Si la vida te da limones…

Químicos hasta en los que debiese ser lo más simple del mundo: El jugo de un limon

Si la vida te da limones, haz jugo procesado, dijo nadie nunca. Y sin embargo, en los anaqueles de los supermercados encontramos botellas que dicen “100% jugo de limón exprimido” junto con la letra pequeña: “y otros ingredientes”. Encontramos también aguacates empaquetados en bolsas con forma de “pulpa”, cuya lista de ingredientes incluye aguacates… y conservadores, estabilizantes y antioxidantes químicos.

¿Por qué esto nos parece una buena idea? Porque no dimensionamos la inversión de tiempo. Porque pensamos que la facilidad es la reina.

Hay dos tipos de personas en esta vida: los que cuando la vida les da limones hacen limonada, y los que deciden llevar esos limones al siguiente nivel de complicación, al grado de rozar en la estupidez humana. Nos hemos desconectado tanto de lo simple, de lo esencial, que hemos aprendido a aceptar versiones artificiales de lo natural como si fueran equivalentes. Cambiamos limones reales por botellas, aguacates frescos por pulpas químicas, y lo hacemos creyendo que ganamos tiempo, cuando en realidad perdemos salud.

Siempre he sido enemiga del camino fácil. Me irrita. Y no lograba entender por qué… pero es por esto mismo de los limones. Generalmente, tomar el atajo lleva implícito un sacrificio que en el corto plazo no identificamos. Pero créeme: siempre hay un precio. En cuanto a salud se refiere, yo no estoy dispuesta ya a pagar el precio de los atajos.

Porque el camino “fácil” muchas veces nos lleva directo a la complejidad total y absoluta. Lo que parecía rápido y conveniente termina traduciéndose en tratamientos eternos, diagnósticos complejos, dependencia a medicamentos, pérdida de energía vital. La solución instantánea de hoy puede convertirse en el problema crónico de mañana.

Hace unos meses, tuve una cirugía. Y me dieron como veredicto una buena y una mala noticia. La “buena”: que efectivamente yo tenía razón desde un principio y no era cáncer. La mala: que efectivamente estaba en lo correcto con mi diagnóstico, lo que implicaba que era una enfermedad rara, autoinmune e incurable.

Y como todo en la vida, nada está escrito en piedra. Así que me di a la tarea de probar que se podía manejar. Al día de hoy puedo decir que estoy en mi mejor momento. Un camino fácil quizá hubiera sido quedarme con el diagnóstico y comprar la idea de que no había mucho que hacer con mi salud. Un camino fácil hubiera sido tomar las pocas opciones que la medicina convencional me ofrecía, y no sanar mi cuerpo de raíz. Pero claro, yo tomé los malditos limones e hice una limonada espectacular.

En un mundo donde todo parece acelerado, donde buscamos soluciones instantáneas para el hambre, el tiempo y hasta el placer, hemos caído en la trampa de los alimentos ultraprocesados. Nos seducen con etiquetas coloridas, promesas de «sin azúcar» o «light», y la comodidad de algo que no se descompone en semanas. Pero ¿a qué costo?

Los alimentos procesados y ultraprocesados no solo son una versión empobrecida de la comida real: son una amenaza silenciosa para nuestra salud física, hormonal, emocional y metabólica. Son las flores plásticas de la nutrición: bonitas a la vista, eternas en el estante, pero completamente desvinculadas de la vida.

¿Qué son los alimentos ultraprocesados? Son productos industriales que han sido alterados significativamente respecto a su forma natural. Contienen aditivos, colorantes, saborizantes, emulsionantes, preservativos y muchas veces ingredientes que ni siquiera puedes pronunciar. Algunos ejemplos: jugos embotellados con sabor artificial, cereales azucarados, embutidos, sopas instantáneas, galletas empaquetadas y snacks «fit» que esconden una larga lista de químicos.

