
Hace casi un año tuve la oportunidad de cenar con una pareja. Una pareja compleja, supongo que como tantas. Hablo de ellos como pareja porque, al menos en papel, seguían juntos. Aunque claro, eso también lo hacen muchas sociedades mercantiles que no se hablan fuera de las reuniones contables. Lo que vi esa noche, como muchas otras, no fue amor. Fue teatro. Un teatro donde, por lo menos una de las partes —la que a mí me importa por nuestro propio vínculo— ha sido manipulada desde el primer acto.
Y mientras hablaban, observé. Porque a veces la única forma de no enredarse más es guardar silencio y mirar. Vi cómo una relación puede convertirse en un campo minado de pequeñas venganzas, de frases pasivo-agresivas disfrazadas de cortesía, de reclamos soterrados detrás de un brindis.
Vi lo que somos muchos cuando no tenemos el valor de hablar con la verdad: contadores emocionales. ¿Te has dado cuenta de que hay relaciones que se administran y no se viven? Vivir no es acumular gestos, ni negociar afectos. Vivir es habitar vínculos con presencia y verdad. Tal vez por eso, las relaciones más vivas no se administran. Se respiran. Se luchan, se enfrentan.
Nos pasamos la vida llevando una cuenta interna. Tú hiciste A, así que yo hago B. Yo cedí aquí, tú me debes allá. Como si el amor pudiera medirse en puntos o devoluciones. Como si se tratara de justicia contable y no de libertad compartida. Haz una pausa. Piensa en esa relación donde todo parecía correcto, pero algo se sentía… contado.¿Cuántas veces cuidaste más la cuenta que el corazón?
Hay relaciones que solo flotan mientras el mar está en calma. Pero basta una tormenta, y el barco muestra las grietas. Grietas que siempre estuvieron ahí… pero que aprendimos a no mirar.
Y cuando la tormenta llega, cuando todo lo bonito se descompone un poco, entonces sale el cobre. Las sonrisas se apagan. La voz se afila. Aparecen los reproches, los balances, los “yo te di”, “yo te aguanté”, “yo hice todo esto por ti”. En cuanto el clima cambia, sacan el cuchillo envuelto en terciopelo.
El amor, si alguna vez estuvo, se convierte en facturación emocional. Y entonces, quien parecía amar… comienza a cobrar.
El problema de estas relaciones no es solo lo que hacen, sino lo que enseñan. Que amar es deber. Que cuidar es negociar. Que callar es virtud. Nos entrenan para aguantar, no para elegir. Para complacer, no para ser libres. Y cuando uno ya está en ese ciclo, todo se vuelve deuda. Porque no hiciste lo suficiente. Porque no te portaste “como debías”. Porque no adivinaste lo que el otro esperaba. Porque no pagaste el precio invisible del cariño condicional.
Vivimos haciendo depósitos de afecto esperando intereses. Pero el amor no es una cuenta de ahorros. Y a veces, lo que parece inversión… es esclavitud emocional con firma en cursiva.
He conocido personas —muchas— que mientras todo está en calma son encantadoras. Que saben jugar el papel perfecto del amor mientras todo fluye a su favor. Pero que, en cuanto las cosas se complican, se transforman en verdugos suaves. No gritan. No golpean. No se van. Se quedan. Pero castigan. Sutilmente. Con distancia, con sarcasmo, con frialdad, con culpa. Y tú, desde la confusión, te preguntas: ¿Qué hice mal? ¿En qué momento cambió todo?
Sin darte cuenta de que nunca fue lo que pensabas. Solo era una estructura conveniente. Y cuando deja de convenir… deja de fingirse. Hay vínculos que no se rompen… porque ya están rotos desde hace tiempo.
Cuando cae el telón, lo que queda en el escenario no es amor. Es estrategia. Es deuda. Es miedo a quedar solos en la butaca. Y lo más feroz no es descubrir que nos manipularon. Es admitir que también fuimos cómplices.
Que sabíamos.
Y nos quedamos.
Que todos los sacrificios nunca valieron la pena.
Que no merecíamos perder todo lo que perdimos.
Que pudimos haber escrito una historia diferente.
Y que pusimos los huevos en la canasta equivocada.
Hay algo profundamente cruel en darte cuenta de que algunas personas no estaban cerca de ti por amor, sino por conveniencia. Que no les importaba tu esencia, sino tus gestos, tu presencia útil, tus respuestas fáciles. Sin embargo, cuando esa verdad asoma, preferimos justificarla.
Pero una relación sin verdad es solo una habitación con el eco del pasado. Y en ese eco, nos vamos desdibujando.
El amor real no se mendiga ni se exige. Se da libre, o no es. Y si tienes que medirlo para sentirte seguro, entonces no es amor. Es hambre.
Lo entiendo. Porque todos, en algún punto, tuvimos hambre. De afecto, de pertenencia, de sentirnos vistos. Pero una cosa es tener hambre. Y otra es acostumbrarse al menú envenenado.
Muchos vínculos, aunque parecen íntimos, operan bajo un modelo de deuda emocional o amor transaccional. En estos vínculos, el cuidado no es libre, sino condicionado; el afecto no es espontáneo, sino estratégico. Lo que parece amor, a veces es solo una transacción camuflada con palabras bonitas. La psicóloga Barbara Fredrickson ha explicado cómo la reciprocidad auténtica genera bienestar neuroquímico, mientras que las dinámicas de control y vigilancia emocional activan el sistema de amenaza del cerebro, comprometiendo incluso la función inmune .
En términos clínicos, las relaciones donde el afecto se intercambia como moneda generan estrés relacional crónico, un fenómeno ampliamente estudiado que puede derivar en trastornos de ansiedad, agotamiento, e incluso alteraciones hormonales y metabólicas .
En relaciones crónicamente hostiles, el sistema nervioso autónomo entra en hiperactivación. El cortisol sube. La oxitocina se apaga. La serotonina cae. La inflamación silenciosa se convierte en norma, no en excepción. Los conflictos de pareja persistentes alteran incluso la expresión genética de nuestras células inmunes, haciéndonos más vulnerables a infecciones, fatiga crónica e incluso enfermedades autoinmunes
El cuerpo también sabe cuándo lo están manipulando… aunque uno insista en no verlo. Sabe cuándo hay ternura… y cuándo hay cálculo. El sistema nervioso no se deja engañar por los balances emocionales: solo reacciona al amor real.
Así como hay alimentos que nos sanan o nos intoxican, hay vínculos que también modulan nuestra bioquímica. No es drama. Es fisiología.
A veces, la libertad duele más que la cárcel. Pero una vez que respiras fuera del guion… ya no puedes volver a actuar como si no supieras. O puedes, pero… ¿A que precio?
A veces, para saber quiénes somos, necesitamos recordar de dónde venimos. Y otras veces, necesitamos encender el fuego.
Notas y referencias
- Fredrickson, B. L. (2013). Love 2.0: How Our Supreme Emotion Affects Everything We Feel, Think, Do, and Become. Hudson Street Press.
- Pietromonaco, P. R., Uchino, B., & Dunkel Schetter, C. (2013). Close relationship processes and health: Implications of attachment theory for health and disease. Health Psychology, 32(5), 499–513.
- Kiecolt-Glaser, J. K., Gouin, J. P., & Hantsoo, L. (2010). Close relationships, inflammation, and health. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 35(1), 33–38.


Deja un comentario