Los acuerdos que nos sostienen

Cada anillo en la madera es un año cumplido. Un pacto con el tiempo. Así también los acuerdos: nos van formando, capa sobre capa, hasta que un día se vuelven parte de quienes somos.

Hay algo profundamente humano en hacer acuerdos. En ese momento íntimo donde una mirada, una palabra o incluso un mensaje breve dice: “cuento contigo”, “puedes contar conmigo”. Acordar es tejer un puente invisible entre dos personas. Es decir: voy a estar. Voy a cumplir. Voy a cuidar este hilo que estamos construyendo.

Y, sin embargo, vivimos en una época donde las promesas se rompen con una ligereza pasmosa. Se cancela en el último momento (y aveces sin avisar). Se olvida lo que se dijo. Se asume que lo no escrito no obliga. Pero el alma sí recuerda. Y no porque necesite tener la razón, sino porque está diseñada para buscar coherencia. Para confiar.

Hacer un acuerdo —por más pequeño que sea— implica una responsabilidad moral. Tal vez no haya consecuencias legales si faltamos a él, pero sí hay un costo: la credibilidad. Ante los ojos del otro y, lo que es aún más delicado, ante nuestros propios ojos. Cada vez que no cumplimos lo que dijimos, se erosiona un poco esa fibra invisible de nuestra palabra, como si cada promesa rota nos alejara de la versión más íntegra de quienes somos.

He pensado mucho en esto últimamente. En los acuerdos que me han dolido. En los que no supe sostener. En los que creí que no importaban tanto. En lo fácil que es justificarse —el cansancio, el caos, la vida— y lo difícil que es volver a mirar de frente a alguien que ya no cree en ti. He pensado también en la belleza de quienes sí cumplen. De quienes están. De quienes llegan. Aunque no digan nada, aunque estén en silencio, aunque lo único que tengan para dar sea su constancia.

Porque la constancia es una forma de amar. No la más romántica, pero sí una de las más profundas. Es el arte de decir “importas” sin tener que decirlo. Y eso, en un mundo de ruido, es un regalo.

Los acuerdos son la base de toda relación sana. Son el terreno donde germina la confianza. Cuando esa base se fractura, cuando la palabra deja de tener peso, todo se vuelve inestable. No hay confianza sin consistencia. No hay seguridad sin previsibilidad.

Desde la neurociencia, esto tiene sentido. Nuestro cerebro está programado para identificar patrones y predecir comportamientos. Es un mecanismo evolutivo que nos permite sobrevivir. Cuando alguien rompe un acuerdo, se activa la corteza prefrontal dorsolateral, responsable de la toma de decisiones, junto con la amígdala, que detecta amenazas o inconsistencias. El cerebro toma nota. Y no olvida.

En estudios sobre predictive coding (Friston, 2005; Rao & Ballard, 1999), se ha demostrado que el cerebro crea modelos internos para anticipar lo que sucederá. Si tú, por ejemplo, acuerdas encontrarte conmigo todos los miércoles, mi cerebro construye una expectativa: “los miércoles, cuento contigo”. Pero si cancelas una vez, luego otra, luego no respondes, el patrón cambia. Y junto con él, cambia mi conducta. Dejo de confiar. Dejo de contar contigo. O peor: dejo de contar conmigo cuando estoy contigo, porque siento que no tengo dónde apoyarme.

Y es que no se trata solo de fallarle a otro. Se trata también de cómo nos sentimos al fallarnos a nosotros mismos. Cuando decimos: “voy a dormir temprano”, “voy a dejar de contestar mensajes después de las 10”, “voy a cuidar mi cuerpo”… y no lo hacemos, hay una voz interna que registra la inconsistencia. Esa voz no grita, pero guarda memoria. Y poco a poco, nos creemos menos. Dudamos más. Dejamos de respetar nuestras propias fronteras. Y desde ahí, todo se tambalea.

Honrar un acuerdo es honrar la palabra. Es recordarnos que tenemos poder. Que nuestra palabra crea realidad. Que cuando decimos algo, y lo sostenemos, estamos construyendo no solo relaciones más confiables, sino una versión más sólida de nosotros mismos.

También he aprendido a leer el valor de los acuerdos. A distinguir entre quien tiene peso en su palabra y quien sólo lanza buenos deseos al viento. A saber que, al final, no todo el mundo tiene la intención —ni la capacidad— de sostener lo que dice. Y que en eso también hay información.

