Es extraño extrañar…

A veces, lo más lejos no es la distancia, sino la ausencia.

Mi hijo pequeño tiene siete años. Y esta semana, por primera vez, se fue de campamento.

Alguien que me vio esos días me preguntó, con una mezcla de humor e ironía: “¿Y cómo está la mamá helicóptero?”. La pregunta me hizo reír. No me considero una mamá helicóptero. En todo caso, soy bastante poco aprensiva. Siempre he pensado que si algo tiene que pasar, pasará —esté o no esté ahí. Pero me hizo recordar algo incómodo: en una escuela de cuyo nombre no quiero acordarme, alguna vez dijeron de mí que era una mamá ausente. Me lo repitieron con tal convicción, que incluso sabiendo que no era cierto, me hicieron dudarlo. La realidad es que estoy más que presente para mis hijos, ellos lo saben, yo lo sé, no necesitamos reconocimiento ajeno para validar el vínculo.

Hoy me río de eso, como me río de muchas otras cosas. Porque he aprendido que lo que otros ven —o creen ver— en mí, suele estar más ligado a lo que les falta que a lo que yo soy. En aquella escuela que tanto hablaba de presencia emocional, lo que más escaseaba era justamente eso: la capacidad real de mirar, de contener, de acompañar. Es curioso cómo algunas instituciones se especializan en nombrar lo que no saben habitar. Quizá por eso, cuando alguien no está, yo no lo extraño con ansiedad. Porque aprendí temprano que la presencia no siempre coincide con la cercanía física… y que la ausencia, a veces, pesa más cuando alguien está pero no te ve.

El punto es que mi Benjamín se fue. Y yo… no me angustié. Ni lo pensé demasiado. No me pasé las noches viendo la hora, ni tuve sobresaltos imaginando tragedias. No sentí un hueco. No lo “extrañé” como se supone que debería extrañarlo. Y eso me hizo pensar: ¿será que algunos estamos codificados para extrañar menos? ¿Será genética, ambiente, carácter? ¿Una mezcla de todo?

A veces, lo que no sentimos también habla. Lo que no duele también enseña. Y lo que no nos falta revela algo de lo que nos habita. Así fue como empecé a preguntarme si el “extrañar” es una construcción emocional universal… o una configuración más íntima, biológica, silenciosa.

Crecí en España, lejos de una parte de mi familia, pero cerca de otra. Aprendí a estar sola desde niña. Aprendí a moverme en entornos nuevos y a construir hogar en lo que tuviera a mano. Y quizá por eso, honestamente, no extraño. No tengo esa sensación. No siento vacío cuando alguien no está. Puedo estar presente y disfrutar profundamente, y luego seguir sin nostalgia.

Pensaba que la mayoría de la gente era así. Pero después de algunas conversaciones con personas cercanas me di cuenta de que no, que mucha gente sí extraña. Y entonces me surgió una pregunta que no he podido soltar: ¿Por qué extrañamos?

La neurociencia y la genómica nos dan algunas pistas. Existen variantes genéticas relacionadas con neurotransmisores como la dopamina, la oxitocina y la serotonina, que modulan nuestro apego, nuestra propensión a la nostalgia, y hasta nuestra capacidad para regular la emoción social del “echar de menos”. Por ejemplo:

  • OXTR rs53576 (G/A): Este polimorfismo en el gen del receptor de oxitocina ha sido relacionado con diferencias en empatía, confianza y apego afectivo. Personas con el alelo G suelen tener una mayor tendencia a formar lazos cercanos y sentir más profundamente la ausencia del otro1.
  • SLC6A4 (5-HTTLPR): Esta variante del transportador de serotonina influye en la sensibilidad emocional. Portadores del alelo corto tienden a tener una mayor reactividad emocional y, por ende, una tendencia más marcada al sufrimiento por separación2.
  • DRD4 7R: Asociado con conductas de búsqueda de novedad y menor aversión al desapego, lo cual podría explicar por qué algunas personas necesitan menos contacto constante para sentirse vinculadas3.

Yo tengo algunas de estas variantes que, paradójicamente, me hacen menos propensa a extrañar… pero muchísimo más empática.

