
Un puerto puede ser muchas cosas: un principio, un final, una pausa. A veces es una despedida, a veces es un regreso. Pero siempre es un lugar donde algo se transforma. Donde algo termina, o comienza. Un puerto es la metáfora perfecta de los ciclos humanos: lugares donde las emociones convergen, donde la ilusión y la nostalgia se dan la mano.
En los puertos se llora y se celebra. Se parte con esperanza o con incertidumbre. Se llega con alivio, con cansancio, o con el corazón lleno de historias que quieren ser contadas. Y aunque la mirada siempre se dirige hacia el horizonte, es en el muelle donde el alma hace inventario de lo que deja atrás y de lo que está por venir.
La vida se parece mucho a eso. A zarpar, a navegar, a buscar constantemente un lugar donde anclar. Y sin embargo, con el tiempo he comprendido que el viaje siempre ha sido más valioso que el puerto. Que las rutas, los días de calma y las tormentas son los que forjan el carácter. Y que los puertos, aunque necesarios, solo cobran sentido si llegamos a ellos con el corazón dispuesto a soltar lo vivido y a recibir lo nuevo.
Puerto Arista, en la costa de Chiapas, tiene para mí ese sabor de lo suspendido en el tiempo. Un lugar cálido y salado, donde el sol se acuesta lentamente en el mar y parece detenerse un instante antes de desaparecer. No es un destino de moda y quizá para muchos tampoco un lugar donde se presume haber estado. Pero guarda una belleza tranquila, como esas personas que no necesitan llamar la atención para quedarse en ti.
Aprendí a nadar prácticamente antes de caminar, y me gustaba incomodar a mis primas y bucear para morderles los pies mientras estábamos en la alberca. Sé que lo odiaban; para mí era muy divertido. Puerto Arista es también eso: el eco de las risas infantiles, los juegos sin tiempo, el agua como extensión del cuerpo. Es un puerto sin pretensiones. Pero uno que guarda secretos, memorias, susurros del alma.
Pero Puerto Arista no solo vive en la quietud de sus paisajes. Vive también en sus ruidos, en sus encuentros, en su gente.
Es también un lugar de pertenencia. De ruido, de familia, de convivencia real. En sus playas hemos visto amaneceres -incluida la cruz del sur- y atardeceres juntos, jugado partidos de fútbol descalzos sobre la arena ardiente, cantado el coro del Nabucco con una emoción que desentonaba más de lo que afinaba, pero que nos hacía reír hasta las lágrimas, o llorar hasta reir, no necesariamente se debe seguir un orden. Hemos buscado una cachucha perdida como si fuera un tesoro, discutido con pasión, recibido visitas inesperadas, y armado rituales que comienzan con un café -o la bebida de preferencia de cada quien- y terminan con risas y baile bajo el cielo estrellado.
En mi bello puerto, todo es válido. Cada quien hace lo que le da paz. Leer. Escribir. Dormir una siesta en una hamaca. Hablar de la vida o guardar silencio. Recibir una sesión de acupuntura con el sonido del mar de fondo. Y cuando los generadores fallan y no queda una sola luz artificial en cientos de kilómetros a la redonda, mirar las estrellas como si fuera la primera vez. Sanar el linaje o simplemente dejar que el tiempo pase. Porque la libertad también es eso: tener un espacio donde nadie espera que seas diferente a lo que eres.
No siempre fue así para mí. De adolescente, Puerto Arista no era mi lugar de paz. Yo quería otras cosas. Me fijaba en lo que no estaba, en quién faltaba, en lo que no había. Tenía la mirada puesta en la carencia. Pero crecer también es eso: aprender a disfrutar lo que sí hay, sin dejar de esperar por más. Comprender lo que faltaba entonces me permitió valorar lo que abunda hoy. Aprendí que la abundancia no siempre es tener más, sino sentir más profundamente lo que sí está. Es mirar con gratitud sin renunciar al anhelo.
Y es en ese equilibrio donde encontré el valor de este lugar.