Estudios recientes han mostrado datos contundentes:

  • Un metaanálisis publicado en The BMJ en 2023 encontró que el consumo frecuente de alimentos ultraprocesados está vinculado a un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, obesidad, diabetes tipo 2 y mortalidad general (BMJ, 2023).
  • Un estudio en JAMA Internal Medicine reveló que cada incremento del 10% en el consumo de alimentos ultraprocesados se asocia con un aumento del 15% en el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2 (JAMA, 2019).
  • Investigaciones publicadas en Frontiers in Nutrition señalan que ciertos aditivos alimentarios pueden alterar la microbiota intestinal, afectando la salud inmunológica, metabólica y emocional (Frontiers in Nutrition, 2024).
  • La Environmental Working Group y estudios toxicológicos han advertido que conservadores como el benzoato de sodio pueden convertirse en benceno, un compuesto potencialmente cancerígeno, cuando se combinan con vitamina C en ciertas condiciones (EWG, 2024).

¿Cuál es el costo silencioso de los químicos en tu comida? A corto plazo, los efectos pueden parecer «normales»: fatiga, niebla mental, antojos, acné, inflamación, digestiones pesadas. Pero con el tiempo, estos compuestos afectan:

  • La función hepática y la capacidad de detoxificación
  • El equilibrio hormonal y la fertilidad
  • El sistema inmunológico y la microbiota intestinal
  • La salud mental y el estado de ánimo

Una golondrina no hace primavera, pero sí genera un efecto acumulativo. Lo mismo con la carga tóxica: de poquito en poquito le añadimos cosas a nuestro cuerpo que en verdad no sabe procesar. La cocina es el principio, pero esto se extiende a muchos más ámbitos de nuestro entorno de lo que creemos.

Esta carga tóxica, invisible pero constante, tiene un papel cada vez más estudiado en el origen y agravamiento de enfermedades. La exposición prolongada a químicos, pesticidas, metales pesados y aditivos alimentarios puede activar o desregular el sistema, provocando respuestas inflamatorias descontroladas.

La medicina convencional salva vidas, pero también ha normalizado demasiado. Nos acostumbramos a que nos digan «es estrés», «es normal por tu edad», «toma esta pastilla y regresas en tres meses». Se apagan síntomas sin investigar su raíz. Se controla el dolor sin preguntar por la causa. Se etiqueta al paciente, pero no se le acompaña en un camino real de sanación. Esa medicina que no incomoda, que no cuestiona lo que comes ni cómo vives, no está resolviendo: está administrando enfermedad.

La Medicina de Estilo de Vida tiene un mandamiento simple y poderoso: come alimentos reales y enteros. No hay espacio para los ultraprocesados. Y sin embargo, no hemos hecho conciencia de las múltiples implicaciones que tienen en nuestra vida. Nos quejamos de que estamos cansados, sin energía, deprimidos, con dolores inexplicables. Pero seguimos sin atender nuestra toxicidad.

Seguimos creyendo que la solución está en reemplazar lo que ya funciona con algo más fácil, más rápido o más empaquetado. Pero tal vez sólo necesitamos reconectar con lo auténtico y dejar de justificar decisiones que sabemos no nos hacen bien.

Comer real es un acto de rebeldía consciente. Es elegir lo vivo sobre lo sintético, lo estacional sobre lo empacado, lo que nutre sobre lo que adormece. No necesitas ser perfecto, pero cada pequeña decisión suma: un limón exprimido en lugar de jugo embotellado; una manzana en lugar de un snack «light» con 20 ingredientes.

Y es que lo procesado y artificial no se limita sólo a la alimentación. También se cuela en nuestras relaciones, en nuestros vínculos, en la forma en que interactuamos con quienes nos rodean. Elegimos respuestas prefabricadas, vínculos por conveniencia, afectos enlatados que no requieren esfuerzo, pero tampoco generan profundidad. Nos cuesta trabajo sentarnos con lo incómodo, con lo que requiere más tiempo, más presencia, más verdad. Y así como un cuerpo no se nutre de alimentos sintéticos, un corazón no florece entre conexiones superficiales.

Las flores plásticas nunca marchitan, pero tampoco tienen aroma, ni vida. Tu cuerpo sí. Dale lo que está vivo. Dale lo que te sana.


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