Y esa fue otra sorpresa. Porque si no extraño, ¿cómo es posible que me afecten tanto los otros? ¿Cómo puede convivir, en una misma alma, la lejanía emocional con la entrega profunda? Tal vez la respuesta no está en el apego, sino en la forma en que sentimos el dolor ajeno como si fuera propio.

Mis niveles de empatía, según mi perfil genómico, son altos. Muy altos. Lo cual es, a veces, una bendición y a veces una batalla. Porque sí, puedo conectar con el dolor ajeno con una facilidad casi sin filtros. Las historias de otros se me quedan. Me atraviesan. Me transforman. Sus pérdidas, sus miedos, sus logros, sus renuncias. Me es imposible desvincularme emocionalmente.

Y por eso, para no perderme, tengo que recordarme constantemente que cada quien tiene su camino. Que no puedo cargar los procesos ajenos como propios. Que acompañar no es absorber. Que amar no es invadir. Que contener no es perderme.

Quizá por eso no extraño. Porque vivir con los brazos abiertos es una forma de permanecer, aunque no haya presencia física. Porque muchas veces lo que nos une no necesita nombre ni cercanía, solo una disposición profunda a sentir sin poseer.

Alguna vez leí una frase de Nilda Chiaraviglio que me marcó profundamente: “Solo los tontos se enamoran. La gente completa, ama.”

Y me hizo tanto sentido. Cuando estás completo, amas desde la abundancia. Desde el deseo de compartir, no desde la necesidad de que alguien llene tus vacíos. No desde el hambre, sino desde el deseo de nutrir.

Pero cuando extrañamos de forma intensa, casi con desesperación… ¿no es eso, acaso, una forma de mostrar que algo nos falta? ¿O será que incluso desde la completud, podemos echar en falta lo compartido, lo vivido, lo amado?

Es probable que el acto de extrañar no siempre sea dependencia, pero tampoco es neutro. Nos revela lo que valoramos, pero también lo que nos cuesta sostener sin el otro. Nos invita a vernos con honestidad: ¿desde dónde nos vinculamos? ¿Desde la libertad o desde la herida?

Y entonces surge otra pregunta que llevo tiempo masticando: ¿Qué pesa más: las palabras o las acciones?

¿Quién extraña más: quien lo dice o quien lo demuestra en lo pequeño, sin nombrarlo?

Cuando era adolescente, solía repetir una frase que todavía me acompaña: “No tiene más razón el que más grita.” Yo no era de confrontar de forma dramática, pero eso no significaba que no me importara. No necesitaba levantar la voz para saber que algo no estaba bien. Y he aprendido que tampoco necesito tener la razón. Ni que me validen cuando señalo lo que duele o lo que falta. Lo que anhelo es presencia. Lo que busco es coherencia.

Y cuando eso no llega —cuando todo se queda en palabras, cuando el gesto se ausenta—, entonces no es solo que se pierda la esperanza: se empieza a deshilachar la conexión. Porque una puede sostener durante un tiempo, pero no para siempre.

¿Cuánto puedes estar para otros cuando no están para ti?

¿Hasta dónde llega el amor?

¿Hasta dónde llega el respeto —por los demás y por una misma?

Este texto no es una respuesta. Es un eco. Una pregunta que lanzo al universo:

¿A quién extrañas tú? ¿Y quién te extraña a ti?

Y más aún: ¿qué haces con ese vacío?

¿Lo llenas con presencia? ¿Con memoria? ¿Con ilusión?

¿O lo habitas en silencio? Como quien camina descalzo sobre su propio corazón.

  1. Rodrigues, S. M., Saslow, L. R., Garcia, N., John, O. P., & Keltner, D. (2009). Oxytocin receptor genetic variation relates to empathy and stress reactivity in humans. Proceedings of the National Academy of Sciences, 106(50), 21437–21441. https://doi.org/10.1073/pnas.0909579106
  2. Canli, T., & Lesch, K. P. (2007). Long story short: The serotonin transporter in emotion regulation and social cognition. Nature Neuroscience, 10(9), 1103–1109. https://doi.org/10.1038/nn1964
  3. Bakermans-Kranenburg, M. J., & van IJzendoorn, M. H. (2011). Differential susceptibility to rearing environment depending on dopamine-related genes: New evidence and a meta-analysis. Development and Psychopathology, 23(1), 39–52. https://doi.org/10.1017/S0954579410000635