
Hay recuerdos que no caben en una fotografía. Hay cosas que parecen insignificantes hasta que un día entiendes que eran el refugio.
Hoy quiero hablarles de las pijamas del Abu.
Mi abuelo murió en febrero de 2019. Tuve la fortuna de hacerlo bisabuelo. De que mis hijos convivieran con sus bisabuelos. No es poca cosa.
Mi hijo pequeño tenía apenas un año cuando él se fue. No lo recuerda, pero nos hemos encargado de que su recuerdo no se apague. De que sepa quién era. De que lo sienta cerca, como una estrella que brilla aunque ya no esté.
Recuerdan a su Aba, mi abuela, quien partió en septiembre de 2024. Recuerdan las risas, los abrazos, los días comunes que hoy entendemos como milagros. Se sienten especiales por eso, y tienen razón: lo son.
Yo también conocí a mi bisabuela. Pero esa historia que por ahora dejaré en el tintero.
Hoy vengo a hablarles de él. De mi Abuelo. De sus manos fuertes. De su manera de ser recto, honesto, firme. De sus pocas palabras y de todo lo que decía sin decir nada.
De cómo, ya pasados los 90 años, se tiró al suelo para jugar con Xavi, mi hijo mayor. Hay una foto de ese instante: él en el suelo con Xavi, y nosotros alrededor, mirándolos con una mezcla de incredulidad y amor puro.
De cómo Xavi amaba soplar las velas de su pastel de cumpleaños, bailando y cantando las mañanitas a todo pulmón. Como si entendiera —aunque era apenas un niño— el milagro que era tener otro año más con su Abu.
De la relación especial que tenían.
Mi abuelo era de esos hombres que ya no existen. Una vez escribió una carta (si, en aquel entonces escribian cartas) a Teléfonos de México para poner una queja sobre el cobro, pero ¡Porque le habían cobrado menos! Mandó un cheque pagando la diferencia. No quería deberle nada a nadie. Así era él: recto hasta en los detalles que otros habrían ignorado.
Era seco, sí. Pero de una sequedad que protegía. Que abrazaba sin alardes.
Una vez se subió a un árbol para ayudar a bajar un gato que, en realidad, nunca estuvo ahí. Era un truco para robarle. Y aún cuando se dio cuenta que le habían vaciado la cartera, solo pudo pensar en agradecerle al ladrón «por no asustarlo». Así de limpio era su corazón.
Para el Abu, Xavi era «el chaval», «el chavo». Xavi todavía lo recuerda así.
Nunca olvidaré el día que tuve que decirle a Xavi que el Abu ya no estaba con nosotros. Me miró con sus cinco años y me dijo, como quien lleva siglos de sabiduría en la voz:
«Ahora nos cuidará desde otro lugar.»
Estoy segura de que tenían un pacto de almas.
Hace poco, Xavi fue a casa de mis abuelos y reclamó como suyas las pijamas de seda del Abu. Desde entonces, solo quiere usarlas. Se pasea con ellas, sintiéndose el ser más elegante del planeta. Pero yo sé —lo sé en mis huesos— que en esas pijamas no solo se envuelve de seda, sino de amor. De compañía. De algo que trasciende lo que los ojos pueden ver.
Confieso que nos ha costado convencerlo de que no puede vivir en pijama todo el día. Pero algo en mí se enternece cada vez que lo veo buscar, entre camisas y telas, la manera de estar más cerca de él.
Quizá porque, de alguna forma, las pijamas son eso: un hogar que uno se pone encima. Un abrazo que uno puede vestir. En las pijamas no hay máscaras, no hay necesidad de aparentar. Son la prenda que nos envuelve cuando dejamos caer el disfraz del día.
Creo que el Abu también encontró a su niño interno a través de Xavi. Y Xavi hoy, a través de esas telas, se reconecta con el hombre que lo miraba como si fuera lo más valioso del mundo.
Mi abuelo fue inmigrante. Salió de Galicia rumbo a Francia durante la Guerra Civil Española, y desde ahí logró llegar a México en un barco que le cambió la vida. No regresó a España hasta después de la muerte de Franco. Recuerdo con fuerza un instante: tendría yo siete años cuando, en El Escorial, mi abuelo tomó mi mano y se paró frente a la tumba del Generalísimo. Con orgullo, con algo de desafío en los ojos, como quien cierra un capítulo largamente pendiente. Ese día yo se que sello para siempre una herida vieja, los que estuvimos ahi, sabemos lo que hicimos. Ahí estaba, con su nieta de la mano. La vida le había quitado su patria, su nombre, su historia, pero no lo había derrumbado.
Imagino que encontrar su niño interno no fue fácil. No todos tenemos infancias convencionales, felices, llenas de certezas. A veces, crecer es sobrevivir. Y sin embargo, la vida siempre ofrece otra oportunidad: la de transformarse. La de elegir. La de no quedarse en la conciencia de víctima. La de abrirse camino, aún cuando todo parece estar cerrado. Mi abuelo lo hizo. Y gracias a esa elección, generaciones después, un niño en pijama de seda puede soñar tranquilo.
Todos tenemos formas de reconectar con nuestro niño interior.
A veces es una foto vieja. A veces es un olor. A veces es una pijama heredada.
Hoy, Día del Niño, pienso en la importancia de no perder eso. De no ceder del todo a la prisa, al cinismo, a las máscaras de adulto.
En la intimidad de unas pijamas viejas está el recordatorio de quiénes somos cuando nadie nos mira. En ese espacio donde no se necesita aprobación ni perfección. En ese rincón donde basta ser.
Y también pienso en cómo vestimos nuestra alma. Porque todos, de alguna forma, vestimos lo que somos. Algunos lo hacemos con memorias, con personas que nos abrazan como casa, con emociones que nos expanden. Otros, sin querer, terminan envolviendo su alma en bienes vacíos, en apariencias, en relaciones que exigen ser otros para ser aceptados. Y entonces el alma, aunque parezca bien vestida, se siente desnuda.
Vestir nuestra alma no es un acto superficial. Es un acto de amor propio. De honestidad. El secreto de encontrar nuestra verdadera voz yace ahí: en elegir bien con qué, y con quién, nos arropamos.
Quizá, sin saberlo, cada vez que Xavi se arropa en esas telas antiguas, también se envuelve en la historia de un hombre que eligió no rendirse. Y en ese gesto, la memoria se vuelve semilla.
Hoy celebro al Abu. Celebro a Xavi. Celebro a Xoan. Celebro a todos los niños —y adultos— que se atreven a seguir sintiendo.
Celebro esas pequeñas cosas que no salen en las fotografías, pero que nos sostienen el alma.
Quizá todos, al final del día, regresamos a alguna pijama invisible, a algún abrazo ausente que aún nos arropa. Quizá vestir el alma es, simplemente, no olvidarse de quiénes nos enseñaron a ser hogar para otros.
Y tú… ¿con qué pijamas del alma te arropas cuando cae la noche?

Deja un comentario