El umbral de la eternidad

El Umbral de la Eternidad es de mis libros favoritos, escrito por Ken Follet ,es la tercera parte de la trilogía del siglo, pero eso, eso, nada tiene que ver con mis propios umbrales.

Me preparo para dar una plática. Estoy nerviosa. Siempre he tenido pánico escénico, no me gusta hablar en público, siento que me juzgarán. «¿Con qué autoridad está ella dando esta charla?», imagino que alguien pensará. Y sin embargo, la autoridad me la dan los años de estudio y experiencia. Pero mi juez interno no piensa lo mismo. Ese señor que constantemente me recuerda todo lo que no hago bien. Es un juez perfeccionista, y si bien me cae mal, también es cierto que gracias a él me he preparado, he estudiado y he salido adelante de situaciones que parecían imposibles. He aprendido a convivir con nuestra relación de amor-odio. Cada día me quiero más a mí misma, y cuando me recuerda que no puedo hacer algo, simplemente lo ignoro y le demuestro cómo sí puedo hacerlo. Es un umbral que siempre he decido cruzar. 

En esta plática hablaré de conexión y de cómo la relación de pareja impacta en las tasas de éxito de los tratamientos de fertilidad. Es un tema que me apasiona. La reproducción humana es donde me siento cómoda, donde los años de experiencia pesan y me dan seguridad. He aprendido con los mejores, pero no se trata solo de maestrías y títulos, sino de experiencia vivida. Yo también he sido paciente, sé cómo se siente estar del otro lado, y por eso empatizo con quienes transitan las aguas turbulentas de los procesos de fertilidad. Quiero ayudar a las mujeres a tener una voz, no porque yo la haya perdido cuando me dieron un diagnóstico de infertilidad, sino porque la cedí después de perder un hijo. Y no había motivo alguno. Las mujeres debemos tener una voz. No es necesario gritar, no creo en ese feminismo, aunque lo respeto. Creo en el feminismo que entiende la fuerza del equilibrio, que integra el sagrado masculino y femenino, el balance y el poder en lo sutil.

Vivimos en un mundo donde la lucha de géneros ha generado una idea de competencia, cuando en realidad somos complementarios. La energía femenina y la energía masculina son distintas, no mejores ni peores, simplemente diferentes. La energía femenina es intuitiva, creativa, receptiva y nutritiva. La energía masculina es estructurada, lógica, resolutiva y protectora. Ambas son necesarias, ambas tienen su lugar. Cuando aprendemos a honrar nuestras diferencias en lugar de negarlas o enfrentarlas, encontramos un verdadero equilibrio. No se trata de ocupar el espacio del otro, sino de reconocer el valor de cada uno y cómo esas energías pueden coexistir en armonía.

Me preparo para dar una plática. Es un público exigente y estoy nerviosa. Pero recuerdo que conozco perfectamente el tema. ¿Cuántos temas dominamos y aun así no nos consideramos expertos? Un ejemplo burdo es nosotros mismos. Somos la persona que mejor nos conoce, nos hemos habitado más tiempo que a nadie, y sin embargo, cuando nos paramos frente a un profesional de la salud, no nos consideramos expertos en nosotros mismos. ¿Por qué? Porque hemos aprendido a ceder el control y-cabe destacar, la responsabilidad- de nuestra salud a otros.

Yo ya no cedo nada. Me he convertido en la experta en mí misma, en conocer mis límites y prioridades, no sólo emocionales, sino también físicos. Los límites son extraños: una vez los pones, hay quienes se molestan. Y entonces, te conviertes en el villano de su historia. Pero yo prefiero ser el malo en la historia de alguien más que el villano en la mía. Porque la conexión con otros nunca debe estar por encima del auto-cuidado y la conexión con uno mismo.

La conexión con uno mismo es el fundamento de cualquier relación sana. Si no aprendemos a escucharnos, a respetarnos y a darnos lo que necesitamos, ¿cómo podemos esperar que los demás lo hagan? El autocuidado no es un lujo, es una responsabilidad. No es egoísmo, es supervivencia. Porque cuando nos abandonamos en nombre de los demás, terminamos vacíos, desgastados y resentidos. Y desde ese lugar, ninguna conexión con otro puede ser genuina. Solo cuando estamos en equilibrio con nosotros mismos podemos establecer límites sanos y relaciones auténticas.

En el laboratorio, cuando pones esperma alrededor de un óvulo y la pareja no es compatible, el esperma no penetra el óvulo. Para que la fertilización ocurra, hay que inyectarlo directamente con la técnica de ICSI. La naturaleza es sabia, la bioquímica del cuerpo no miente. Pero nuestra mente muchas veces se empeña en decirle al cuerpo lo que el corazón calla. Somos un sistema interconectado: mente, cuerpo, espíritu, corazón y órganos. La percepción que tenemos de lo que nos ocurre impacta en nuestro cuerpo, desregulándolo y generando señales de alerta a las que llamamos síntomas. Por eso debemos ser conscientes de nuestras emociones, para poder procesarlas antes de que ellas nos manejen a nosotros.

Respiro profundo. No quiero activar un programa de supervivencia por mis nervios. Dolor de cabeza o problemas estomacales son últimamente las formas en que mi cuerpo somatiza. Es solo una plática más, me recuerdo. Solo debo respirar y recordar por qué hago esto. Lo hago para ayudar a otros, para acompañarlos, para darles esperanza. Y eso es motivo suficiente.

Decido bailar. Bailar me regresa a mi centro y evita que el estrés me domine. Decido cruzar un nuevo umbral. 

Cada día estamos en el umbral de nuestra propia eternidad. Cada día podemos decidir si atravesar ese umbral y construir, o quedarnos al margen, temiendo el cambio, buscando excusas para no asumir la responsabilidad de nuestra propia vida. Somos libres, pero a veces esa libertad nos pesa. Queremos responsabilizar a otros, delegar nuestras decisiones, evitar la carga de la inherencia. No tener responsabilidad nos da paz, nos permite evitar la incomodidad de mirarnos de frente. Si nos anulamos, nos convertimos en víctimas, y ese es el camino fácil.

Yo decido atravesar los umbrales en mi vida. No quedarme atrapada en la inmovilidad del miedo ni en la comodidad de la inercia. Cada umbral es el comienzo de algo nuevo, la prueba de que soy yo quien elige, quien define el siguiente paso. Porque cada día es un nuevo inicio, y cada decisión es la oportunidad de escribir un capítulo distinto. No hay nada más poderoso que saber que la historia de nuestra vida está en nuestras manos.


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