El Adiós a las armas

Porque hay guerras que se ganan cuando se deja de pelear.

Estudié en Inglaterra. Y allí, cada 11 de noviembre, a las once en punto de la mañana, guardábamos un minuto de silencio. Conmemorabamos el Día del Armisticio. Un ritual compartido por todo el país. Nos deteníamos. No importaba si estabas en clase, caminando por el pasillo o sirviendo el té. Todo se detenía.

En la solapa llevábamos una amapola roja de papel. Un símbolo simple, pero cargado de significado: la sangre derramada por los soldados durante la Primera Guerra Mundial.

Nunca olvidaré la solemnidad de esos momentos.

La Primera Guerra Mundial es, hasta hoy, uno de los periodos históricos que más me conmueve. No solo por la tragedia humana. Sino por lo que representó en la conciencia colectiva: la muerte de la inocencia moderna. Una guerra que comenzó por alianzas rígidas, nacionalismos inflamados, discursos polarizantes y hombres orgullosos. Y que terminó con más de 16 millones de personas muertas. Pero eso no fue todo. La forma en que los ganadores trataron a los perdedores después —el castigo, la humillación, la soberbia disfrazada de justicia— fue el combustible perfecto para que unas décadas más tarde se encendiera el fuego aún más feroz de la Segunda Guerra Mundial. La historia tiene ciclos. Y lo que no se cura, se repite.

A veces me pregunto si realmente entendemos lo que significa ganar.

O perder.

O vivir con dignidad después de haber sido vencido.

O sostener la humildad después de haber vencido.

Porque si al ganar humillas, castigas, cobras con interés emocional…No estás ganando. Estás sembrando. Y el universo —que no siempre se rige por lógica humana, pero sí por equilibrio— encuentra la forma de ajustar las cuentas. No siempre de inmediato. No siempre en la misma moneda. Pero encuentra el modo. La energía del pensamiento es semilla. Y si tu pensamiento es “joder al otro”, tarde o temprano, aunque no lo parezca, te joderán.

Las guerras no empiezan con bombas. Empiezan con palabras. Con narrativas. Con manipulaciones. Con mentiras repetidas tantas veces que parecen verdades. Con ideas que se repiten en voz baja hasta volverse creencia. Con identidades que se aferran a la herida y no saben existir sin enemigo.

Las relaciones humanas, en pequeña escala, funcionan igual. Parejas que convierten el amor en campo de batalla. Hermanos que ya no saben cómo pedir perdón. Socios que llevan cuentas emocionales como si fueran contadores del alma.

Ganarle a alguien no te vuelve más fuerte. Honrar el vínculo aunque duela… sí.

Ernest Hemingway lo entendió. En su novela A Farewell to Arms (El Adiós a las armas), escrita tras haber servido como voluntario en la Primera Guerra Mundial, habla del absurdo de la violencia. Del vacío después del fuego. Del amor como resistencia. Y del cansancio de ser un hombre que solo conoce la guerra.

Escribió:

“The world breaks everyone and afterward many are strong at the broken places.”

(El mundo rompe a todos y, después, muchos son fuertes en los lugares rotos.)

Qué verdad tan rotunda. Pero para que eso ocurra, primero hay que permitir que algo muera. Una forma de pensar. Una forma de reaccionar. Una narrativa interna que ya no sirve más.

Hoy, más de cien años después del Armisticio, me doy cuenta de que esa amapola roja también podría estar bordada sobre el pecho de todos nosotros. Porque todos hemos vivido guerras. Internas, emocionales, generacionales. Y todos, a nuestra manera, hemos tenido que hacer paz con algo o con alguien. Y a veces, también con nosotros mismos.

Las relaciones interpersonales, como las naciones, se sostienen sobre acuerdos no dichos. Y cuando esos acuerdos se rompen, hay dos caminos: la venganza o la verdad. El castigo o la compostura. La rabia o la responsabilidad.

Y aquí es donde vuelvo al corazón de todo esto: las historias que nos contamos.

¿Te envenenan o te engrandecen?

¿Te hacen víctima o te hacen libre?

¿Te impiden soltar o te permiten transformarte?

Porque sí, hay pérdidas que duelen. Injusticias que hieren. Finales que llegan sin explicación. Pero seguir contándote la misma historia una y otra vez solo prolonga la guerra. Tu cuerpo lo sabe. Tu biología responde.

La medicina de estilo de vida ha mostrado que lo que piensas, lo que crees, lo que repites en tu mente, tiene impacto directo en tu sistema nervioso, tu metabolismo, tu salud inmunológica. Y cuando decides perdonar —no por debilidad, sino por sabiduría— liberas un torrente bioquímico real: menos cortisol, más oxitocina, más coherencia cardíaca. Menos inflamación. Más paz.

“El perdón se asocia con niveles más bajos de ansiedad y depresión, así como con mejores indicadores de salud fisiológica, incluyendo la presión arterial y la respuesta inmunológica.”

Psychological Science in the Public Interest, 2017

A veces parece que vas perdiendo. Desde afuera todo indica que retrocedes, que callas, que cedes. Pero lo que nadie sabe… es que ya ganaste. Porque los mejores triunfos no hacen ruido. Se viven en silencio. No necesitan testigos ni trofeos. Generalmente, entre más estruendosa es la derrota, más grande es el vacío que se intenta llenar para no caer solo.

Hay batallas que se eligen. Y hay otras que, con plena conciencia, se dejan pasar. No por cobardía. Sino por sabiduría. Porque no toda guerra merece tu energía, ni toda victoria vale el precio de tu paz.

La verdadera batalla no siempre está afuera. La verdadera batalla es la conciencia con la que haces las cosas.

¿Desde dónde eliges?

¿Desde la herida, o desde la verdad?

¿Desde la rabia, o desde la raíz?

¿Desde el ego, o desde la paz?

Tal vez esa sea la única victoria que realmente importa: no ganar contra otros, sino hacer las paces contigo.

Este Armistice Day no quiero solo hablar de historia. Quiero hablar de paz. De ese momento en que dejas de defender tu ego como si fuera tu país. De ese instante en que decides que ya no quieres tener la razón, sino estar en paz. De ese día en que sueltas la narrativa antigua, incluso si tenías razón. No por debilidad. Sino porque ya entendiste que la fuerza no siempre está en pelear, sino en soltar la espada.

Hoy me puse una amapola invisible. En el pecho. Por todas las guerras que he peleado en silencio. Y por todas las veces que he aprendido a perder sin dejar de amarme.

Y tú, ¿a qué guerra le vas a decir basta hoy?

Porque si no sueltas las armas, si no haces las paces contigo, te vas a quedar atrapado en trincheras que tú mismo cavaste. Y lo que no sueltas, te persigue hasta que te alcanza. Porque tarde o temprano, lo que no transformas, te destruye. Y si no dices adiós a tiempo —como en aquel título que lo supo antes que todos—,entonces prepárate…porque la guerra que no terminas no se disuelve: se pudre.

Y lo podrido, contamina todo lo que toca.


Comentarios

2 respuestas a “El Adiós a las armas”

  1. Leerte es un bálsamo para el alma. Tus reflexiones profundas y sentidas, resuenan conmigo de manera especial.

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    1. Gracias gracias gracias! Gracias por tomarte el tiempo de leer estas líneas!

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