En busca de la voz perdida

Los límites no son barreras, son guías… En este lugar se grabarón péliculas famosas; Tomb Raider de Indiana Jones. Lo que me hizo pensar en Indiana Jones en busca del arca perdida. Quizá el arca era una voz. Quizá lo que debemos de buscar en cada experiencia es nuestra voz perdida.

Hace poco alguien me dijo: «Como que regresaste muy empoderadita, ¿no?» y me quedé pensando en esa frase.
¿Empoderada? No, siempre he tenido opiniones, lo que encontré fue mi propia voz. Porque una cosa es tener pensamientos y otra muy distinta es atreverse a decirlos, a habitarlos, a sostenerlos con firmeza sin pedir permiso ni disculpas.

La realidad es que durante mucho tiempo dejé mi voz de lado. Después de perder a mi primer bebé, el miedo me atrapó. Prefería callar antes que expresar lo que realmente pasaba por mi mente. Si hablaba, si decía lo que pensaba, tal vez incomodaría a alguien, y en aquel momento yo no quería incomodar a nadie. ¿Por qué? Porque cuando las personas se incomodan, a veces se van. Y yo no quería perder a nadie más, porque cada pérdida me recordaba a LA PÉRDIDA, la madre de todas las pérdidas; la pérdida de Mikel. Casi una década me dediqué a que nadie se sintiera incómodo.

Hoy, después de muchas cosas, he dejado (un poco) ese miedo atrás. Ya no me importa si se quedan o se van. Prefiero quedarme con las personas que realmente quieren estar en mi vida, que suman y que eligen quedarse por afinidad, no por conveniencia. Prefiero una flor real que un ramo de flores plásticas: hermosas por fuera, pero inertes, sin esencia ni utilidad.

Hablar, poner límites y sostener nuestra verdad

Aprender a usar la voz es también aprender a comunicar asertivamente lo que pensamos y, al mismo tiempo, a no necesitar la aprobación del otro. No se trata de imponer nuestra opinión, sino de saber que es válido pensar distinto sin que eso amenace la relación. Agree to disagree, dicen por ahí. Pero para muchas personas, el desacuerdo es sinónimo de ruptura, de conflicto.

Nos enseñan desde pequeños que callar es más fácil, que la confrontación es peligrosa, que es mejor complacer y evitar problemas. Pero, ¿a qué costo? No poner límites nos enferma. Sostener relaciones donde sentimos que debemos callarnos para ser aceptados nos enferma. Elegir el silencio cuando lo que queremos es gritar nos enferma.

El otro día hablaba sobre cómo realmente conocemos a las personas en los momentos de crisis. Ahí es donde se revela la verdad sobre quiénes nos rodean. Algunos pueden mantener una máscara de cercanía y afecto en la rutina diaria, pero cuando las cosas dejan de ser convenientes, muestran su verdadero rostro: hostil, distante, calculador.

Las relaciones por conveniencia no me interesan.

Tú enseñas a las personas cómo tratarte. No se trata de castigar ni de imponer, sino de establecer con claridad qué es lo que permites en tu vida y qué no. Los límites no son para los demás, son para ti. Son la forma en que decides qué es viable y qué no lo es, qué te suma y qué te resta. No son una barrera, una murralla o un barrote, son una guía.

Poner límites no es fácil, pero es necesario. Porque si tú no estableces cómo quieres ser tratado, alguien más decidirá por ti. Como todo, si tu no tomas responsabilidad, te conviertes en un espectador de tu propia vida.

Las relaciones afectan nuestra salud. Uno de los pilares de la Medicina de Estilo de Vida es la conexión interpersonal. Porque la calidad de nuestras relaciones no solo influye en nuestro estado emocional, también impacta nuestra salud física. Estudios han demostrado que las personas con vínculos sanos y relaciones de apoyo tienen menor riesgo de enfermedades crónicas, mejores niveles de bienestar y una mayor expectativa de vida.

Yo quiero rodearme de personas que sumen a mi vida. Hay suficientes factores que nos desgastan diariamente como para permitir conscientemente que alguien más reste.

Las relaciones que nos nutren son aquellas que nos dejan el corazón contento, que no nos obligan a encogernos para encajar ni a callarnos para ser aceptados. Son aquellas en las que podemos ser quienes somos sin miedo, sin estrategias, sin filtros.

Al final, nuestra voz es nuestra identidad. No vale la pena apagarla por miedo a perder a quien nunca estuvo dispuesto a escucharnos.

Vivir de forma genuina comienza con un acto de honestidad brutal con nosotros mismos. No podemos esperar que el mundo nos vea si primero no nos atrevemos a vernos. El primer paso es sincerarnos, entender qué nos mueve, reconocer nuestros miedos, identificar nuestros límites y definir qué estamos dispuestos a permitir y qué no. Sin esta claridad interna, seguimos funcionando en automático, sobreviviendo en lugar de vivir.

El segundo paso es aún más desafiante: comunicarlo. Expresar nuestra verdad implica retar a los demás, sacarlos de su comodidad y, a veces, incomodar. Pero solo así podemos entender quién es genuino y quién es artificial. Solo así podemos comenzar a filtrar las flores plásticas en nuestra vida, esas relaciones que son bonitas en la superficie, pero vacías en esencia.

Vivir mejor no es cuestión de acumular experiencias, sino de hacerlo con autenticidad. Y esa autenticidad comienza con el coraje de usar nuestra voz, sostener nuestros límites y elegir, todos los días, con quién realmente queremos caminar.


Comentarios

2 respuestas a “En busca de la voz perdida”

  1. Avatar de Leticia Diaz
    Leticia Diaz

    Que claridad para definir lo que muchas vivimos! Me gusta mucho leerte! Felicidades

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    1. Muchas gracias! Que gusto que resuene contigo!

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