llamar la atención porque ya encontró su lugar. Yo no soy llama. No soy el incendio que paraliza ni el fuego artificial que deslumbra. Soy más bien ese calor lento, persistente, que se esconde bajo la ceniza y que, sin que lo sepas, mantiene la estructura entera caliente. Soy el susurro en la tormenta que da cobijo, pero esa es otra historia… No soy espectáculo, soy sostén.
Pero sostener a veces cansa. Y este año me cansé. Del ruido. De las expectativas. De la exigencia de estar bien cuando no lo estaba. De fingir certezas cuando todo eran preguntas. Me cansé de explicar mis decisiones, de justificar mis ausencias, de tener que encajar en formas que nunca fueron mías.
Y en medio de ese cansancio, encontré una nueva forma de rendición. No la que se rinde al dolor, sino la que se entrega al presente. Porque entendí que no se trata de ganar. Que a veces la verdadera victoria está en dejar de pelear. En soltar la resistencia interna. En no defender más lo que duele.
El 2025 me rompió en lugares que no sabía que podían quebrarse. Y también me abrió espacios donde creí que no cabía nada más. Fue un año bisagra. Una frontera. Un punto de inflexión. Un umbral.
Quien ha visto mis fotos sabe que me gusta jugar con brillos y clarobscuros. Pienso mucho en la luz. En los amaneceres que prometen. En los atardeceres que cierran. Me gusta capturarlos, no solo con la cámara, sino con el cuerpo. Porque hay una vibración distinta cuando la luz cambia. Como si el universo respirara. Como si en esos segundos, todo se reordenara. A veces la transformación ocurre ahí, en ese instante casi imperceptible donde la oscuridad se hace dorada o la claridad se tiñe de nostalgia.
Así ha sido este ciclo: lleno de transiciones. De luces oblicuas. De sombras largas. De aprendizajes con el corazón en la mano. He entendido que no todas las sombras son amenaza. Algunas son refugio. Otras, revelación.
Ahora, viendo el mar, y su vaiven me reconozco. En este mar aprendí a reconocerme. No en la superficie que cambia con cada ola, sino en el fondo. Ese que no se ve desde arriba. Ese que hay que bucear. Porque si no sabes dónde estás parado, no puedes tomar impulso. Si no conoces tu fondo, cualquier ola te arrastra.
Y sí, a veces el mar ruge. Hace un estruendo cuando rompe. La espuma parece caos. Pero justo ahí, entre la espuma y el ruido, hay claridad. No siempre es visible, pero se siente. Es el momento en que el cuerpo se alinea y algo adentro dice: ahora. Es tiempo.
La calma no siempre es ausencia de ruido. A veces es un acuerdo interno. Un saber silencioso. Y es en esa calma donde se fragua el cambio real. No en la urgencia ni en el drama. En el espacio sereno donde dejamos de correr para empezar a caminar con dirección. Donde respiramos hondo y, por fin, elegimos.
Elegimos sanar, aunque duela. Elegimos amar, aunque dé miedo. Elegimos vivir, aunque no haya garantías. Elegimos mirar de frente, sin filtros, y decir: esto soy. Esto quiero. Aquí empiezo.
No es un proceso rápido. Ni glamuroso. Pero es sagrado.
Hoy, frente a este mar, le doy las gracias a la sombra por todo lo que me mostró. Por haberme obligado a detenerme. A mirar hondo. A nombrar lo innombrable. Porque la sombra no me destruyó. Me reveló. Y al hacerlo, me devolvió a la luz.
Así que si estás ahí, entre dos luces, en medio de una tormenta o justo antes del amanecer… resiste. Respira. Recuerda que también tú eres mar. Que tienes profundidad. Que guardas fuerza. Que puedes elegir amar incluso cuando todo parece incierto. Porque el amor —ese que no se desgasta con el uso ni se apaga con el miedo— también habita en la sombra.
Y si se cuida, se queda.
Este año, aprendí también que hay vínculos que no necesitan pruebas constantes. Que hay personas que te eligen desde su lejanía. Que el amor no siempre se demuestra con presencia, sino con presencia emocional. Que basta un “aquí estoy” sincero, aunque venga desde otro continente. Que hay lazos invisibles que no se rompen aunque no se toquen.
Y quizás eso sea lo más hermoso del amor: que no siempre necesita luz para existir. Que puede vivir en la sombra y seguir siendo amor. Que no necesita ser validado, ni expuesto, ni explicado. Que simplemente se reconoce, se honra y se agradece.
Para el 2026 no quiero grandes planes. Quiero calma. Quiero verdad. Quiero fuego lento. Quiero brasa. Quiero aprender a vivir sin armadura. Quiero quedarme donde soy bienvenida sin tener que gritar. Quiero amar sin juicio y ser amada sin condiciones. Quiero que mi sombra también tenga un lugar en la mesa. Quiero seguir capturando luces, pero también abrazar las penumbras. Porque ambas me habitan. Porque no hay brasa sin carbón. Porque no hay amanecer sin noche previa.
Y si tengo que elegir un solo propósito, que sea este: que la naturaleza de los demás no cambie la mía. Que no me vuelvan dura las durezas ajenas. Que no apague mi fuego quien no sabe calentarse. Que elijo una y otra vez ser amor, incluso cuando la sombra amenace. Porque de amor y de sombra… también se hacen los días más luminosos.


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