Creo que, con el tiempo, tendemos a gravitar hacia la confiabilidad más que hacia el encanto. Elegimos flores reales en lugar de plásticas. No lo sé —quizá es una elección personal, quizá es mi escepticismo hablando—, pero lo que sí sé es que hay cosas que me gustaría que sucedieran, y algunas simplemente no están en mis manos. En esos casos, solo queda confiar. Aun así, ni con todo mi realismo mágico puedo sostener un acuerdo de forma unilateral. Quizá el deseo no basta. Quizá el deseo, para volverse acto, necesita de algo más profundo: coherencia. A veces, hay una discordancia incómoda entre lo que quiero creer y lo que realmente es. Y aprender a ver esa distancia con claridad, sin adornos, también es parte del amor propio.

Yo he aprendido —a veces a la mala— que no todo debe prometerse. Que no todos los acuerdos merecen ser hechos. Pero que si se hacen, hay que cuidarlos como se cuida lo sagrado. He aprendido a preferir el silencio antes que una promesa frágil, una de esas que no sé si podré —o siquiera quiero— cumplir. A detenerme antes de decir “sí”, y preguntarme honestamente: ¿de verdad quiero esto?, ¿de verdad puedo con esto?, ¿es justo para mí… y para el otro?

Y cuando digo que sí, me esfuerzo en estar. Sé que no siempre lo logro. Pero intento fallar menos. Y, sobre todo, intento no fallarme. Porque los acuerdos que me sostienen, no son solo los que hago con los demás. Son también los que hago conmigo. Son los límites que me protegen, las decisiones que me honran, los rituales que me ordenan. Son esos silenciosos pactos internos que me recuerdan que, incluso en el caos, puedo ser confiable para mí.

Y desde ahí, puedo ser confiable para el mundo.

Y entonces viene la pregunta difícil.

No sobre el otro.

Sobre ti.

¿Te cumples?

¿Te levantas a la hora que prometiste?

¿Alimentas a tu cuerpo como acordaste contigo misma?

¿Respetas tus ciclos, tus pausas, tus límites?

¿O haces acuerdos contigo cada domingo para romperlos el lunes?

Cuando no hay coherencia entre lo que decimos, sentimos y hacemos, algo se desordena. No solo afuera. Dentro. Hay un desajuste fino, casi imperceptible, entre el cerebro y el corazón. El pensamiento y la emoción. La intención y el acto.

La neurocardiología —una rama fascinante que estudia el diálogo entre corazón y cerebro— ha demostrado que el corazón tiene su propio sistema nervioso, con más de 40 mil neuronas sensoriales que envían señales constantemente al cerebro (McCraty & Childre, 2010). Cuando estamos en coherencia —cuando lo que hacemos está alineado con lo que sentimos y pensamos— se genera una frecuencia armónica que mejora nuestra salud, nuestro estado emocional y nuestra capacidad de conexión. Esa vibración coherente se traduce en claridad, vitalidad y magnetismo.

Pero cuando no nos cumplimos, cuando nos traicionamos, cuando decimos “sí” por fuera y gritamos “no” por dentro, esa frecuencia se distorsiona. El cuerpo se resiente. La vibración baja. Y sin darnos cuenta, dejamos de ser un espacio seguro, incluso para nosotros mismos. Nos desconectamos de nuestra verdad. Y entonces, no solo dejamos de confiar en el otro: dejamos de confiar en nuestra capacidad de sostenernos.

Porque la autoconfianza no se construye con afirmaciones vacías ni discursos motivacionales. Se construye cumpliéndonos. Demostrándonos que podemos confiar en lo que prometemos. Que somos capaces de sostenernos. De no abandonarnos. De estar.

Y cuando eso ocurre, todo cambia.

Nos volvemos más estables, más claros, más magnéticos.

Más coherentes.

Y desde ahí, más sanos.

Porque no puedes dar lo que no tienes. No puedes cumplirle a otro si no te cumples primero. No puedes sostener a nadie si no sabes sostenerte.

Así que hoy la invitación no es solo a pensar en los acuerdos que haces con los demás, sino en los que haces contigo.

¿A qué te estás comprometiendo realmente?

¿Y lo estás honrando?

Haz de esos acuerdos internos tu base.

Tu contención.

Tu verdad.

Porque son, en silencio, los acuerdos que te sostienen.