La cocina que heredé sin saberlo

Un homenaje a la figura materna y al alimento que trasciende el cuerpo

Una de las ultimas creaciones de mamá… un pastel de Chocolate Dubai para festejar el cumpleaños de su nieto.

La cocina de mi madre no es una cocina.

Es un templo.

Es un laboratorio.

Es un refugio.

Es una forma de amar sin pedir permiso.

Mi madre ha sido esa figura que se encuentra —sin falta— en el centro de un remolino de aromas, cuchillos, cacerolas y fuego. Siempre rodeada de recetas que no necesita leer, de medidas que no pesan gramos, sino intuiciones. Como una hechicera antigua, aprendida en los secretos del corazón y la sazón, que convierte los ingredientes más simples en medicina.

No cocinaba solo para alimentar. Cocinaba para cuidar. Cocinaba para decir “te quiero” sin decirlo. Cocinaba para estar cerca, para sostenernos en silencio cuando la vida dolía.

He visto a mi madre sanar con un caldo lo que otros no pudieron. He sentido su compañía en platos que aparecían mágicamente cuando más lo necesitaba. Y he entendido que el amor verdadero es ese que se entrega en actos pequeños, constantes, casi invisibles… como revolver una olla mientras cae la tarde.

Hoy me toca ver cómo mis hijos reconocen eso también. Para ellos no hay mejor cocina que la de su abuela. Y no importa cuánto me esfuerce, mi hijo mayor me lo recuerda a menudo: “aquí no se come como en casa de la abuela” me dice sin piedad.

Y tiene razón. Porque no se trata solo del sabor. Es que hay algo en sus albóndigas con arroz que yo no he logrado descifrar. Algo que no está en los ingredientes, sino en el alma que los mezcla.

La figura materna —biológica o no— deja una marca imborrable en nosotros. A veces amorosa, a veces confusa, a veces rota. A veces nos condiciona, nos limita, nos hiere sin querer. Y otras, es un impulso. Una fuente de sabiduría, de sostén, de identidad. La madre que fuimos, la que no tuvimos, la que deseamos, la que extrañamos. Todas viven en algún rincón de nuestra psique. Y en la adultez, aprendemos a reconciliarnos con esa figura, con esa herida o con ese legado.

Siempre he pensado que cocinar es una forma silenciosa de maternar. Y hay mujeres —madres o no— que se convierten en esas figuras que nos alimentan el alma. Porque alimentar es un acto ancestral de amor. Y cuando alguien cocina para ti, no solo está ofreciendo comida. Está diciendo: “me importas”.

En muchas tradiciones, los alimentos preparados en casa —especialmente los caldos, infusiones y guisos— son considerados medicinas en sí mismas. Las medicinas tradicionales, desde la medicina china hasta la ayurvédica, curan desde la cocina mucho antes que desde la farmacia. Y hoy lo sabemos también desde la evidencia científica: la forma en que cocinamos afecta profundamente nuestra salud. Freír o recalentar constantemente ciertos alimentos puede generar subproductos como las aminas heterocíclicas y los compuestos avanzados de glicación (AGEs), que favorecen inflamación, envejecimiento y enfermedades metabólicas[1].

Por eso la medicina de estilo de vida no solo nos invita a elegir bien los ingredientes, sino también el modo de preparación[2]. Cocinar lento, con agua, con cocciones suaves, puede preservar antioxidantes y micronutrientes esenciales, además de reducir los efectos nocivos de la oxidación o la exposición a altas temperaturas.

Esa es, quizás, la explicación médica detrás de lo que ya sabíamos en el alma: las pociones de mamá sí curan. No solo porque alimentan el cuerpo. Sino porque —en su alquimia— nos devuelven algo más: presencia, cuidado, pertenencia.

Y a veces, eso basta para seguir adelante. Una sopa caliente puede ser el antídoto a la soledad. Un plato servido sin pedirlo, la respuesta al cansancio que nadie más notó.

Celebro hoy la vida de mi madre, y no nada más porque justamente hoy, 24 de Septiembre sea su cumpleaños. Así como la celebro a ella, también celebro a todas esas figuras que cocinan desde el corazón. A las que alimentan sin pedir nada. A las que transforman su cocina en refugio.

Gracias, mamá, por todo lo que curaste sin saberlo, por los silencios que llenaste con sopa caliente, por las veces que cocinaste aunque tú estuvieras rota. Gracias por enseñarme —sin palabras— que el amor no se mide en abrazos ni discursos, sino en el calor de un guiso, en el vapor de una olla, en la ternura de servir antes de sentarte tú.

Hoy te celebro. Como madre, como alquimista, como raíz. Y también me celebro a mí, por venir de ti. Porque tus manos enseñaron a mis manos a cuidar. Y porque tus recetas no solo viven en papel, viven en mis hijos. Y ellos también saben, aunque no lo digan, que cuando cocinas tú… el alma también se sienta a la mesa.

Para ti que estas leyendo estas lineas: ¿Qué es eso que te sostiene todavía? ¿Eso que sigue vivo en ti gracias a ella? ¿Hay una receta que huela a infancia? ¿Un gesto que repites sin darte cuenta? ¿Un sabor que te cura más que cualquier medicina?

A veces, el verdadero legado no viene envuelto en palabras. Viene servido en platos humeantes, en guisos sencillos, en actos de cuidado que siguen alimentando… mucho después de que terminamos de comer.


[1] Uribarri, J., et al. (2010). Advanced glycation end products in foods and a practical guide to their reduction in the diet. Journal of the American Dietetic Association, 110(6), 911-916.

[2] Monteiro, C. A., et al. (2019). Ultra-processed foods: what they are and how to identify them. Public Health Nutrition, 22(5), 936–941.