El Coronel no tiene quien le escriba

Sobre las cartas que esperamos y las historias que podemos escribirnos

Hay quienes esperan una carta. Otros esperan una señal. Pero, en el fondo, lo que realmente se espera… es un sentido. Una confirmación de que lo vivido no fue en vano. Un mensaje —aunque no venga en sobre cerrado— que diga: estás en el camino correcto. Una palabra que nos legitime. Que nos devuelva el aliento. Que nos permita quedarnos.

Quizá tú, como yo, eres aún o fuiste un coronel.

Gabriel García Márquez escribió El coronel no tiene quien le escriba como quien talla en hueso el retrato del abandono. Un hombre mayor espera, por años, una carta que nunca llega. La promesa de una pensión que le adeudan por haber servido a su país. Vive en la miseria. Alimenta a su gallo —único vestigio de esperanza— mientras el hambre roe las paredes, y su mujer le pide que, por fin, se rinda. Como en los cuentos de Kafka o los silencios de Rulfo, el coronel habita un mundo donde la espera se vuelve atmósfera[1]

Pero él no se rinde. Porque la esperanza, dicen, es lo último que se pierde. Y hay quienes hacen de ella una forma de vida.

Una religión.

Un hábito.

Una trampa.

Sí, una trampa.

Porque a veces el orgullo lo disfrazamos de tenacidad, y la esperanza se vuelve terquedad. Porque lo más difícil no siempre es soltar el sueño… sino soltar la forma en que nos apegamos a él. Lo más difícil es saber cuándo detenerse y cuándo seguir. Y más aún: actuar sin certezas, avanzar sin garantías, y cambiar sin saber si el nuevo camino traerá algo mejor.

La espera se vuelve cómoda. Porque mientras se espera, no se decide. No se arriesga. No se fracasa. No se enfrenta el miedo de equivocarse. Y sin embargo, en esa aparente seguridad, se marchita la vida. La esperanza se sienta en el umbral como una anciana tejiendo con hilos de humo una puerta que no se abre. Una puerta que quizá nunca estuvo cerrada… solo mal encuadrada por el miedo.

Esperar que cambie el otro.

Esperar que llegue el trabajo ideal.

Esperar que el sistema nos ofrezca justicia.

Esperar que alguien nos venga a salvar.

Y no estamos solos en eso. Millones de personas esperan también:

— Madres que aguardan noticias de sus hijos desaparecidos.

— Comunidades que esperan justicia ambiental.

— Pueblos enteros que esperan que la historia les devuelva lo que el poder les quitó.

La espera, en su forma más profunda, no es solo personal. Es estructural. Es humana. Pero no se necesita matar un sueño. A veces basta con matar un pensamiento. Un proceso mental. Una forma repetida de mirar la vida que ya no nos sirve. Renacer no es traicionar lo que deseamos, sino encontrar otros caminos para alcanzarlo.

Como le decía a una paciente en consulta:

—“Sí, entiendo que creas que no puedes… pero eso solo habla de que aún no has descubierto cómo sí podrías.”

Porque lo contrario a la espera no es la desesperación. Es el hacer. El moverse. El escribirnos, aunque no llegue respuesta. Es construir el puente mientras aún sentimos que estamos cayendo. Es mandar la carta que quisiéramos recibir. Es nombrarnos cuando nadie más nos nombra. Es florecer, incluso cuando nadie está mirando.

Y sí, a veces eso implica saltar al vacío. Soltar la rama seca y confiar en que algo, en algún lugar, sostendrá la caída. Que lo que está destinado a ser, será. Que en ese salto se siembra una nueva posibilidad.

Hoy te invito a que mires con ternura tus propios espacios de espera. ¿Qué cosas llevas demasiado tiempo postergando, soñando o pidiendo hacia afuera? ¿Qué otras formas podrían abrirse si dejaras de esperar la carta y empezaras a escribirte la tuya? ¿Dónde te estás escondiendo detrás de la esperanza para no actuar?

Tal vez, como el coronel, no tienes quien te escriba. Pero eso no significa que estés solo. Significa que es tiempo de tomar la pluma y contarte a ti mismo la historia que mereces escuchar.

Y si alguna vez llega una carta… Quizá no sea la que esperabas. Pero podría ser justo la que necesitas. Una que venga de ti mismo, o de alguien completamente inesperado. Una que no confirme tus expectativas, pero sí tu valía. Porque la vida no espera. Y tú tampoco deberías hacerlo.

Y quizá un día, el coronel —ese viejo símbolo de la espera eterna— reciba por fin su carta. No aquella sellada por el Estado ni firmada por las manos que le fallaron, sino una escrita con tinta de vida vivida. Una carta que diga: valió la pena no rendirse. Porque hay sueños que no llegan cuando queremos, pero llegan cuando estamos listos para recibirlos.

Porque incluso los que esperan en silencio también florecen.

Porque a veces, los sueños más hondos no se cumplen como los imaginamos… se cumplen mejor.


[1] Franz Kafka retrató en sus relatos el absurdo de sistemas burocráticos, la alienación y la espera como castigo existencial, como en El proceso o El castillo. Juan Rulfo, en cambio, pintó en Pedro Páramo y El Llano en llamas un México desolado, donde el silencio, la muerte y la ausencia tejían el mundo interior de sus personajes. Ambas obras convergen con el universo del coronel: donde nadie responde, el tiempo se estanca y el sentido parece esfumarse