Amo viajar en carretera. Lo sé, es un placer culposo que no muchas personas entienden. No tengo problema en estar 14 horas sentada, en silencio, contemplando el paisaje y perdiéndome en mis pensamientos. Pero también amo conversar, conocer, descubrir a la persona que va conmigo. Creo que un viaje en carretera es el contexto perfecto para las conversaciones más profundas: no hay escapatoria. Las cosas se hablan, se atraviesan. Claro, hay que saber con quién. Si no, lo mejor es hacer un viaje hacia dentro. Porque en ese encierro de kilómetros, también se cruzan umbrales. Y cruzar un umbral, a veces, es más importante que llegar al destino.
Y cada vez que lo pienso, entiendo que ese pequeño rincón de la tierra me recuerda algo esencial: no es el destino lo que define la experiencia, sino el estado del corazón con el que llegamos. Y ese aprendizaje —el de mirar con nuevos ojos lo que siempre estuvo ahí— es lo que da sentido a todo lo demás. No se trata del lugar al que llegas, sino de quién eres cuando llegas ahí.
Así como en el Camino de Santiago, donde el destino es Compostela, pero lo verdaderamente valioso es el recorrido. El camino, con sus silencios, sus ampollas, sus conversaciones inesperadas, sus pausas, sus descubrimientos, es lo que transforma. Santiago no es más que el broche final de un collar tejido con días vividos a consciencia.
Quizá por eso me conmueven tanto los puertos. Porque son puntos de cruce entre el deseo y la realización. Porque cargan la promesa de lo que viene, pero también el eco de lo que se quedó. Porque uno nunca sabe si está llegando… o si está a punto de irse.
Y tal vez eso sea lo bello. Que aún sin certezas, seguimos viajando. Que aunque no sepamos exactamente a dónde vamos, llevamos en el pecho la brújula de la ilusión. Y esa brújula, por pequeña que sea, basta para seguir navegando.
Hay momentos en el camino en los que ya no hay punto de retorno. Has llegado tan lejos, has atravesado tanto, que volver ya no es opción. Y entonces solo queda seguir. Pero al seguir, descubres nuevas razones para continuar. Nuevas motivaciones. El renacer de un amor que parecía dormido, la chispa que creías perdida, una mirada distinta que resignifica todo.
También hay desencuentros. Caminos que se bifurcan, palabras que no se dijeron, heridas que no supimos nombrar a tiempo. Pero en ese mismo terreno también florecen las reconciliaciones. La capacidad de mirar al otro y ver lo esencial. La esperanza de un mañana distinto.
Los pactos de almas, que a veces parecen karma, pero que al ser reconocidos y honrados, se transforman en nuevas oportunidades. Más sólidas. Más reales. Más nuestras.
A veces, no hace falta llegar a ningún lado. Basta con saber que hay un muelle donde el tiempo se detiene, donde el alma puede descansar sin ser juzgada, y donde el mar, como la vida, no te pide respuestas. Solo presencia. Una luz encendida con su promesa intacta. Con su manera tan silenciosa de decirnos: “aquí también puedes quedarte a descansar”.
Cuando se apagan los generadores y el cielo queda intacto, te das cuenta de que la luz más real no viene de afuera. Está en el murmullo de tu tribu, en la arena bajo tus pies, en esa estrella que brilla justo cuando decides no mirar el reloj.
Puerto Arista no es solo un lugar en el mapa. Es un punto en el alma donde me reconcilio con la vida. Un sitio donde todo cabe: el silencio, el caos, el amor, la herida. Las visitas espontáneas, los silencios incómodos, las risas compartidas, las reconciliaciones que no necesitan palabras. Mi bello puerto. Ese que no siempre supe ver, pero que hoy, elijo habitar.
A ustedes, que alguna vez estuvieron, y quizá ya no están:
“A veces me gustaría contarles que sigo volviendo. Que encontré belleza en lo simple. Que por fin encontré lo que faltaba.”

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