La Flor de Loto

¿Te has fijado en cómo todo últimamente es artificial? Los alimentos que consumimos, las relaciones, las decoraciones, los aromas, la naturaleza, la inteligencia… Incluso las caminadoras ahora vienen con pantallas incorporadas que te muestran un sendero ficticio por el que vas caminando mientras la velocidad y la inclinación cambian. Hacemos hikes virtuales, a los que llegamos en coche al gimnasio en lugar de simplemente caminar y movernos. Parecería que vivimos en un mundo donde la conexión con lo real es ya prácticamente inexistente. Las redes sociales, la simulación y los espejismos se han apoderado de nuestras vidas.

Vivimos entre flores plásticas. Cosas, personas y situaciones que se ven bonitas a simple vista, pero que son completamente artificiales y vacías.

La idea de Flores plásticas surgió hace algunos meses, cuando alguien trataba de convencerme de que el lugar donde vivía era un lugar “muy saludable” porque los supermercados estaban llenos de alimentos preparados enfocados en el bienestar. En especial, me mostró un anaquel repleto de caldos de huesos en diferentes presentaciones, pero el común denominador era que ninguno estaba refrigerado.

En primer lugar, tuve que recordarle que se encontraba en la meca de la pretensión, el lugar donde, mercadológicamente, todo parece lo que no es. Un caldo de huesos pasteurizado no puede ser, por definición —y por proceso—, sanador. Para poder ultrapasteurizarlo, necesitan subir la temperatura y, con ello, desnaturalizar la proteína, haciendo que pierda todas sus propiedades. Diga lo que diga la mercadotecnia, un caldo de huesos que, sin refrigerar, tenga una larga vida de anaquel no es algo que fomente la salud, sino algo vacío que drena tus bolsillos y llena tu mente de ideas erróneas sobre lo que es el bienestar.

Vamos a los supermercados, repletos de alimentos procesados, o-si tenemos suerte- de perecederos que han viajado miles de kilómetros para estar ahí. Perecederos llenos de pesticidas y hormonas que les ayudan a conservarse “frescos” porque requieren viajar grandes distancias para poder ser distribuidos.

¿Qué sucede con la producción local, con el cultivo propio? ¿Que sucede con los cultivos regenerativos? ¿Con tomarse el tiempo y el espacio para alimentarse de forma consciente con ingredientes naturales?

Hoy mostramos en nuestros Instagrams que estamos conectados con la naturaleza, con las personas, con el universo… Nos hemos vuelto expertos en todo, expertos en nada más que en el arte de la pretensión. La realidad es que solo mostramos lo bonito, lo que “vende”, lo que genera una necesidad en otros.

¿Qué pasa con el resto de la vida que está marchita? La dejamos de lado, porque lo importante es retratar unas flores hermosas, aunque sean plásticas.

Cuando realmente hay conexión, no se necesita pretensión: se encuentra la belleza en lo simple, incluso dentro de lo crudo.

En Tailandia, la flor de loto es tan representativa de la cultura porque es una flor hermosa, capaz de crecer en lugares sucios. Es un recordatorio de que, incluso en los momentos más difíciles y desagradables, puede surgir la belleza. Es un recordatorio para ser como la flor de loto y transformar los desafíos en bendiciones.

Muchas veces, lo verdaderamente importante pasa desapercibido.

En la semana, hablaba con una doctora especialista en neurociencias de Corea del Sur, y me comentaba que los estudios reflejan que las personas que toman muchas fotos tienden a tener mala memoria. ¿La razón? Al tomar una foto, no requieres prestar atención a los detalles, porque dentro de ti sabes que la imagen quedará guardada. Sí, queda guardada en algún receptáculo, en el baúl de los recuerdos digitales de nuestros teléfonos celulares, que luego se convierten en el olvido.

Cuando no tomas una foto, tu cerebro se fuerza a recordar cada detalle, a prestar atención a todo lo intangible, a crear recuerdos y a mantenerlos frescos.

Ahhh, el cerebro… Curioso ente, capaz de engañar hasta al más audaz de los humanos. Pero ese es otro tema del que pronto hablaré.

Regresemos a las flores plásticas.

Simbólicamente, aunque Flores plásticas es un concepto que llevaba dando vueltas en mi inconsciente y en mi “agenda de proyectos”, escribo estas primeras líneas a casi 20,000 km de mi casa, tras haber vivido algunos de los momentos más trascendentales de mi existencia humana. Ninguno de ellos ha quedado registrado en redes sociales, ninguno ha sido compartido o al menos aún no, porque primero quería procesarlos e integrarlos en la intimidad, para después hablar de ellos con la gratitud y el respeto que merecen.

No soy escritora, pero me gusta contar historias. Me gusta hacer reflexiones sobre lo efímero de la existencia humana y, sobre todo, me gusta crear conexión y conciencia de una forma que pueda generar autorreflexión en quien lea mis líneas y, quizá, cambiar algunos de sus propios paradigmas.

Este no es un espacio donde encontrarás respuestas. Al contrario, encontrarás preguntas, para que tú, con tu propia experiencia humana y en tu contexto, encuentres tus propias respuestas… y quizá también tus propias preguntas.

¿Por qué alguien más debe decirte qué pensar o qué no pensar?

Los seres humanos debemos tener libertad de pensamiento.

¿En qué momento comenzamos a ceder nuestro poder personal a otros?

Bienvenido a Flores plásticas, un espacio de reflexión y conexión sin filtros, donde el todo y la nada coexisten, donde la naturaleza humana no es plástica y la belleza se encuentra entretejida en lo más oscuro de la complejidad humana.


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