
Vivimos obsesionados con la idea de longevidad. Buscamos la fórmula mágica para vivir más años, compramos suplementos, seguimos tendencias de bienestar y nos sometemos a tratamientos para prolongar la vida. Pero, ¿qué estamos haciendo con la vida que ya tenemos? ¿Sabemos realmente vivir?
Tenemos todas nuestras prioridades fuera de lugar. Nos preocupamos por acumular, por alcanzar más, por hacer más, pero rara vez nos detenemos a preguntarnos si eso que buscamos realmente nos da plenitud. Destinamos nuestro tiempo, dinero y esfuerzo en cosas que nos prometen una mejor vida, pero, ¿cuántas veces nos hemos sentido vacíos a pesar de tenerlo todo? Nos desgastamos en el trabajo para pagar cosas que no disfrutamos, sacrificamos nuestra salud persiguiendo éxito y dejamos nuestras relaciones de lado para alcanzar metas que, al final, no nos llenan.
Sabemos, pero no integramos. Es común escuchar que el conocimiento es poder, pero en realidad el conocimiento sin aplicación no transforma nada. ¿Cuántas veces sabemos lo que es bueno para nosotros y, aun así, no lo hacemos? Sabemos que el ejercicio es fundamental, pero no nos movemos lo suficiente. Sabemos que la comida procesada nos enferma, pero seguimos eligiéndola por comodidad. Sabemos que necesitamos descanso, pero glorificamos el agotamiento.
La incongruencia entre lo que sabemos y lo que hacemos es evidente incluso en quienes tienen en sus manos el poder de sanar. Un médico que no cuida su propio bienestar difícilmente inspirará a sus pacientes a hacerlo. Y los estudios lo confirman. En una encuesta de 2012, el 53% de los médicos de atención primaria eran obesos. En otro estudio de 2013, el 36% de los estudiantes de medicina de cuarto año no cumplían con las directrices sobre actividad física. Un meta-análisis de 24 estudios mostró que los médicos que no hacen ejercicio tienen menos probabilidades de recomendarlo a sus pacientes. ¿Cuántos médicos recetan hábitos que ellos mismos no practican?
¿A quién le cedemos nuestro poder? Cada día entregamos nuestro poder personal sin darnos cuenta. Lo cedemos al sistema que nos dice qué deberíamos desear, a las rutinas que nos mantienen ocupados pero insatisfechos, a las decisiones que tomamos sin cuestionarlas. Queremos vivir más, pero no sabemos vivir. No saboreamos la vida, no la disfrutamos. Nos hemos convencido de que lo importante es acumular años, pero, ¿qué sentido tiene vivir 100 años si esos años no cuentan? Si solo estamos sobreviviendo, si pasamos la vida en automático, ¿realmente estamos viviendo?
Podríamos empezar por vivir mejor y luego buscar vivir más. Porque si los años no cuentan, da igual si vivimos 50 o 100. De todas maneras, son instantes vacíos o vividos a medias. Nuestra primera responsabilidad es vivir mejor. Lo de vivir más, ya luego veremos.
¿Qué pasaría si, en lugar de buscar fórmulas para vivir más, aprendiéramos a vivir mejor? Si hiciéramos más con lo que ya tenemos, si integráramos lo que sabemos en nuestra vida diaria, si dejáramos de ceder nuestro poder y tomáramos las riendas de nuestra existencia. Vivir más no debería ser la meta. Vivir con propósito, en plenitud y con conciencia, eso sí lo es.

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